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Sin embargo, Shanna era muy de aventurarse donde le diera la gana, sin pensar mucho en las consecuencias.

Era un día caluroso y los cascos de Attila levantaban nubeci1las de polvo que quedaban flotando perezosamente sobre el camino.

Después de haber pasado entre las colinas, Shanna empezaba a descender la cuesta del norte cuando vio a un hombre que venía con una mula.

Por sus ropas era uno de los siervos, aunque su vestimenta había sido curiosamente alterada. llevaba el familiar sombrero de alas anchas y su camisa estaba cruzada sobre el lomo de la mula, pero tenía los pantalones arremangados por encima de las rodillas. Su espalda estaba tostada por el sol y los músculos vibrantes indicaban una fuerza ágil y pronta.

Attila resopló y sacudió la cabeza. Shanna hubiera querido hacer desviar a su montura a fin de dejar paso al hombre, pero cuando se cruzó con el siervo este tendió un brazo tostado por el sol y aferró firmemente

Las riendas del caballo. En cualquier otra ocasión, Attila se hubiese revelado y apartado violentamente del desconocido, pero ahora se limitó a relinchar- y a acariciar con los belfos el brazo extendido. Shanna, momentáneamente atónita por la reacción del corcel, al principio sólo pudo observar con ojos dilatados mientras el caballo acariciaba al individuo. Pero en seguida se recobró y se sintió furiosa por esta incursión en su libertad. Abrió la boca para exigir que soltara la rienda. El hombre se volvió y la ira de ella desapareció. Dejó caer la mandíbula mientras una incredulidad abrumadora le atontaba el cerebro.

– ¡Tú! -dijo, semiahogada.

Los ojos color ámbar la miraron burlones.

– Sí, Shanna. Soy el bueno de John Ruark, a tu servicio. Se diría que tu, amor mío, has ganado un nombre mientras que yo perdí el mío.-Sonrió con confianza-. Pero es claro que no sucede muy a menudo que un hombre pueda burlar tanto al verdugo como a su esposa.

Shanna recobró algo de cordura pero con ella había cierta dosis de pánico.

– ¡Suelta! -estalló y tiró de las riendas. Hubiera querido huir, pero el peso de Ruark mantuvo al corcel inmóvil. La voz de Shanna se quebró por el miedo que sentía-. ¡Suelta!

– Tranquila, amor mío. -Los ojos color ámbar relucieron como metal duro-. Tenemos un asunto que discutir.

– ¡No! -dijo ella, casi en un chillido, casi en un sollozo. Levantó la fusta como para golpearlo pero la misma le fue arrancada de las manos y sintió que la tomaban con fuerza de la muñeca.

– Por Dios, Shanna -dijo él, en tono amenazante- tú tendrás que escucharme.

Las manos de él la tomaron de la cintura Y la levantaron de la silla como si fuera una criatura, para dejarla en seguida en el suelo frente a él.

Shanna luchó frenéticamente Y empujó con sus pequeñas manos enguantadas el pecho moreno y velludo que parecía llenar toda su visión. El le dio una brusca sacudida que hizo que el sombrero de Shanna cayera al suelo, sobre la hierba, y que el prolijo rodete de cabellos dorados se deshiciera en una cascada que cayó sobre la espalda.

Shanna finalmente se calmó y miró con fijeza dentro de esos ojos llameantes.

– Así está mejor -dijo Ruark y aflojó un poco la mano con que la tenía de la muñeca.

Shanna reunió unas fuerzas que no sentía del todo y levantó su tembloroso mentón.

– ¿Crees que tengo miedo de ti? -,-dijo desafiante.

Los blancos dientes relampaguearon contrastando con la piel bronceada cuando él rió, y Shanna no pudo deJar de notar el parecido que él tenía con un atezado pirata. LA palidez de la cárcel había desaparecido, y en su lugar la piel tostada brillaba con el saludable sudor de alguien que ahora goza de su libertad.

– Sí, mi amada esposa -se burló él-. Y quizá tengas motivos. Hicks me declaró loco después que tú me traicionaste y yo sentí un violento deseo de vengarme de mi bella esposa.

El color desapareció de las mejillas de Shanna cuando las palabras de él le hicieron recordar 1o que había dicho Pitney. Con un sollozo ahogado, renovó sus esfuerzos por escapar pero debió resignarse, en silenciosa agonía, cuando los dedos de él se cerraron como una cruel tenaza.

– Quieta -ordenó Ruark, Y Shanna no tuvo más remedio que obedecer.

Estaba lejos de someterse aunque seguía temblando violentamente de miedo.

