Excesivamente grande y las sábanas frías al tacto. Aunque el reloj había dado las once, ella no tenía deseos de dormir. En realidad, sentía en su interior un nuevo despertar, tan agudo y punzante que casi era físico. Desde su retorno ponía más cuidado, en sus modales con Hergus y era más consciente del carácter dulce y afectuoso de Berta y de la ocasional brusquedad de Pitney, a veces hasta con su padre. Nunca había sido abiertamente demostrativa de afecto con ninguno de ellos, sino que, como una criatura, respondía afectuosamente cuando tenía ganas y se enfurecía cuando ellos no lo hacían.
Y además, estaba Ruark. Su pierna curaba con rapidez casi mágica, y aunque ella luchaba para enfriar el asunto, cada vez más se sorprendía comparándolo con todos los otros hombres. Ya no usaba como cartabón su imaginario caballero ideal. Y excepto Ruark todos le parecían defectuosos.
Temía hasta interrogarse sobre el significado de esto, temía tener que admitir cosas en las que se negaba pensar.
Con paso lento, Shanna salió al balcón. Soplaba una fresca brisa y se alegró de haber elegido una bata más abrigada después de su baño. Se sentó a medias en la balaustrada y miró pensativa el cielo sin luna. Las estrellas estaban brillantes y claras y titilaban contra el negro terciopelo de la noche. El brumoso fulgor de la Vía Láctea se arqueaba de horizonte a horizonte en magnífico esplendor.
Shanna empezó a caminar y llegó frente a las puertas ventanas de la habitación de Ruark. El cuarto estaba a oscuras. ¿Dormía él? ¿Estaba despierto? Había dicho que la escuchaba caminar a menudo. Sintió el deseo de satisfacer su curiosidad y sus pies la llevaron contra su voluntad. El estaba allí. Podía ver su forma bajo la sábana. Entonces se percató de que tenía los ojos abiertos y que la observaba.
Sus manos bajaron hasta su cinturón y la bata cayó al suelo. Su piel, suave, pálida, fulgió fugazmente en la oscuridad antes de que ella levantara la sábana y se acostara junto a él.
Los brazos de Ruark la rodearon, su boca la beso, insistente, moviéndose, buscando, encontrando, encendiendo fuegos que ardían con una intensidad insoportable en llamaradas de éxtasis. Era la bendición de la vuelta al hogar, el trueno de la renovada pasión, la dulzura de un despertar primaveral y el dolor de unirse en uno solo y mezclarse con los rítmicos movimientos de sus cuerpos mientras él entraba ansiosamente en ella. La unión fue explosiva y los fundió en uno solo, para elevarlos después a alturas vertiginosas hasta dejarlos agotados y sin aliento.
– ¿Ruark? -susurró ella contra el pecho velludo.
– ¿Sí, mi amor? Hubo un largo silencio.
– Oh… nada. -Ella se apretó contra él y sonrió antes de quedarse dormida.
Así fue como, los últimos restos de los sueños de Shanna empezaron a disolverse bajo la fuerza decidida del amor de Ruark. Ella encontraba solitarias sus habitaciones cuando no estaba con él. Si él iba con su padre al aserradero, ella aguardaba ansiosamente su regreso como lo había hecho con su padre cuando era pequeña. Ocasionalmente, los capataces venían con problemas que sólo Ruark podía solucionar, y entonces, para evitar la persistente compañía de Gaylord, Shanna se refugiaba en sus habitaciones. Allí, mientras aguardaba a Ruark, el péndulo del reloj parecía inmovilizarse. Más de una vez el libro de poemas se deslizó de sus manos cuando el sueño la dominó. Después despertaba y sonreía somnolienta cuando los fuertes brazos de él la estrechaban con fuerza. Una voz ronca le susurraba al oído: "te amo", y entonces los momentos pasaban rápidamente y el tic tac del reloj parecía acelerarse.
El estanque, tan importante para el molino del aserradero, estaba por encima de la aldea pero cerca de donde los troncos podían ser izados desde la bahía y traídos flotando en los arroyuelos que descendían de las colinas. La presa estaba terminada y el torrente se había reducido a un hilillo de agua. El agua llenaba la garganta cerrada con piedras. El aserradero estaba ubicado de manera que era fácilmente accesible para los carros que se llevarían la madera aserrada. Un alto saetín llevaría el agua y los troncos al aserradero desde el estanque donde serían reunidos. Todo estaba dibujado en los planos, pero muchos detalles no habían sido volcados en el papel. Entre atender al hacendado y las insistentes consultas de los capataces, Ruark tenía casi todas sus horas ocupadas, sobre todo por las mañanas.
