Ruark se volvió y levantó un brazo. Dos carruajes y un carretón cubierto se acercaron al barco antes de que él estrechara la mano de Pitney como bienvenida.
– Estoy pensando, muchacho -rugió Pitney, mojándose los labios que un buen pichel de ale me calentaría las entrañas. ¿Tendrán ustedes, los coloniales, una taberna donde un; hombre pueda calmar su terrible sed?
– Sí -rió Ruark y señaló en dirección a la calle del muelle-. El Ferry pot., ese edificio encalado de allí, tiene, un barril del mejor ale de Inglaterra. Diga al cantinero que John Ruark pagará la primera ronda.
Pitney partió, a toda prisa. Gaylord se hizo a un lado rápidamente a fin de no ser arrojado sobre el empedrado del muelle. El caballero miró con altanería las anchas espaldas del hombre pero Pitney no se detuvo ni lo notó. Gaylord continuó su camino hacia la oficina de embarques para reclamar el equipaje que había enviado en la fragata inglesa.
Ralston también abandonó el barco, y por un momento Ruark lo observó caminar por el muelle, con el borde de su capa ondulando alrededor de sus nudosas pantorrillas.
Ruark aún no había dirigido, a Shanna ni siquiera una, mirada. Pero ahora la miró y sus ojos dijeron todo. La mano de ella tembló cuando él la cubrió con la calidez de la suya.
– Shanna… señora Beauchamp -dijo él con voz ligeramente ronca-. Usted ha producido el momento más brillante en este día mío.
Silenciosamente, con el movimiento de los labios agregó:
– Te amo.
Shanna sintió en la garganta un dolor casi intolerable cuando le dirigió una sonrisa amable y replicó:
– Señor John Ruark, he echado de menos su ingenio y su humor en la mesa, por no hablar de sus inteligentes comentarios y su habilidad de bailarín. ¿Ha participado últimamente en alguna festividad? Quizá alguna dama de las colonias le ha llamado la atención.
Le dirigió una mirada fría e interrogativa y Ruark rió ligeramente.
– Usted sabe que mi corazón está comprometido, y la diosa Fortuna ha decretado que yo no encuentre ninguna otra tan bella.
Ruark vio cómo ella enrojecía ligeramente de placer. Aún tenía la mano de Shanna en la suya y ahora la puso debajo de su brazo y dirigió una mirada torcida hacia el cielo.
– Hay un antiguo dicho oriental acerca de la sabiduría de permanecer bajo la lluvia -dijo en voz alta-. Si me lo permite, señora Beauchamp, los conduciré a usted y a su padre a un lugar donde podrán tomar una taza de té mientras son cargados los carruajes.
Trahern miró con ansias la ancha espalda de Pitney que en ese momento trasponía la puerta de la taberna. Soltó un suspiro e hizo un gesto con la mano.
– Vamos señor Ruark. Supongo que un padre tiene algunos deberes para con su hija que no pueden ser eludidos; -Se detuvo para reflexionar y añadió, en tono apesadumbrado-: Sin embargo, en ocasiones desearía que la muchacha hubiera nacido varón.
Ruark estaba sumamente contento de que Shanna hubiera nacido mujer, pero nada dijo.
Casi una hora más tarde, el conductor del primer coche vino a decir a Ruark que todo estaba listo y que podían ponerse en camino cuando lo desearan.
– Buscaré a Pitney -se ofreció Ruark, poniéndose de pie Busco unas monedas en su bolsa-. Dije que yo pagaría la primera ronda.
La taberna era un lugar ruidoso, repleto de marineros y de hombres de trabajo. Allí, en medio del bullicio, Pitney bebía silenciosamente su ale, apoyado en el bar junto a un hombre pelirrojo que parecía hablar con mucha vehemencia. Ruark no pudo oír lo que decía pero el hombre sacudía la cabeza y golpeaba el bar con un puño, o apuntaba con un dedo al pecho de su compañero.
– No, no hablaré ahora -oyó Ruark, mientras se abría camino dificultosamente entre varios marineros-. Tengo que encontrar yo mismo al hombre y asegurarme de que es él. Entonces lo diré todo. No voy a poner mi cuello en la horca para salvar a alguien que no conozco.
Ruark aferró el brazo de Pitney y puso sus monedas sobre el bar.
– Tabernero -dijo- déle otro a este hombre para que termine su día, y otro más al hombre que tiene al lado.
– No para mí -dijo el escocés pelirrojo, sacudiendo la cabeza-. Tengo que volver a mi trabajo en los muelles.
– Antes de marcharse, Jamie, amigo mío, me gustaría que conozca a un buen hombre.
