Shanna pasó junto a él casi sin mirarlo y ni siquiera por cortesía se detuvo cuando el hombre se quitó el sombrero y descubrió su oscura cabellera. En cambio, levantó sus amplias faldas para bajar corriendo los escalones.
Ruark se apoyó en el muro de piedra y sonrió admirado mientras sus ojos acariciaban la bien formada espalda de ella. Súbitamente, Shanna se detuvo y casi tropezó con los escalones. Pitney se volvió y la miró fijamente. Entonces, sorprendida, giró para mirar a Ruark con sus ojos color verde mar dilatados por la incredulidad. El tenía su gruesa capa echada sobre los hombros, y al ver las ropas que había comprado ella comprendió la verdad. Un color oscuro, pardo. Lo había elegido cuidadosamente. Ese color podría cubrir una cantidad de defectos y quizá diera al colonial cierta dignidad, había pensado ella; pero ahora resultaba maravillosamente apropiado y mucho más agradable de lo que se había atrevido a esperar.
El era muy guapo, indudablemente, con magníficas cejas oscuras que se curvaban nítidamente dibujadas; una nariz fina y recta; una boca firme pero casi sensual. La línea de su mandíbula indicaba fuerza y se flexionaba con los movimientos de los músculos. Entonces los ojos de Shanna encontraron los de él, y si quedaba alguna duda, inmediatamente desapareció cuando miró esos profundos ojos ambarinos enmarcados por pestañas espesas y oscuras.
– ¿Ruark? -preguntó.
– El mismo, amor mío. -Ahora, con toda la atención de ella, él se llevó nuevamente el tricornio al pecho y se inclinó con exagerada cortesía-. Ruark Beauchamp a sus órdenes.
– Oh, entregue esa cosa a Pitney -estalló ella al percibir el tono burlón de él.
– Como tú lo desees, amor mío- dijo él, rió con ligereza y arrojó el sombrero a Pitney quien casi lo aplasto al apretarlo contra su pecho. Entregó el sombrero al señor Craddock con tanta firmeza que el guardia ahogó un quejido.
– Llévelo al carruaje -ordenó Pitney secamente-. Y manténgase a una distancia respetuosa.
Shanna puso los brazos en jarra y golpeó irritada el suelo con el pie. No hubiera podido explicar los motivos de su irritación, pero Ruark Beauchamp era mucho más de lo que ella había esperado. Había, algo insufrible en un hombre condenado que se mostraba tan completamente seguro de sí mismo. Probablemente era del tipo que iría al cadalso como un héroe jactancioso, pensó torvamente.
– Bueno, puesto que está aquí no veo motivos para demorarnos más -dijo en tono cortante, y calculó mentalmente la edad que tendría él. No más de diez años mayor que ella, como máximo, aunque en su primer encuentro ella había pensado que él le llevaba por lo menos veinte-. Empecemos de una buena vez.
– Soy su servidor más obediente. -Ruark sonrió y después rió cuando ella lo fulminó con una mirada. Se llevó ansiosamente una mano a su chorrera de encajes y se inclinó ligeramente-. Señora mía, estoy tan ansioso como usted porque nos casemos.
Claro que lo está, pensó ella en silencio. Sin duda, mañana se jactaría de la mujer que se, había acostado con él. ¡El canalla desvergonzado!
Antes de que pudiera desechar sus pensamientos se abrió nuevamente la puerta y la señora Jacobs apareció con su alto y flaco marido. Los ojos azules de la mujer se posaron tiernamente en Ruark y parpadearon con evidente complacencia.
– Oh, querida, trae a tu joven frente al fuego -le dijo ansiosamente a Shanna-. Realizaremos la ceremonia cuando él se haya calentado y beberemos un poco de jerez para combatir el frío.
Shanna musitó que ella ya se había calentado lo suficiente. Pero por atención a la anciana pareja se acercó a Ruark, le apoyó una mano en el pecho y sonrió dulcemente a ese rostro entre divertido y burlón. Le hubiera gustado muchísimo borrar esa sonrisa de una bofetada en ese rostro hermoso.
– Ruark amado mío, estos son el reverendo y la señora Jacobs. Ya los había mencionado ¿verdad? Han sido muy amables.
La charla insustancial sonó extraña en sus propios labios. Shanna sentía en sus dedos el lento palpitar del corazón de Ruark, mientras que su propio pulso, por una extraña razón, se aceleraba.
Ruark, hombre de aprovechar todas las oportunidades que se le presentaban, deslizó sus manos alrededor de la cintura de ella, la estrechó suavemente y sonrió a esos ojos profundos que lo miraban sin calidez. En los de él había un fuego que la tocó como un hierro al rojo.
