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– Tengo cosas que hacer -le informó a Shanna, 1o cual provocó una expresión de desaliento en el rostro de su ama y un brillo de renovadas esperanzas en los ojos de sir Gaylord-. Llámeme si me necesitan.

Antes que Shanna pudiera protestar, Berta dirigió una última mirada dubitativa a sir Gaylord y se marchó. El salón quedó silencioso un momento. Shanna casi saltó cuando el caballero carraspeó, se levantó de su silla y se detuvo frente a ella. Ella miró con ojos límpidos y se preparó para hablar seriamente.

– Mi querida Shanna, hay muchas cosas que debemos discutir. Es tan. raro que yo pueda encontrar alguien dispuesto a comprender las necesidades de la nobleza de sangre. Usted es tan hermosa y tan rica… ejem, deseable. Ninguna.otra podría aliviar mi situación. Estoy afectado hasta lo más hondo del alma.

Se acercó un paso y Shanna se vio en un dilema. Temía tanto que él le tomara la mano o qué ella misma estallara en carcajadas. Algo de su lucha interior debió traslucirse porque él continuó sin detenerse.

– Le ruego que no se altere, querida mía. Tenga la seguridad de que nada de lo sucedido ha afectado en lo más mínimo mi respeto hacia usted.

Shanna estaba casi frenética. La razón la abandonó y no encontraba ninguna excusa aceptable. Sentíase atrapada, pero Gaylord tomó su incomodidad por indecisión y cobró valor. Su rodilla ya empezaba a flexionarse y estaba a punto de arrodillarse ante ella cuando su mirada fue más allá. Súbitamente el inglés se puso rígido.

– Buenos días. -La voz sonó animosa desde la puerta-. Es un día realmente hermoso.

Shanna ahogó una exclamación, se volvió en el sofá y miró sorprendida, a Ruark, la última persona que se le hubiera ocurrido que vendría a rescatada.

– ¡Señor Ruark! ¿Está seguro de que debe estar levantado? -Puso en su voz toda la preocupación que le fue posible, a fin de disimular el enorme alivio que la inundó-. ¿Cómo está su pierna? ¿Ha mejorado tanto?

Ella sabía mejor que nadie que tres días de reposo y de bien preparados emplastos habían hecho maravillas. La noche anterior el cirujano, al cambiar las vendas había declarado que la herida estaba curada. Shanna advirtió el suspiro., decepcionado de Gaylord, quien debió resignarse a seguir esperando.

Ruark, apoyándose en el bastón de Trahern, fue hasta el sofá y se sentó al lado de Shanna. Ella se apresuró a buscar un escabel para que él apoyara cómodamente la pierna. Cuando se inclinó para colocarle un cojín bajo la pantorrilla, no se preocupó de su escote ni de la forma en que el mismo exhibía sus pechos para los ojos de Ruark. Sin embargo, Gaylord se irritó muchísimo al ver que la mirada de Ruark recorría libremente lo que su propia mirada ansiaba. Fue tomado por sorpresa cuando Ruark levantó la vista, y los blancos dientes del siervo relampaguearon en una amplia sonrisa de in disimulado placer.

Shanna, admirando secretamente el aspecto de Ruark, no notó el intercambio de miradas. El se había puesto una camisa blanca suelta y calzones hasta las rodillas, de color castaño sobre medias blancas. Además, sorprendentemente, zapatos castaños con hebillas de bronce. Shanna se estremeció interiormente al pensar en el dolor que debió haber sentido él al ponerse el zapato izquierdo. Sobre la camisa llevaba el largo justillo de cuero que había usado como capitán pirata. Sobre todo el conjunto, su rostro parecía más morenos y delgado, sus ojos más vivaces, sus dientes más blancos, su cabello más negro. Ella nunca lo había visto más apuesto y no pudo ocultar el tierno resplandor de sus ojos al mirarlo.

– ¡Señora Beauchamp!

Shanna se sobresaltó al notar que Gaylord exigía su atención.

– Perdón. No escuché…

– Obviamente, señora, puesto que tuve que repetir dos veces la pregunta. Pregunté si desearía dar un paseo por el jardín. De pronto aquí la atmósfera se ha vuelto sofocante y viciada.

– Oh, bueno, entonces abriré las ventanas.

Sin responder a la pregunta de él, corrió a abrir las amplias puertas ventanas y quedó un momento disfrutando de la brisa matinal.

– Está fresco -informó dirigiéndose a los dos, pero sus ojos fueron hacia Ruark-. A fines de septiembre siempre hay, brisas más frescas y chaparrones por la tarde. Las nubes se juntan en el extremo sur de la isla y poco antes. del crepúsculo pasan sobre las colinas y nos regalan con un chaparrón. Esta es la época en que la caña de azúcar crece más rápidamente.

