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Jasón, el portero, llegó desde la trasera y a la vista de Shanna su rostro moreno se iluminó de placer.

– ¡Vaya, la señorita Shanna! -Corrió hacia ella y le tomó las manos extendidas. Como siempre, la voz bien educada de él sorprendió a Shanna-. Señor, esta criatura ha traído el sol con su regreso. Su padre estaba muy deseoso de verla.

Un sonoro carraspeo indicó que Trahern todavía estaba donde podía oírlos, pero Shanna igualmente rió dichosa. Por fin estaba en su casa y nada podría estropearle esa felicidad.

La necesidad de depósitos cerrados no era crítica en este clima benigno y las construcciones que rodeaban el área del muelle eran en su mayor parte solamente techos sostenidos por columnas de madera. Debajo de uno de esos cobertizos, John Ruark y sus compañeros aguardaban sentados en cuclillas. Sus barbas habían sido afeitadas y sus melenas cortadas bien cortas. Después de entregarles un fuerte jabón de lejía fueron llevados al castillo de proa y bañados con las mangas de las bombas del barco. Algunos de los hombres gritaron cuando el fuerte jabón tocó las heridas que tenían, pero Ruark disfrutó del baño. Había pasado casi un mes entero tendido en su cubículo con sólo ejercicios ocasionales en la cubierta para estirar los músculos acalambrados. La comida durante el viaje había sido abundante, pero empezó a resultar desesperante cuando pareció que en el mundo no quedaba para comer otra cosa que carne salada, frijoles y galletas acompañadas, de agua maloliente.

John Ruark sonrió lentamente y se pasó la mano por la nuca para familiarizarse con su corto cabello negro. Estaba vestido como los demás, con pantalones nuevos de dril, y calzado con sandalias. Las ropas eran todas de una misma medida y uniformemente grandes para él y sus ocho compañeros. Junto con los artículos provistos había un ancho sombrero de paja; una camisa blanca suelta y un pequeño saco de lona. Este último permaneció vacío hasta que llevaron al grupo a la tienda de Trahern donde les dieron un tazón y una brocha para afeitarse, un cortaplumas con mango de madera, dos mudas más de ropa y varias toallas, junto con una cantidad del fuerte jabón y una admonición para que lo usaran con frecuencia.

Cuando cesó la leve brisa el calor se hizo intenso bajo el techo del cobertizo. Un solo supervisor los vigi1aba y hubiera sido muy fácil escapar. Pero John Ruark pensó que hubiese sido necesario muy poco esfuerzo para capturadlos, porque tarde o temprano un hombre habría tenido que salir de la jungla y no había otro lugar adonde ir.

Observó atentamente todo cuanto lo rodeaba mientras tironeaba distraídamente de la floja rodillera de sus pantalones de lona. Esperaban al hacendado Trahern; les habían informado que él tenía la costumbre de inspeccionar y dirigidas la palabra a todos los recién llegados. Ruark estaba ansioso de conocer al famoso "lord" Trahern pero aguardaba pacientemente con los demás, manteniéndose cuidadosamente en el último lugar de la fila. Todavía estaba vivo y en el único lugar en el mundo donde quería estar, es decir, en el mismo lugar donde se encontraba Shanna Trahern. ¿O debía llamada Shanna Beauchamp?

Rió para sí mismo. Ella se había ganado el apellido mientras que él, por la misma serie de acontecimientos, lo había perdido; yeso era otro asunto que tendría que arreglar.

Sus cavilaciones fueron interrumpidas por el arribo del birlocho abierto que se había llevado a Shanna del muelle. El hombre alto y flaco llamado Ralston fue el primero que se apeó, y tras él lo hizo el hombre

a quien Ruark viera horas antes saludando a Shanna. Dedujo que éste era el temido hacendado Trahern.

Ruark observó con interés mientras el hombre se acercaba. La actitud del hacendado era autoritaria. Era un hombre corpulento, majestuoso, y había a su alrededor un halo de poder. En marcado contraste con las ropas oscuras de su magro compañero, tenía medias inmaculadamente blancas y zapatos de cuero negro con hebillas de oro. Sus calzones eran de lino blanco, prácticos y frescos. Su largo chaleco era de la misma tela y blanco, como la camisa, en la cual llamaba la atención la ausencia de volantes y bordados. Un sombrero de paja inmenso, de alas anchas, copa baja; finamente tejido, daba sombra a su rostro. Llevaba en sus manos un bastón largo, evidentemente muy usado, como si fuera su insignia de mando.

