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La noche descendió para ocultar el paso de Shanna a través de la aldea; La gente había buscado refugio en sus hogares después del día de trabajo y las calles estaban silenciosas y desiertas. Shanna dejó a Attila frente a la tienda, donde no llamaría indebida atención, y caminó por los callejones manteniéndose en la oscuridad y en las sombras. Cuando vio la residencia de Ruark se detuvo asombrada. Era poco más que un colgadizo apoyado contra la pared posterior de un depósito de adobe. La luz de una débil linterna se filtraba por numerosas hendiduras entre las tablas que lo cubrían y por la puerta que estaba entreabierta.

Shanna se acercó cautelosamente y, espió el interior, cuidando de no revelar su presencia..Por un momento creyó que él estaba desnudo lavándose los hombros y brazos con una esponja yagua de una pequeña jofaina, pero cuando él se ubicó más a la luz, se percató de que todavía llevaba esos infernales pantalones recortados. Preparada para la confrontación, estiró el brazo y golpeó la puerta, que en seguida se abrió sola. Ruark se volvió instantáneamente y ahogó una exclamación.

– ¡Shanna! -Su primera palabra brotó con algo de sorpresa pero él se recobró rápidamente, sonrió y le tendió la mano invitándola a entrar-. Perdóname, amor mío. No esperaba visitas, y menos una encantadora.

Se pasó una mano por su mentón sin afeitar.

– Si hubiera sabido que vendrías habría hecho algunos preparativos.

En la escasa luz sus ojos brillaron suavemente cuando se clavaron en los de ella.

Shanna miró nerviosamente la pequeña y atestada habitación, incapaz de soportar la atención que él tan libremente le prodigaba. La presión de la mano de él en la cintura era leve pero ella la sentía como una trampa de acero. Empezó a dudar seriamente de su prudencia al haber venido sola.

El olor a vinagre y al fuerte jabón de lejía que se había usado para fregar las tablas del lugar le producía escozor en las fosas nasales. Aunque las instalaciones eran muy pobres, estaban limpias y bien reparadas. Una estrecha cama con un colchón de paja llenaba un rincón y sobre una mesa pequeña y rústica había una pila de dibujos, pluma y tintero. Los únicos otros muebles eran una silla rota y reparada con un trozo de cuerda y un alto estante. En el estante había varios libros, una hogaza de pan, un trozo de queso, una botella de vino y algunos platos, todos diferentes.

El delgado cobertor de la cama estaba deshilachado y muy remendado, pero se encontraba prolijamente doblado, mientras las sábanas, muy gastadas, estaban impecables, evidentemente blanqueadas al sol.

Viendo la dirección de la mirada de Shanna, Ruark sonrió.

– Un lugar no muy adecuado para una cita, Shanna, pero es lo mejor que pude conseguir. No me costó dinero, sólo mis servicios de vigilancia contra los vándalos. -Rió ligeramente y sonrió cuando los ojos de ella se encontraron con los suyos-. No creía que vendrías tan pronto para cumplir tu promesa.

Shanna ahogó una exclamación, atónita ante la sugerencia de él. – ¡No he venido aquí a pasar la noche contigo!

– Qué lástima -suspiró él tristemente, apartó un rizo de la mejilla de ella y se inclinó, acercándosele más-. Entonces tendré que sufrir más torturas. Ah, Shanna, amor mío, ¿no comprendes que el solo verte basta para causarme dolor?

Su voz sonaba grave y ronca en los oídos de ella y Shanna debió echar mano a todas sus reservas de voluntad para evitar el lento embotamiento de sus defensas.

– ¿Sabes que mis brazos sufren por no poder llenarse de ti? Estar tan cerca y no tocarte es para mí una agonía terrible. -Sus dedos la acariciaron levemente entre los omóplatos-. ¿Acaso eres una bruja decidida a hacerme sufrir el infierno en la tierra? Sé compasiva, Shanna, sé mujer, sé mi amor.

Se acercó más, sus labios quedaron peligrosamente cerca.

– ¡Ruark! -dijo Shanna bruscamente, se apartó de él y ordenó-: ¡Compórtate!