Este es John Ruark -dijo Pitney con una sonrisa torcida-. ¿Ustedes no se conocían?
Ruark arrugó la frente. Ahora que veía al hombre de cerca le encontraba algo extrañamente familiar. Pero Jamie se puso rápidamente de pie y evitó la mirada de Ruark.
– ¿Tendría que conocerlo? -preguntó Ruark.
– Sí, pero puesto que sé donde encontrado, ahora dejaré que se marche. -Pitney bebió su ale y levantó el pichel en agradecimiento a Ruark-. Una excelente bebida. Tome uno usted, muchacho. Le dará fuerzas para el viaje a casa.
Ruark lo observó con recelo. -Por la forma en que habla, diría que usted ha bebido lo suficiente por los dos.
Pitney soltó una carcajada y palmeó a Ruark en la espalda.
– Beba, John Ruark. Necesitará un buen trago para mantener la mente alejada de esa muchacha con la que se casó.
Cuando Ruark regresó a los carruajes, Shanna ya estaba sentada en el primero. Mientras Pitney se reunía con Trahern en el muelle, él acomodó la silla de Attila a fin de poder mirar a su adorada.
– ¿Usted viajará a caballo, señor Ruark? -preguntó Shanna en voz baja.
– Sí, señora. Con esta lluvia tendré que ir adelante para ver si el camino se encuentra en buen estado.
Shanna se recostó en el asiento y se cubrió el regazo con una manta de pieles. Una lenta sonrisa se extendió por su rostro. Por lo menos él no estaría lejos.
El interior del carruaje no era lujoso pero tenía un aire de sólida y doméstica comodidad. Varias mantas de pieles cubrían los asientos y un pequeño calentador de hierro que estaba en el piso ayudaba a combatir el frío.
Gaylord regresó, y Ruark vio sorprendido que el inglés se cercioraba de que varios grandes baúles estuvieran cargados en el carro.
– ¿Sir Gaylord viajará con nosotros? -preguntó Ruark a Trahern.
– Sí -gruñó el hacendado-. Lamentablemente para nosotros, él ha decidido presentar sus planes y necesidades a los Beauchamps. Y por la cantidad de equipaje que sacó del depósito, se diría que piensa ser huésped de ellos por un largo tiempo.
Pitney rió por lo bajo y dio un codazo a Trahern. -Por lo menos, el caballero no será su huésped. Otros tendrán que alimentado.
Ruark se frotó el mentón con el dorso de la mano.
– ¿Les tiene usted antipatía a los Beauchamps? -preguntó. Pitney soltó una risotada ante el comentario y Trahern no pudo, dejar de reír.
– Si quiere subir al carruaje, señor -dijo Ruark -yo me ocupare de que sus baúles sean adecuadamente cargados debajo del equipaje de sir Gaylord. Tenía idea de que los Beauchamps enviarían dos carros. Pero si todo está bien, podemos ponemos en camino.
Trahern asintió pues estaba ansioso de salir de la lluvia, y Ruark caminó hasta el último carro. Cuando regresaban, Ralston se detuvo con un pie en el estribo del segundo carruaje y lo miró con helado desdén, después se encogió de hombros y entró. Gaylord lo siguió.
Ruark ató a Jezebel a la parte trasera del coche de Trahern y metió la silla de montar de Shanna en el carro cubierto. Cuando se inclinó hacia el interior del carruaje, vio que Orlan examinaba una de las mantas de pieles y soplaba como para probar su riqueza y espesor.
– ¡Magnífico! -murmuró Orlan-. John Ruark, no podría sentirme más confortable. Aquí estoy rodeado de una pequeña fortuna, y los Beauchamps la usan como mantas para el regazo. ¡Notable!
– Estamos listos, señor. ¿Doy la señal de partida?
El hacendado asintió y Ruark miró a Shanna y se tocó el ala del sombrero antes de retirarse y cerrar la portezuela. Después agitó el brazo y la caravana se puso en marcha.
Viajaron cierta distancia entre campos abiertos y llegaron a una encrucijada donde doblaron por un camino señalado por un gran árbol con tres profundos cortes en su tronco
– Three Chopt Road, el Camino de los Tres Cortes -anunció Ruark por encima del ruido de los cascos de los caballos-. En la próxima encrucijada nos detendremos en la taberna para comer.
– Buen hombre, este John Ruark -dijo Trahern satisfecho, y se acomodó nuevamente en el asiento-. Se ha ocupado de todos los detalles.
Empezaron a viajar entre densos bosques. El camino estaba despejado y los coches podían pasar con facilidad, pero donde empezaban los árboles la vegetación eran densa: hasta un hombre a pie la hubiera encontrado casi impenetrable.