– ¡Si no me sueltas, gritaré hasta que te cuelguen! ¡Y esta vez no fallará! ¡Maldición! ¡Haré que toda la isla acuda a mis gritos!

– ¿De veras, querida? -dijo él despreocupadamente-. ¿Y qué dirá entonces tu padre de nuestro casamiento?

Picada por el tono de él, ella replicó: – ¿Entonces qué te propones hacer? ¿Violarme?

Ruark rió cáusticamente.

– No temas, Shanna -dijo-. No tengo ninguna clase de urgencia. por tumbarte entre esta enmarañada maleza.

Ella estaba desconcertada. ¿ Qué quería él? ¿No sería posible comprado?

Como si le hubiera leído los pensamientos, Ruark aclaró las cosas:

– y no quiero nada de las riquezas de tu padre -dijo- así que si piensas sobornarme, perderás el tiempo.

Levantó su frente atezada, miró las mejillas enrojecidas y la boca trémula de ella. Bajó la mirada y la fijó en el pecho agitado, hasta que Shanna se preguntó si él podía ver a través de su traje de amazona. Bajo la mirada fija y penetrante de él, sintió que los pechos ardían y no pudo controlar su rápida respiración. Llena de vacilación, cruzó los brazos sobre, el pecho como si estuviera desnuda ante esa mirada. Ruark sonrió perversamente y la miró otra vez a los ojos.

– En la cárcel -dijo- mi mente era torturada por tu belleza y no pude olvidar ni el más pequeño.detalle de ti en mis brazos. Esa imagen quedó grabada en mi memoria como si tú me hubieras marcado a fuego.

La miró un largo momento con un brillo semienloquecido en los ojos que hizo que Shanna dudara de su propia cordura por haberlo buscado una vez. Entonces él sonrió y se mostró más gentil.

– Encontraré la forma de pasar entre las espinas y, arrancar la rosa -prometió.

Su mano subió por la espalda de ella hasta los rizos sedosos y los tocó suavemente. Su sonrisa se amplió

en una mueca disoluta, más propia del Ruark que Shanna conoció en el coche. Súbitamente, ella pensó que él no estaba loco sino inclinado a la venganza..

– No tengo intención de revelar tu secreto, Shanna, pero te he dado todo lo, que me correspondía darte según el pacto. Lo único que falta es tu parte del acuerdo y, querida mía, no descansaré hasta conseguirla.

– La mente de Shanna giraba sin rumbos en círculos cada vez más amplios,

– ¡Nada de pactos! -gritó, irguiéndose ante él-. ¡No hay pacto! ¡Tú no has muerto!

– ¡El pacto sigue vigente! -replicó él-. Tienes mi apellido y todo lo que deseabas. Yo no tengo la culpa de que Hicks sea codicioso. Pero quiero mi parte del convenio, toda una noche contigo como mi esposa, a solas, y sin nadie que abra la puerta para arrancarme de tu lado. -La miró fijamente-. Creo que a ti también te gustará.

– No -susurró Shanna, avergonzada por el recuerdo de su propia respuesta a las caricias de él-. El matrimonio se consumó. Conténtate con eso.

Ruark rió despectivamente.

– Si no eres suficiente mujer para saberlo, mi adorada inocente, apenas habíamos comenzado y de ninguna manera se consumó. Una noche entera, no menos, Shanna. ¡Eso es lo que deseo!

Era mejor seguirle el juego y no irritarlo, pensó ella, por lo menos hasta que pudiera escapar, y entonces Pitney…

Ruark entrecerró los ojos en gesto de advertencia.

– Aunque tu feminidad es lastimosamente escasa, Shanna, yo he burlado al verdugo para encontrarte. Si lanzas en pos de mí a los perros o a ese gandul de Pitney o a tu padre, yo me les escaparé. Y te juro que vendré a reclamar lo que me debes. Y ahora, mi amante esposa…

La soltó y tomó a Attila de la brida haciéndolo volverse. Se agachó y unió las manos para que ella pisara para montar; Shanna, ansiosa de alejarse, no vaciló. Puso una mano sobre el hombro musculoso de él, y se acomodó sobre la silla. Ahogó una exclamación cuando él levantó atrevidamente una mano y calzó la rodilla de ella alrededor del arzón. Shanna tomó las riendas, hizo volver al caballo y lo azuzó con el talón hasta que salieron al galope por el camino. La risa baja y burlona de Ruark siguió sonando en sus oídos hasta mucho después de haberlo perdido de vista.

Frente a la gran mansión blanca, Shanna detuvo el caballo y se dejó caer de la silla. Un sirviente tuvo que correr por el prado de césped hasta alcanzar al animal.