– ¿Es tan difícil imaginar que somos dos enamorados que acaban de casarse? -insistió Ruark, respirando muy cerca del cuello de ella.
Le rodeó los hombros con el brazo y Shanna tuvo que luchar para que su mundo no se convirtiera en un caos cuando los labios húmedos y entre abiertos de él la besaron en la boca. Trató de apartarlo y de liberar su boca. ¿Tanto vino había bebido que eso le causaba vértigos? ¿Qué le estaba sucediendo? Ella no era una borrachina ni una mujer de virtud fácil. ¡Por Dios, si era una virgen! ¡Y sólo bebía té!
– Seré muy suave contigo -dijo Ruark suspirando, como si le hubiera leído los pensamientos, y apretó sus labios contra el tentador ángulo de la boca de Shanna- Déjame tomarte en brazos, Shanna, y amarte como yo quiero. Déjame que te toque… déjame que te posea…
– ¡Señor Beauchamp! -exclamó ella casi sin aliento y evitó su beso-. Ciertamente, no tengo intención de entregármele aquí, en el salón, para diversión de todos. Déjeme -rogó, y agregó, con más severidad-:
Si no me deja, gritaré…
El aflojó un poco el abrazo y Shanna se puso de pie precipitadamente y anunció, con voz trémula:
– Será mejor que nos pongamos en marcha. Shanna corrió hacia la puerta mientras Ruark se detuvo para recoger su capa y su tricornio, y cuando trató de correr en pos de ella, Pitney y los guardias lo tomaron de los brazos.
Indiferente a la intensa lluvia y a los charcos del camino, Shanna salió corriendo de la posada. Ruark la hubiera seguido pero se produjo cierta demora mientras el posadero, temeroso de perderse el costo de las comidas, empezó a discutir vivamente con Pitney, quien estaba más interesado en mantener a Ruark a su lado. Una pesada bolsa arrojada al posadero terminó con la discusión y por fin Pitney permitió a Ruark que lo precediera hacia el carruaje.
Ahora la lluvia caía como un tamborileo regular sobre el techo del carruaje. Empapada, y temblando por el frío y por sus propias emociones, Shanna se había acomodado en un rincón del asiento, dejando la mayor parte del mismo a quienquiera que quisiera ocuparlo. Con dedos temblorosos consiguió, después de encontrar el pedernal y la Yesca, encender la linterna de sebo que colgaba de la pared interior del carruaje.
Ruark subió y Pitney plegó la escalerilla. El mismo quiso subir pero encontró súbitamente cerrado el camino par el brazo del joven.
– ¿Usted no tiene compasión, hombre? ¡Unas pocas horas de casado y destinado a que me ahorquen antes de una semana! Suba al asiento de los, guardias.
Antes de que Pitney pudiera protestar,¡ Ruark le cerró la portezuela en la cara. Sin embargo, Pitney difícilmente iba a dejarse amedrentar por un jovenzuelo atrevido, enamorado de su señora. En realidad, era todo 1o contrario. La puerta del carruaje fue abierta con tanta fuerza que rebotó contra el costado del coche con un fuerte ruido, que hizo que Shanna saltara asustada.
Ruark no estaba dispuesto a permitir esta intromisión sin por 1o menos una breve lucha y nuevamente puso su brazo a través de la abertura de la portezuela para impedir que el otro entrara.
Pitney estiró un brazo para arrancar al ardoroso novio del carruaje, pero 1o detuvo una sorprendida exclamación de Shanna. Ciertamente, no fue el temor por su marido 1o que produjo esta reacción en la joven sino la presencia del posadero y su esposa que estaban en la puerta de su establecimiento y estiraban los cuellos para ver qué sucedía.
– Está bien, Pitney, suba con los guardias -ordenó ella en voz baja pero con tono imperioso.
Pitney miró hacia atrás y vio la razón de la preocupación de su ama. Se irguió, retrocedió un paso y se acomodó el chaleco.
Ruark sonrió con benevolencia.
– Así está bien, amigo -dijo-. Y no se quede ahí holgazaneando. Dé se prisa. Partamos de una buena vez.
Pitney levantó obstinadamente su poderoso mentón y bajó las cejas en un gesto ominoso. La lluvia helada le caía en la cara pero él parecía no notado. Sus ojos grises y penetrantes midieron a Ruark a la luz de las linternas del carruaje.
– Si le hace daño a ella… -la amenaza fue formulada en voz baja pero llegó claramente a los oídos de Ruark.
– Vamos, hombre -dijo Ruark riendo burlonamente-. No soy tan idiota. Valoro mucho el poco tiempo que me queda sobre la tierra. Le doy mi palabra de que ella será tratada con todo afecto y con mucho respeto.