Los dos hombres se acercaron al cobertizo y después de saludarlos, el supervisor que los vigilaba ordenó a los recién llegados que se pusieran de pie y formaran una fila. El hacendado tomó un paquete que le tendió. Ralston, desplegó un papel que estudió un momento y se acercó al primer hombre de la fila.

– ¿Su nombre? -preguntó bruscamente. El siervo respondió con un murmullo y su nuevo amo hizo una marca en su papel y procedió a inspeccionar cuidadosamente su compra. Palpó el brazo del hombre, apreció su musculatura y estudió las manos en busca de callosidades.

– Abra la boca -ordenó Trahern-. Veamos sus dientes. El hombre obedeció y el hacendado sacudió la cabeza casi con tristeza e hizo varias anotaciones en su libreta. Se acercó al segundo siervo y repitió el ritual. Después del tercero, se volvió hacia Ralston.

– ¡Maldición, hombre! -exclamó Trahern-. Me ha traído un grupo lamentable. ¿Estos fueron los mejores que pudo conseguir?

– Lo siento, señor -dijo Ralston, acobardado bajo la mirada ceñuda del otro.-

Fueron todo lo que pude conseguir por amor o dinero. Quizá los habrá mejores en primavera, si el invierno es lo suficientemente duro.

– ¡Bah! -replicó Trahern_. Un precio muy alto, ciertamente y todos de la prisión de deudores.

Ruark enarcó levemente las cejas cuando oyó el comentario del hombre. El hacendado no estaba enterado de que había comprado a un reo condenado a muerte. Ruark pensó esto un momento y el efecto que podría tener en él. Levantó la mirada y sorprendió a Ralston mirándolo ceñudo. Ajá, esto fue obra del señor Ralston, dedujo Ruark, y si no quería regresar a Londres para que lo ahorcaran, tendría que seguir el juego.

Después de un atento examen del octavo hombre, Trahern llegó frente a Ruark y se detuvo repentinamente. Sus ojos se entrecerraron cuando examinó al último del grupo. Los ojos color ámbar de Ruark revelaban un nivel de inteligencia superior al término medio y la sonrisa que le bailaba en los labios era extrañamente inquietante. Notablemente diferente del resto, éste era esbelto y musculoso, con espaldas anchas y brazos fuertes, erecto, con las piernas rectas de un hombre joven. No había flaccidez en él y el vientre, plano y duro, indicaba salud y juventud. Era raro que un joven como éste pudiera ser hallado en una subasta de condenados por deudas.

Trahern consultó su lista y encontró el nombre que quedaba.

– Usted es John Ruark -declaró más que preguntó y se sorprendió de la rápida y fluida respuesta del individuo..

– Sí, señor. -Ruark fingió un ligero acento para disimular su origen. Demasiados isleños se mostraban desconfiados de los originarios de las colonias de tierra firme-. Y sé leer, escribir y calcular.

Trahern ladeó la cabeza, como absorbiendo cada palabra.

– Mi espalda es fuerte y mis dientes son sanos. -Ruark abrió la boca y Por un momento exhibió un relámpago de blancura-. Puedo levantar mi propio peso, bien alimentado, por supuesto, y espero demostrar que soy digno de todo lo que su familia ha invertido en mí.

– Mi esposa está muerta. Solo tengo una hija -murmuró Trahern distraídamente y en seguida se reprochó silenciosamente por haber dialogado con el hombre-. Pero usted es un colonial, de Nueva York o de Boston, supongo. ¿Cómo fue que llegó a que lo subastaran por deudas?

Ruark aspiró profundamente y se rascó el mentón.

– Un leve malentendido con varios soldados. El magistrado no tuvo ninguna consideración y prefirió creerles a ellos y no a mí. No era del todo falso. Ruark no había tomado bien que lo arrancaran violentamente de su profundo sueño y reaccionó instintivamente, rompiéndole la mandíbula al capitán, como se enteró después.

Trahern asintió lentamente con la cabeza y pareció que había aceptado la explicación, hasta que habló:

– Usted es un hombre de cierta sabiduría y creo que hay muchas cosas más en su historia, pero -se alzó de hombros- eso ya pertenece al pasado. Poco me importa lo que usted fue, sólo lo que es.

El siervo, John Ruark, reflexionó silenciosamente sobre su amo y se dio cuenta de que tendría que proceder con mucho cuidado cuando tratara con él, porque el hombre era inteligente y astuto, tal como se

Rumoreaba. Empero, la verdad tenía una forma de salir a la luz y puesto que no pudo encontrar palabras dignas de su esfuerzo, Ruark contuvo la lengua.

Trahern se apartó de él y se ubicó frente a la fila de hombres, con las piernas bien separadas y las manos apoyadas en el pomo de su largo bastón. Los observó lentamente.