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Cuando Shanna insistió en que lo único que tenía era que había tomado demasiado sol, Berta chasqueó la lengua y murmuró acerca del descuido de "esta nueva generación" y se retiró.

Shanna picoteó la comida y bebió la leche fría. Sintió sueño, se puso un camisón corto y se deslizó entre las sedosas sábanas. Estaba medio dormida cuando de alguna parte de su mente surgió un recuerdo de manos acariciándole los pechos y de una boca, cálida y suave, besándola en la boca y el cuello, de brazos fuertes estrechándola contra su cuerpo firme, nuevamente esa primera quemante penetración y después…

Shanna despertó completamente, llena de pavor, y después se relajó lentamente sobre su almohada cuando comprendió que se encontraba sola en la habitación. Las sombras familiares caminaban por las paredes pero no encontró consuelo para el doloroso vacío de su interior. Acercó otra almohada y se apretó contra ella. ¿Fue otra mala jugada de su mente cuando, poco antes de volver a dormirse, sintió los músculos duros de la espalda de un hombre, debajo de sus dedos?

La mañana no le trajo ninguna respuesta. La almohada era solamente una almohada. Pero el sueño de la noche hizo maravillas. Se levantó y bañó y se puso un vestido de color turquesa pálido. Hergus le ciñó apretadamente la cintura. Con su escote cuadrado, el vestido exhibía las curvas superiores de sus pechos redondeados.

Shanna contempló su Imagen en el alto. espejo y se acarició distraídamente el cabello, que estaba peinado tirante hacia atrás y caía sobre la nuca en una cascada de rizos. Adquirió una expresión de petulancia cuando recordó las provocativas palabras de Ruark. ¿Falta de feminidad? ¿Cómo? ¿En qué me encuentra él carente de feminidad? ¿En mi apariencia? ¿En estatura? ¿En ingenio? ¿Dónde? El espejo no podía darle una respuesta y Shanna dejó sus habitaciones para reunirse con su padre y desayunar tarde, según costumbre que habían adquirido desde su regreso.

Orlan Trahern tenía el hábito de levantarse al amanecer, pero ahora, a menos que hubiera alguna tarea urgente, prefería esperar para poder tomar la comida de la mañana en compañía de Shanna. Generalmente era un momento placentero aunque intercambiaban pocas palabras.

Pero esta mañana, cuando descendía las escaleras, Shanna oyó voces en el comedor. Ciertamente, no era raro que el hacendado tuviera huéspedes en la mesa del desayuno y por lo general la conversación giraba alrededor de negocios y trabajo. Pero Shanna, con algo de aprensión y preguntándose quién podría ser el visitante, bajó cautelosamente. Fue Berta quien precipitó las cosas.

– Buenos días, Shanna -la saludó alegremente el ama de llaves-.

¿Hoy te sientes mejor?

Desde el comedor llegó la voz del padre.

– Aquí está ella. Mi hija, Shanna.

Crujió una silla y en seguida la gran silueta de Trahern llenó el vano de la puerta. El la tomó del brazo y la condujo a la habitación fresca y ventilada donde las blancas persianas dejaban entrar la brisa pero no el

sol y su calor.

– Lo siento, hija, pero yo quería hablar con este hombre -se disculpó el hacendado.

Shanna se detuvo súbitamente cuando vio al hombre y retiró la mano del brazo de su padre. El color huyó de sus mejillas y sus labios se entreabrieron por la sorpresa. Trahern se volvió para tomarle nuevamente la mano y la miró con expresión preocupada. Le habló en voz baja, casi en un susurro.

– Sí, es un siervo. -Su tono era de reproche-. Creo, sin embargo, que no nos rebajaremos si compartimos una mesa con él. Si quiere ser la señora de esta casa, deberás mostrarte amable y graciosa con todos los

que yo traiga como invitados.

– Vamos, Shanna -continuó Trahern, ahora en voz alta, y le acarició afectuosamente la mano-. Ven a conocer al señor Ruark, a John Ruark, hombre de cierta educación y may inteligente. Se ha desempeñado muy bien con nosotros y ahora debo escuchar sus consejos sobre unos asuntos.