El ceño de Pitney se acentuó ante las palabras de Ruark.
Hubiera querido aclarar un par de cosas pero Shanna vio la amenaza de una escena en público en esta aldea donde los actos de unos desconocidos serían rápidamente notados y comentados. Tan cerca de la iglesia donde se habían casado, los rumores se extenderían y Ralston no tendría ninguna dificultad en enterarse de ellos.
– Veámonos, Pitney, antes de que usted desbarate todos mis planes.
Finalmente el hombre cedió y aunque sus palabras estuvieron dirigidas a ella, no dejó de mirar fijamente a Ruark.
– Cerraré la puerta por fuera. El no tendrá posibilidad de escapar
– Entonces hágalo de prisa -dijo Shanna-. y tenga cuidado de que el posadero y su esposa no vean 10 que está haciendo.
Pasaron unos instantes antes de que el lujoso carruaje se pusiera en marcha por el lodoso camino a Londres. La lluvia caía monótona sobre el techo apagando todos los otros sonidos, mientras las linternas lanzaban solamente una luz débil, vacilante, hacia las profundas tinieblas que iban atravesando. Aunque el mullido interior era cómodo y abrigado y estaba bien protegido de la desapacible noche, Shanna no se sentía a sus anchas. Su carrera hasta el coche había sido una locura. Sus zapatos estaban empapados, sus medias hasta la rodilla estaban húmedas casi en toda su longitud y el borde mojado de su falda se adhería, frío y molesto, a sus tobillos. Se arrebujó en la amplia capa y no pudo impedir un estremecimiento ni que sus dientes entrechocaran de frío.
– Vaya, Shanna, estás temblando -dijo Ruark. Le tomó una mano y se le acercó más
Ella 1o apartó irritada.
– ¿Siempre tiene que decir 1o que es evidente? -dijo, pero en seguida adoptó un tono más suave-. Tengo los pies fríos..
– Ven, amor, déjame calentarlos.
Antes de que ella pudiera protestar, él se agachó, le tomó las piernas y las puso sobre su regazo. Levantó el borde mojado del vestido y le quitó los escarpines embarrados. Shanna ahogó una exclamación cuando él le tocó atrevidamente las rodillas y le quitó rápidamente las medias y las ligas adornadas con encaje, que dejó en un pequeño montón con los zapatos en el suelo del coche. Después puso los pies de ella debajo de su chaqueta y cubrió su regazo y las piernas de ella con su capa. Con una mano sostuvo los pies bien apretados contra él y con la otra empezó a masajearle las esbeltas pantorrillas. Shanna dejó de sentir frío. Tenía muchas cosas en qué pensar mientras él le prodigaba sus cuidados con tanta familiaridad. Nunca le había ocurrido encontrarse sola con un hombre encerrada en un lugar tan pequeño y ello estimulaba su imaginación. Había estado con muchos loores y hombres con título pero siempre adecuadamente acompañada. Nunca había conocido a un colonial hasta que conoció a Ruark Beauchamp. Y ahora él estaba a solas con ella y tenía sobre ella los derechos de un esposo, por más que esa condición duraría muy poco. Fue natural que ella se preguntara cuál sería la reacción de él si 1o sometía a sus femeninas artes de seducción. Hacía bien en permitir que este rústico individuo de las colonias saboreara su belleza, pensó, porque pronto él estaría camino del cadalso. No haría ningún daño si afilaba sus armas con él.
Se acomodó en el rincón con la espalda contra el costado del carruaje y 1o miró de frente. La pequeña linterna alumbraba suavemente y ella vio que esos ojos ambarinos la observaban silenciosamente con un fervoroso brillo. Los dedos de Ruark le masajeaban suavemente las piernas desde los tobillos hasta las rodillas y le producían una agradable sensación. Shanna curvó los labios casi en una sonrisa, suspiró, y estirándose como una gata satisfecha, se apoyó en el asiento. Su capa se le abrió hasta la cintura pero ella fingió no notarlo, cruzó los brazos debajo de sus pechos y estos- se elevaron hasta que casi salieron completamente del vestido desgarrado y de la delgada camisa. En realidad, ella no sabía cómo brillaba su piel con un lustre satinado a la luz de la vela de la linterna ni podía medir hasta dónde llegaba la pasión de Ruark. Sólo vio que los ojos de él descendían lentamente y sintió que el vientre de Ruark se ponía tenso contra su pierna y que una arteria del muslo empezaba a latir aceleradamente debajo de su pie.
Al ablandarse su actitud, su belleza se acentuó y Ruark la miró con atrevimiento. Cuando él habló, su voz no traicionó el nudo que sentía en la garganta.