En esta mañana, habiendo despachado al último de los capataces, Ruark se encontró solo en la inmensa mansión, excepto los sirvientes. Cuando se sentaba, Milán o Berta se acercaban deseosos de complacerlo con algún servicio, aunque fuera pequeño. Cuando caminaba, Jasón permanecía cerca de la puerta principal para abrirla en caso de que el huésped de la casa también deseara salir. Ruark empezó a sentir que alteraba la rutina de ellos, lo cual no contribuyó a disminuir su agitación. Le irritaba que Shanna hubiera salido a cabalgar con sir Gaylord. Era algo duro de tragar tener que ver a otros brindando atenciones a su esposa mientras él no podía reclamar sus derechos más insignificantes de marido. La casa se convirtió en una cámara de torturas para él, de modo que se puso su chaqueta de cuero y salió.
Attila estaba en el establo, inquieto, pues no le gustaba que lo dejaran allí, y tomó nerviosamente los terrones de azúcar de la mano de Ruark. Ruark no lo había montado desde su captura y ahora decidió poner a prueba su pierna.
– Vamos, cabeza de calabaza -le dijo acariciando el morro aterciopelado del animal-. Vamos a divertimos un poco.
Por unos momentos mantuvo al semental al paso para probar la fuerza de su pierna. Después, satisfecho, agitó las riendas y el animal se lanzó al galope por el camino que iba al trapiche.
La brisa venía cargada de bruma y cuando él descendió al pequeño valle donde estaba el trapiche, su camisa se encontraba empapada donde no la cubría el justillo. La cabalgata había sido estimulante. Lo único que echaba de menos era la presencia de Shanna.
Los rodillos del trapiche estaban silenciosos, aguardando la nueva cosecha, y sólo quedaban unos pocos supervisores. El resto de los hombres trabajaban en el aserradero para terminarlo antes de que Trahern partiera hacia las colonias. Ruark entró al trapiche por la sala de calderas y dirigió un amable saludo al hombre que alimentaba los fuegos de los calderos de melaza.
– Vaya, señor Ruark, ¿qué lo trae por aquí?
– Sólo vine a mirar, un poco -repuso Ruark-. ¿Algún problema? -No, señor -dijo el hombre-. Usted ha construido esto muy bien. Pero el maestro destilador podrá decírselo mejor que yo. Está probando su ron.
Cuando entró al ala de la destilería, Ruark quedó impresionado con la sensación de actividad ordenada que reinaba en el lugar. El crepitar de las hogueras debajo de los grandes calderos mezclábanse con el gotear de los grifos y el siseo del vapor en las tuberías, llenando el lugar de suaves sonidos. Donde el sol entraba por las ventanas del fondo de la habitación, se alargaba sobre el piso empedrado la sombra, de un hombre. Ruark preguntó algo en voz alta al maestro destilador y empezó a acercarse entre los calderos que relucían dorados debajo de las espirales de las serpentinas de cobre. El calor era casi insoportable y de su camisa y calzones empapados se elevaba el vapor. El sudor brotaba de todos los poros y Ruark se preguntó vagamente si el hombre se había cocinado vivo en el aire húmedo y caliente o si se había quedado sordo. Entonces, cuando rodeaba una columna de madera, su pie resbalo en el suelo mojado y él debió luchar por conservar el equilibrio. El súbito esfuerzo de su pierna debilitada le produjo una punzada de dolor. Soltó un juramento, se aferró a la columna para sostenerse y se apoyó contra ella hasta que pasó el calambre.
Súbitamente se oyó en el recinto un fuerte ruido metálico, y una sección de tubería del ancho de un brazo cayó pesadamente contra el madero donde él se apoyaba, vomitando mosto y vapor recalentado hacia todas partes. Ruark retrocedió y, se cubrió la cara con un brazo para protegerse los ojos. Su pierna todavía estaba demasiado envarada para permitirle tales movimientos y él cayó de espaldas sobre el piso de piedra, pero logró rodar y ponerse fuera de alcance del géiser de ron a medio destilar.
Las vigas fueron oscurecidas por la nube de vapor parduzco y Ruark comprendió que si hubiera dado otro paso más, habría quedado atrapado en medio del infierno que brotaba de la tubería y no habría podido escapar. Sólo la breve pausa lo salvó de la agonía y quizá de la muerte.
Sonó un grito a sus espaldas y él vio un obrero que se agachaba en la entrada y trataba de ver entre la espesa niebla. Cuando Ruark lo llamó, el hombre entró hasta llegar a su lado.
– ¿Está usted bien, señor? -preguntó el hombre, gritando por encima del fuerte silbido del vapor a presión que escapaba.