John Ruark se puso de pie y sus ojos de ámbar le sonrieron y la tocaron en todo el cuerpo cuando Trahern se volvió para hablar con Berta. El rubor retornó rápidamente a las mejillas de Shanna y se intensificó cuando experimentó otra vez la sensación de hallarse desnuda ante esa mirada de oro. Murmuró inexpresivamente un saludo mientras su propia mirada se posaba desdeñosamente en los cortos pantalones que estaban limpios pero no por eso resultaban menos objetables para el estado mental de ella. Sin embargo, agradeció que por lo menos él se hubiera puesto su camisa. Al verlo sin el sombrero de paja, notó por primera vez que él llevaba el cabello muy corto. Unos mechones cortos y gruesos curvábanse ligeramente en torno a su cara y acentuaban las facciones finas y hermosas. La sonrisa burlona brillaba con sorprendente blancura en contraste con la piel tostada por el sol. De mala gana, Shanna admito para sí misma que el hecho de que fuera un siervo no parecía sentarle mal. Ciertamente, había en él una salud y una vitalidad que resultaban casi hipnotizantes.

En realidad, se lo veía aún más guapo que el día de la boda.

– Un placer, señora -repuso él cálidamente.

Shanna le dirigió una sonrisa amenazadora.

– ¿John Ruark ha dicho? -preguntó-. Conocí a unos Ruark en Inglaterra. Gente muy despreciable, asesinos y matones. Sucios y miserables. ¿Por casualidad usted es pariente de ellos, señor?

La dulzura de su tono no ocultó el desprecio qué ella quiso transmitir. El la miró con una sonrisa divertida pero Trahern carraspeó ruidosamente y dirigió al joven una mirada llena de simpatía.

– Debe perdonarme, señor Ruark -dijo Shanna-. No muy a menudo me veo en la situación de tener a un esclavo en mi mesa.

– Shanna -dijo su padre en tono amenazador.

Shanna se sentó en su silla. Ignoró a Ruark cuando él se sentó frente a ella y en seguida se volvió al anciano negro de cabellos grises que aguardaba para empezar a servirles y le dirigió la mejor de sus sonrisas.

– Buenos días, Milán -dijo en tono jovial-. Tenemos otro hermoso día ¿verdad?

– Sí, señorita -dijo el criado sonriendo-. Un día hermoso y radiante, como usted, señorita Shanna. ¿Y qué desea tomar esta mañana? Tengo guardado para usted un jugoso melón.

– Eso me gustaría mucho -dijo ella, sin dejar de sonreír.

Cuando el criado, después de poner frente a ella una taza de té, fue hasta un aparador, Shanna se atrevió a enfrentar la mirada divertida de Ruark, quien la observaba desde el otro lado de la mesa.

Mientras la conversación de los hombres giraba alrededor de muchos temas, Shanna bebía su té y escuchaba en silencio a Ruark, quien se expresaba con seguras opiniones en respuesta a las preguntas del hacendado. El joven tomaba rápidamente una pluma y hacía croquis cuando era necesario. No actuaba como un esclavo sino de igual a igual. Se inclinaba con el hacendado sobre pilas de dibujos que cubrían uno de los ángulos de la mesa y explicaba en detalle el funcionamiento mecánico de los diseños.

Shanna de ninguna manera se sentía aburrida escuchándolo. Se percató de que él era inteligente, de mente penetrante como su padre, y de que no parecía ignorar los trabajos de la plantación. En realidad, a medida que avanzaba la conversación, se fue haciendo evidente que podía enseñar mucho a su amo.

– Señor Ruark -interrumpió ella en una pausa, mientras Milán volvía a llenar las tazas- ¿Cuál era su oficio antes de convertirse en siervo? ¿Capataz, quizá? Usted es de las colonias ¿verdad? ¿Qué hacía en Inglaterra?

– Caballos… y otras cosas, señora -dijo él lentamente y con una amplia sonrisa, dedicando a ella toda su, atención-. Trabajé bastante con caballos.

Shanna arrugó ligeramente el entrecejo mientras pensaba en la respuesta de él.

– Entonces usted debe ser el que curó a mi caballo Attila. -No era sorprendente que el semental no le temiera. El maldito lo había cuidado-. ¿Quiere decir que entrenaba caballos? ¿Para qué, señor? ¿ Y por qué estaba en Inglaterra?

– Sobre todo para silla, señora. -Se alzó de hombros-. Y a algunos les gusta correr carreras con sus caballos. Fui primero a Escocia para seleccionar caballos de raza para cría.

– ¿Entonces su patrón confiaba en usted para conocer una buena línea de sangre con sólo ver el animal? -insistió ella.

– Así es, señora, y sin duda que para eso soy muy capaz. -Las luces de sus ojos refulgieron con destellos dorados cuando él recorrió lentamente con la vista las formas de ella. La insinuación fue muy clara.

La mirada de Trahern seguía fija en Shanna de modo que no se percató del lento examen y del gesto de asentimiento que lo siguió. El hacendado probó su té y frunció los labios al saborear la perfumada tibieza de la infusión