La vida en Los Camellos apenas se había aquietado cuando llegó el día de la boda del maestro de la escuela. Como, las bodas eran raras, la ocasión fue motivo de grandes celebraciones. Habría baile y banquetes en las calles, con la posibilidad de una generosa distribución de bebidas alcohólicas. Trahern declaró feriado el día siguiente. Las gentes de la aldea habían construido una pequeña cabaña frente a la escuela, que amueblaron con donaciones de todos. Pitney construyó una cama con baldaquín, como nunca se había visto en la isla. Shanna y Hergus se encargaron de vestir y arreglar a Dora con un traje de satén de suave color, maíz, y la escocesa lavó y rizó el cabello de la muchacha y creó un elegante peinado. La muchacha floreció bajo los cuidados de las mujeres, y cuando los novios pronunciaron los votos, Ruark observó asombrado, porque en ese momento Dora estaba realmente hermosa.
En medio de la fiesta, Ruark apareció al lado de Shanna y le puso en la mano una copa de champaña. Shanna bebió y sus reservas disminuyeron un poco.
Momentos después, otra copa hizo que el control de Shanna se deslizara un poco más hacia abajo. Su risa feliz se mezcló con la de Ruark y su cabeza empezó a girar por efecto de la bebida.
Vio la cara morena de Ruark ante ella. Su corazón latía locamente. El espacio y el tiempo dejaron de tener importancia. Gaylord no tuvo oportunidad de intervenir y Shanna no hizo caso del pomposo caballero que llamaba furiosamente la atención de su padre hacia ellos, ni de la mirada de desaprobación de Hergus. Aquí, en medio de la multitud, estaba sola con Ruark. Nunca se había sentido tan dichosa. Rió y bailó, y el champaña la ayudó a calmar la sed.
El hacendado estaba divirtiéndose tanto como su hija, porque su sangre galesa tenía una gran afición por las fiestas y celebraciones.
No le sorprendió sentirse satisfecho al ver a su hija bailando con su siervo favorito. El muchacho era adepto al baile como ella y la gracia esbelta y fuerte de su cuerpo complementaba la feminidad elegante de ella.
Con expresión preocupada, Gaylord miraba a la pareja de bailarines.
– ¿Qué piensa hacer acerca de esto, señor? -preguntó el inglés al hacendado-. En Inglaterra sería escandaloso que un siervo bailara con una dama. Este individuo tendría que ser puesto en su debido lugar.
Pitney miró al caballero por encima de su hombro e intercambió una mirada con Trahern. Orlan Trahern se balanceó sobre sus talones y tomó un bocado de una bandeja.
– Habrá notado, señor, que mi hija se hace respetar a su manera. – Bebió su vino y miró al caballero con una sonrisa divertida en los labios-. Últimamente he aprendido a confiar en mi hija y en la forma en que ella juzga muchas cosas. Sin embargo, si se siente usted inclinado a educar a la muchacha, puede intentarlo. Gaylord estiró su chaqueta de satén dorado.
– Si la señora Beauchamp acepta mi propuesta y se convierte en mi esposa -dijo- de ninguna manera le ofreceré menos protección que ahora de ese individuo. Es mi deber, como caballero del reino.
Mientras Gaylord se alejaba, Trahern se volvió hacia Pitney y rió por lo bajo.
– Me temo -dijo- que el pobre hombre no aprendió nada en los arbustos. Espero que el daño no sea costoso.
Ruark dejó de reír cuando una mano grande se apoyó rudamente en su hombro y lo obligó a volverse, para encontrarse frente a frente con sir Gaylord. La novia y el novio ahogaron una exclamación de sorpresa mientras Shanna miraba al hombre con una expresión de incredulidad y sorpresa.
Los ojos azul grisáceos de Gaylord miraron fríamente a Ruark.
– Parece que debo recordarle constantemente cuál es su lugar. El mismo está con el resto de los sirvientes y esclavos. Insisto en que deje tranquila a la señora Beauchamp. ¿Me entiende?
Ruark dirigió lentamente su mirada hacia los dedos largos que arrugaban la seda de su chaqueta. Estaba por replicar cuando Shanna apartó la mano de sir Gaylord como si fuera un objeto desagradable. Enfrentó al caballero, con las mejillas encendidas y los ojos despidiendo fuego verde. El hombre retrocedió un paso, recordando el sonoro bofetón de la ocasión anterior.
– Señor, usted se entromete -acusó ella-. ¿Tiene algún motivo?
Los aldeanos se detuvieron a observar. De entre los que estaban más cerca se elevó un murmullo que sir Gaylord interpretó como de airada desaprobación. El caballero estaba fuera de su elemento, porque Ruark se había ganado su lugar en el pequeño mundo de Los Camellos y Gaylord Billingham era un forastero, antipático para la mayoría.