– Espero que el buen Pitney no se haya olvidado de publicar las amonestaciones -dijo él-. Me temo que moriría si no nos casamos inmediatamente.
Si Ruark creyó que había obtenido una victoria sobre Shanna cuando ella pareció derretirse y apoyó sus pechos contra él, fue rudamente traído a la realidad. Shanna no rechazaba ningún desafío y como una gata arrinconada se puso a la altura de éste. Debajo de los amplios pliegues de su falda, apoyó su pie sobre el empeine de él.
– Cesa de preocuparte, querido mío -dijo, y apoyó en su pie todo el peso de su cuerpo-:-. Las amonestaciones han sido publicadas. -Fingió una expresión de aflicción-. Pero pareces algo dolorido. ¿No te sientes bien? ¿O es esa vieja herida que nuevamente te está atormentando?
Shanna retrocedió un poco, pero no lo suficiente para que él sintiera alivio, y sus finos dedos empezaron a desprender los botones del chaleco de Ruark.
– Cuánto te he rogado, Ruark, que te cuides más. Siempre eres tan descuidado.
En otras circunstancias, Pitney le hubiese advertido al colonial que ésta no era la clase de mujer con la que convenía entrometerse demasiado. Desde el escalón inferior, cuando la falda de ella subió levemente, él alcanzó a ver el pequeño pie apoyado descuidadamente sobre el otro más grande. Su risa resonó suavemente dentro de su pecho y él cruzó sus macizos brazos y aguardó.
Los ojos del reverendo Jacobs se habían dilatado detrás de sus espejuelos al ver que la dama parecía apunto de desvestir a su prometido, y él sólo pudo suponer que no sería la primera vez que lo hacía. La señora Jacobs, con las mejillas regordetas de color escarlata, súbitamente se puso muy inquieta y no supo qué hacer con las manos, fuera de retorcérsela nerviosamente.
Ruark paró el ataque a su modo, dobló la rodilla y al mismo tiempo levantó el dedo gordo del pie sobre el que ella estaba apoyada. Con la mayor 'parte de su peso apoyado en ese pie, Shanna se tambaleó precariamente y súbitamente perdió el equilibrio.
Con una exclamación ahogada cayó contra él y uno de sus brazos lo rodeó por el cuello para evitar caer al suelo mientras que con la otra mano la aferraba de una manga. Oyó que él reía por lo bajo junto a su oído mientras la ayudaba a recuperar el equilibrio.
– Shanna, amor mío, contrólate. Pronto estaremos en casa – la provocó Ruark.
La expresión divertida de él la enfureció y hubiera querido arañarle la cara pero se contuvo. Sintió la fuerte tos de Pitney; como si estuviera ahogándose, Y su rabia aumentó aún más.
– Será mejor que celebremos este matrimonio-sugirió el clérigo con convicción y los miró con desaprobación por encima del borde de sus espejuelos.
Ruark miró a la hermosa Shanna, quien le devolvió una mirada incendiaria. Ella podía ser la cosa más bella que él había visto jamás, pero también había en ella algo de bruja.
– Ajá -dijo Ruark-. Sería conveniente hacerlo, antes de que la criatura sea bautizada..
Shanna dejó caer la mandíbula y. sintió fuertes deseos de matarlo. En otro momento le hubiera- dado al atrevido una fuerte bofetada pero ahora sentía que no tenía más remedio que soportar sus bufonadas. Se volvió furiosa cuando oyó la risa baja de Pitney que quebró el pesado silencio Y dirigió a su servidor una mirada que hubiera podido congelar la sangre en las venas. Pero el hombre soportó la mirada con dignidad y luchó por controlar su hilaridad.
La ceremonia fue rápida y sin pretensiones. Era evidente que el reverendo Jacobs quería enderezar cualquier trasgresión que pudiera haber cometido esta joven pareja antes de la unión. Fueron hechas, y respondidas, las preguntas de rigor. La voz profunda y rica de Ruark sonó firme, sin vacilaciones, cuando prometió amar, honrar y cuidar hasta la muerte a su esposa. Mientras repetía 'sus propios votos, Shanna tuvo una sensación de condenación casi paralizante. Fue como un aviso, una premonición de que su estratagema fracasaría. Con renuencia, sus ojos cayeron en la delgada sortija de oro sobre la página abierta de la Biblia y ella sólo pudo pensar, mientras el ministro pronunciaba las palabras que los convertían en marido y mujer, en los años de devoción que su madre había dedicado a su padre. En contraste, este casamiento era una farsa y era un sacrilegio prometer amor para siempre ante un altar de Dios. Era una mentira y podría resultar condenada por decirla.