– ¿Quiere contarme cómo sucedió todo? Tengo que tomar decisiones y carezco de los elementos suficientes.
Mientras comía, Ruark empezó, su relato. Habló de la incursión y del viaje a la isla. Habló francamente de su intento de confundir a los piratas y su fracaso y declaró que los tres hombres capturados se mostraron deseosos de regresar cuando se les dio la oportunidad. Permitió que lo obligaran a relatar los momentos pasados por Shanna en el pozo y la forma en que él la rescató. Evitó los detalles de los días y noches que pasaron juntos pero dio a entender que la tormenta los había sorprendido juntos. Mencionó brevemente que había matado a dos hombres y dio sus motivos. Incluyó el episodio en que Shanna hirió a Harripen. Relató el plan de fuga, omitiendo los detalles pequeños, y alabó la participación de Gaitlier y Dora. Los dos hombres rieron cuando Ruark mencionó el valor de Shanna en la adversidad.
Los dos visitantes parecieron quedar complacidos con el relato y sonrieron aliviados cuando él les aseguró que Shanna no había sufrido un daño grande. El hacendado dejó caer la cabeza y pensó unos momentos. Pitney miró a Ruark en los ojos, sonrió levemente y asintió con la cabeza en señal de aprobación. Entonces, abruptamente, Trahern se irguió y se dio una palmada en la rodilla, con súbita jovialidad.
– Por Júpiter -dijo, y en seguida bajó la voz y dirigió una mirada furtiva al balcón-. No veo que pueda hacer otra cosa que dar a los tres siervos un premio por sus servicios.
Ruark se aclaró la garganta, y como Trahern pareció aguardar que dijera algo, habló:
– Señor, el señor Gaitlier y la señorita Dora arriesgaron sus vidas en grado no pequeño. Si se habla de recompensas, seguramente hay que tenerlos en cuenta. Me temo que ellos están en grandes aprietos.
– Tenga la seguridad de que no los he olvidado y que seré muy generoso con ellos. – Trahern carraspeó y miró a Pitney-. Me han llamado la atención, aunque yo ya lo había pensado, sobre el hecho de que usted me ha hecho un gran servicio al devolverme sana y salva a mi hija. Cuando se encuentre bien, le daré sus documentos, pagados y redimidos. Usted es un hombre libre.
Aguardó la gozosa reacción que esperaba,.pero en cambio Ruark arrugó la frente y miró primero a uno y después a otro de sus visitantes. Ruark notó que Pitney estaba más inquieto que Trahern y adivino 1a razón. Pero Trahern estaba algo desconcertado por la demora en responder de su siervo.
– Señor, ¿quiere usted que yo acepte una recompensa por haberme conducido decentemente? -Ruark rechazó con un movimiento de la mano cualquier posible discusión-. Me hice a mí mismo un servicio al escapar de esa banda de delincuentes y no hubiera podido hacerlo sin salvar a unos inocentes. No puedo aceptar un pago por ello.
En sus palabras había un doble significado, pero Ruark no iba a aceptar ninguna recompensa por haber salvado a Shanna. Además, ser siervo le proporcionaba una buena razón para permanecer en la isla, con ella.
– ¡Bah! se ha más que ganado la libertad con el trapiche y el aserradero -replicó Trahern.
– Sería así si usted me hubiera contratado como hombre libre para servirle. Pero yo trabajé lo mejor que pude para mi empleador y amo.
Orlan Trahern lo miró desconcertado, pero Pitney evitó mirarlo a los ojos.
– Si no me hubiera visto obligado a comprarme ropas caras le recordó Ruark al hacendado, con un brillo de picardía en los ojos- ya habría ganado lo suficiente para comprar mi libertad.
Trahern protestó como cualquier buen comerciante.
– ¡Yo pagué mucho más que usted por sus ropas!
Ruark rió y en seguida se puso serio. Miró de soslayo a Pitney cuando habló y notó las finas gotas de sudor que aparecían en su frente.
– Se me conoce como una persona que siempre pago mis deudas hasta el último penique. -Miró directamente a Trahern-. Cuando ponga en sus manos todo el importe de mi deuda con usted, entonces no habrá ninguna duda de que mi libertad no es el regalo de otro hombre.
– Usted es un hombre raro, John Ruark -suspiró Trahern-. No lo veo como un comerciante porque acaba de rechazar un pago justo.
Se levantó de la silla, se detuvo y observó atentamente a Ruark.
– ¿Por qué siento como si me hubieran esquilmado? -se preguntó.