Las puertas de cristal la enmarcaban maravillosamente y más allá el verde de los prados acentuaba su belleza de modo que a Ruark casi le resultaba doloroso mirarla. Era una visión.

Súbitamente, los tres se sobresaltaron por un fuerte ruido que venía del porche. Algo se había roto allí.

Con expresión intrigada, Shanna salió y alcanzó a ver a Milly que corría alrededor de un sillón en su prisa por marcharse. Un gran tiesto de plantas estaba caído cerca de las puertas del salón.

– ¡Milly! ¿Qué estás haciendo? -preguntó Shanna. Comprendió, sorprendida, que la muchacha debía de haber estado fisgoneando detrás del sillón. Pero entonces recordó que 1o mismo había hecho en los establos no pudo dejar de preguntarse qué se traía la jovencita entre manos.

Milly se volvió inmediatamente, a la defensiva. – Yo no 1o rompí. ¡Usted no puede culparme!

– Sí, la brisa es muy fuerte hoy. -dijo Shanna con un toque de sarcasmo-. Pero eso no importa. ¿Qué buscas aquí? ¿Has traído pescado?

– Yo… Hum… yo -Milly miró dentro del salón y tartamudeó-: Oí que el señor Ruark estaba herido y vine a ver si yo podía hacer algo por él.

– Llegas un poco tarde, pero entra. El está aquí.

Shanna hizo entrar a la muchacha, evitó la mirada interrogativa de Ruark y la hizo sentar junto a él. Pese a que él le había asegurado que nada tenía que ver con Milly, Shanna Sintióse un poco fastidiada ante la aparente incapacidad de la muchacha de dejar a Ruark tranquilo. Sir Gaylord se puso de pie cuando entró la recién llegada y Milly le hizo una rápida reverencia.

– Milly Hawkins, a sus órdenes, jefe -dijo la jovencita presentándose con atrevimiento. Se sentó y miró a Ruark-. Oí que estaba herido en la entrepierna, señor Ruark. Espero que no sea nada serio.

Shanna cerró los ojos como para borrar la visión de Milly mientras Ruark luchaba por contener la risa. Cuando recobró su compostura, le sonrió a Shanna.

– Fueron las atenciones de la señora Beauchamp las que me salvaron la vida, Milly.

– ¿Oh, sí? -preguntó Milly y volvió a Shanna sus ojos grandes y oscuros-. Vaya, ella debe de haberse calmado mucho desde la última vez que los vi juntos, cuando le arrojó esos arneses.

Gaylord preguntó, interesado:

– ¿Eh? ¿Arneses? ¿Qué dice usted?

– No tiene importancia -dijo Shanna rápidamente-. ¿Alguien desearía tomar té?

– Berta prometió traerme una bandeja aquí -dijo Ruark-. Tomaré una taza cuando ella llegue.

Súbitamente, Shanna comprendió por -qué el ama de llaves se había marchado con tanta prisa.

Sin duda, había visto a Ruark entrando en el comedor desde el vestíbulo.

Casualmente, sir Gaylord estaba pensando en eso. Berta raramente lo atendía con cortesía, empero, se ocupaba amablemente del siervo. El hosco Pitney no le dirigía la palabra más que el mínimo necesario hacia un caballero del reino, pero el individuo parecía beberse cada frase pronunciada por este rústico colonial. Hasta Orlan Trahern mostrabase reservado, aunque ciertamente nada podía decirse de su cortesía, y buscaba el consejo de este siervo que se había convertido en una molesta piedra en el camino del valiente sir Gaylord.

Llegó Berta y se mostró ansiosa de ayudar a Milán a servir el desayuno a Ruark. Sir Gaylord se mantuvo aparte, muy incómodo. Sentía como si acabara de oír un chiste cuyo meollo se le escapaba mientras que los otros reían a carcajadas. Casi era más de lo que un caballero podía soportar, y para hacer las cosas más intolerables, ni siquiera podía cuestionar graciosamente la presencia de este siervo.

– ¡Bueno! -dijo Milly, dándose una fuerte palmada en el muslo-, no pensaba quedarme mucho. Sólo quería ver cómo estaba el señor Ruark. Además, aquí no puedo conversar con tantas personas alrededor.

La joven se dirigió a la puerta meneando sus caderas y Berta la observó con expresión de reprobación. En el vano de la puerta que daba al vestíbulo, Milly se volvió.

– Saldré por aquí -anunció-. No me atrevo a pasar por el porche. Podría cortarme los pies con los trozos del tiesto, -Retorció los dedos de los pies descalzos-. Otra vez olvidé ponerme mis sandalias.