Gaylord habló en un tono más calmado.
– Señora -dijo- sólo trato de asegurar que este hombre le brinde el debido respeto. Usted puede sentirse obligada con él por haberla salvado de los piratas. Pero mi deber de caballero es cuidar la reputación de una dama.
A Shanna le pareció ridículo y ultrajante que este petimetre fingiera preocupación por su honor en presencia de otros mientras que, en privado, trataba de ganársela con sus vehementes caricias. Rió regocijada y divertida.
– Le aseguro, señor -dijo- que no soy una dama decente.
– Miró a Ruark a los ojos, rió por lo bajo y agregó-: Quizá soy una dama indecente.
Tomó la copa de su marido y junto con la de ella la tendió a Gaylord.
– ¿Quiere encontrar un lugar, para dejar esto, señor? -pidió dulcemente, tomó a Ruark de la mano e hizo señas para que los músicos siguieran tocando-. Quisiera bailar con mi esclavo.
Ruark sonrió lentamente al rostro enrojecido del caballero.
– En otra ocasión, quizá -dijo-
Gaylord giró sobre sus talones y se alejó sin decir una sola palabra.
Las danzas se animaron e hicieron más ruidosas cuando los bailarines hicieron sus propias interpretaciones de los diferentes pasos entre la clamorosa aprobación de los demás, hasta que, exhaustas y sin aliento, las parejas se sentaron para comer y beber. Shanna encontró una copa de champaña en su mano y la bebió alegremente. Su risa iluminó las carcajadas profundas de Ruark. Después encontró sitio en una de las mesas y se sentó con él en un largo banco. Ruark quedó muy contento con la proximidad. Como las linternas daban solamente una luz muy débil, hasta se permitió acariciar a Shanna pues le resultaba difícil abstenerse de tocarla.
Madame Duprey, esa beldad de cabellos oscuros, y su esposo el capitán, estaban sentados más lejos, entregados a afectuosas demostraciones después de la larga ausencia del francés. Hasta Shanna se sintió más indulgente con el mujeriego marino que en ese momento besaba a su esposa en la nuca.
– Qué dulce -le dijo Shanna a Ruark-. Creo que él la ama de verdad.
– Ah, ni la mitad de lo que yo te amo -repuso Ruark junto al oído de ella-. Estoy a punto de hacer estallar mis calzones por el deseo que siento por ti, y tú me hablas de la devoción de otro hombre para con su esposa. ¿Tendré que morirme de hambre mientras contemplo tus pechos rosados, y fingir indiferencia ante esos frutos suculentos? Ansío saborear la manzana de tu amor y te devoraría entera.
– Calla -rió Shanna, apoyándose en él-. Estas bebido. Alguien podría oírte.
En la seguridad de que el bullicio cubriría sus palabras, Ruark continuó:
– Sí, estoy ebrio, pero sólo de este néctar que es más embriagante que el vino. Tengo fuego en mi sangre, un fuego que sólo tú puedes apagar. Ah, Shanna, Shanna, apiádate de mí.
Un brindis por los recién casados los interrumpió y Shanna se volvió cuando todos se ponían de pie y elevaban sus copas. Fue el preludio para que se formara el cortejo que acompañaría a los novios a su cabaña en alegre procesión. Shanna participó alegremente, aunque a veces se estremeció ante el rudo humor de los marineros que con sus bromas arrancaban recatadas risitas de las doncellas virginales presentes.
Fue casi un alivio cuando el grupo empezó a dispersarse y Ruark la devolvió junto a su padre. Trajeron el carruaje y Shanna subió. Demoraron unos momentos hasta que encontraron a Hergus, y cuando el grupo estuvo completo, con la escocesa y sir Gaylord, Shanna se envolvió en su chal y sonrió satisfecha, como un gato que acaba de engullirse varios canarios. Shanna permaneció sentada entre Hergus y Ruark, y Gaylord no tuvo más remedio que elegir entre sentarse en el lugar del lacayo o hacer una larga y solitaria caminata. Al ver el dilema del caballero, Pitney lo invitó con un gesto a que se sentara a su lado, en el estrecho espacio que quedaba libre. Gaylord suspiró. No estaba dispuesto a compartir el asiento con un sirviente y debió resignarse a aceptar la invitación de Pitney.
Una vez en la mansión, Shanna precedió a Hergus escalera arriba y sólo cuando la puerta de sus habitaciones, estuvo cerrada a sus espaldas, abrió su chal y dejó ver una botella de champaña sin descorchar. Hergus ahogó una exclamación y pensó que su ama había perdido la razón.