Sacudió la cabeza, se volvió y se dirigió a la puerta, dejando que Pitney lo precediera. Miró atrás otra vez.
– Mi intuición de comerciante se siente atropellada. He sido timado, John Ruark, pero no sé como.
CAPITULOVEINTIUNO
Orlan Trahern tomó de prisa un desayuno ligero y rápidamente se levantó de la mesa, evitando así toda conversación con sir Gaylord. El caballero había tomado la costumbre de unirse con la familia para la comida de la mañana. En realidad, el hombre no era tan aburrido como parecía. Era solamente que la mención de dinero, finanzas, barcos, el mar, Inglaterra, guerra, paz, o las posibilidades de barcos, agua, comercio, naciones, viento o lluvia terminaba en una perorata de él sobre la prudencia de invertir en un pequeño astillero que podía proporcionar centenares de balandras y goletas por el precio de un solo navío de alto bordo. Sus temas eran notablemente limitados, aunque él parecía sumamente dispuesto a tomar cualquier tópico al azar como puente hacia lo que le interesaba.
– Así fue que el hacendado Trahern dirigió a su hija una última mirada de compasión, se encogió de hombros ante el ruego silencioso de ella y partió con una energía que desmentía su edad y su gordura. Shanna vio alejarse a su padre y se las compuso para dirigir una sonrisa tolerante a sir Gaylord, quien dedicaba su delicada pero efectiva atención a su bien lleno plato de comida. Sus modales no le permitían hablar con la boca llena, por lo cual Shanna se sentía sumamente agradecida, pero sí podía recorrer apreciativamente el cuerpo de ella con los ojos.
Shanna se disculpó con una levísima inclinación de cabeza y cuando se dirigía al salón, pidió quedamente a Berta que le llevara té, pensando que ahora podría beberlo sola y tranquila. Pero no bien se había sentado en el sofá entró Gaylord, limpiándose de los labios los últimos restos de comida, hecho lo cual metió la servilleta dentro de su manga. Si no hubiera sido. por la ornamentada "T" que llevaba, el paño habría podido servir de elaborado pañuelo. Pero el hombre parecía tener debilidad por cualquier cosa artísticamente bordada con una letra y un gusto especial por la "B", que adornaba todas sus ropas. Hasta sus chaquetas tenían el monograma a la altura del corazón.
Cuando Berta dejó la bandeja y se preparó para servir el té, él se levantó y la hizo a un lado.
– No es una gracia masculina, mi querida -le informó él pomposamente a Shanna-. Pero" debe realizársela con una habilidad que raramente uno encuentra lejos de Inglaterra.
Levantó la tetera con florido ademán, llenó dos tazas nada más que hasta la mitad con el líquido y añadió una generosa porción de crema. Revolvió hasta que el fluido se convirtió en una sustancia espesa sin ningún parecido con el té. No advirtió la expresión horrorizada de Berta, añadió en una taza varias cucharadas de azúcar y se detuvo ante la otra.
– ¿Una o dos, querida mía? -preguntó con solicitud.
– Sin crema, sir Gaylord, por favor. Solamente té y muy poca azúcar.
– ¡Oh! -exclamó él Probó su propio té-. Delicioso, querida mía. Realmente, debería probado de este modo. Es la locura de Londres.
– Lo he probado -repuso Shanna sin malicia, se inclinó hacia adelante y se sirvió ella misma una taza a la que añadió una cucharada de azúcar.
Gaylord acomodó su cuerpo en una silla de respaldo recto, cruzó las piernas y bebió más té.
– Bueno, no importa. Confío en que tendré toda una vida para enseñarle los refinamientos de las personas inglesas elegantes.
Shanna levantó rápidamente su taza y bajó la vista, mientras Berta fulminaba al caballero con su mirada.
– Shanna, querida mía -sir Gaylord se echó atrás en su silla y la contempló -no tiene usted idea de lo que estar simplemente cerca suyo significa para un par del reino. -Mi corazón se acongoja porque pasamos tan poco tiempo a solas, de otro modo le expresaría las maravillosas pasiones que agitan mi corazón.
Shanna se estremeció levemente y se disculpó pues vio que él lo notó.
– Demasiada azúcar, me temo.
Agregó más té a su taza y no se atrevió a mirar a Berta. El ama de llaves estaba en el vano de la puerta que daba al vestíbulo y acariciaba con los dedos una pesada escultura, mientras entrecerraba los ojos en una forma muy poco característica. La anciana pareció llegar a una decisión y avanzó resueltamente.