– Lo hago, amor mío. Yo soy un hombre. Tú eres una mujer. ¿De qué otro modo podría comportarme? -Hizo ademán de tomarla en brazos.

– ¡No me presiones así! -Shanna eludió su abrazo-. ¡Sé un caballero por una vez!

– ¿Un caballero? ¿Pero cómo, amor mío? -dijo, haciéndose el tonto-. Solo soy un colonial, ignorante de los modales de la corte, formado solamente en la honradez y en la verdad de un pacto acordado de buena fe. No puedo tolerar verte aquí, sola conmigo, y no tocarte.

– De acuerdo. -Shanna retrocedió más y siguió moviéndose mientras él la seguía-. Deberíamos limitar nuestros encuentros.

Shanna 1o miró y súbitamente se sintió como una gallina frente a un zorro salvaje y esperó ser devorada en cualquier momento.

– Si dejas de tratar de ganarte a mi padre y accedes a mantenerte lejos de la casa, eso facilitará las cosas. ¡Ahora basta!

Apartó la mano que intentaba acariciarle el cabello pero su rodete se deshizo y cayó en suaves rizos sobre la espalda. Shanna trató sin éxito de volverlo a acomodar.

– ¡Muéstrate serio por un momento! -1o regañó-. Controla tu lujuria. No vine aquí a acostarme contigo sino a apelar a tu honor. ¡Déjame! -Levantó la voz y 1o amenazó con la fusta-. ¡No volveré a dejar que me toque alguien como tú!

Ruark retrocedió y se apoyó contra la pared, junto a ella.

– Ah, Shanna -dijo tristemente-. ¿De veras debo pensar que tú no cumplirás con 1o pactado?

– ¡Lo pactado! -Shanna golpeó la puerta entreabierta con su fusta, exasperada-. Eres un…

– Sshh -dijo él llevándose un dedo a los labios. Su cara estaba en la sombra pero sus ojos parecían resplandecer, reírse de ella, burlarse de ella-. Harás que toda la aldea venga a ver qué sucede.

Ruark fue hasta la alacena, tomó la botella de vino y un jarro y sirvió un poco de la bebida.

– Quizás una pequeña libación tranquilice tus nervios, Shanna. ¿Un poco de jerez?

– ¡Mis nervios! -las palabras salieron como un latigazo. Pero aceptó el jarro que él le tendía, probó un sorbo, arrugó la nariz y 1o miró a los ojos-. -Descaro es lo que te sobra, Ruark.

– Me insultas, Shanna. -Tendió la mano hacia los rizos de ella pero se detuvo cuando ella volvió a levantar la fusta, y se alzó de hombros-. Yo sólo sé 1o que quiero y entonces 1o busco.

– Estimado Ruark -dijo Shanna en tono venenoso-, cuando me entregue a un hombre será bajo los votos del matrimonio y con todo el amor de que yo sea capaz..

Ruark rió, puso un pie sobre la cama y apoyó el codo en la rodilla.

– ¿No te bastan mi amor eterno y un pacto concertado de buena fe? Y podría añadir que los votos ya han sido…

– ¡Oh, grosero! -Shanna casi no podía hablar ante la actitud descarada de él-. Tuve un sueño…

– ¡Ningún sueño! -estalló él-. Una barrera levantada contra un hombre de carne y hueso.

– ¿Tan poco sentido del honor tienes que me exiges el cumplimiento de un pacto tan vil?

– ¿Sentido del honor? Sí, lo tengo. -Echó la cabeza hacia atrás y la miró fijamente con sus ojos ambarinos y brillantes-. ¿Y tú qué tienes? ¿Te ofreces por un capricho y, cuando se te ha pagado según lo acordado, reniegas del pacto?

Lágrimas de cólera asomaron a los ojos de Shanna.

– ¡Soy bien nacida y tiernamente criada, pero no me inclinaré a la voluntad de otro!

– Ajá. -El tono de él fue despectivo-. La virgen Shanna, cruelmente traicionada.

– ¡No aceptaré imposiciones! -Rígida de furia, con lágrimas turbulentas corriéndole por las mejillas, lo miró con odio.

– ¿Ajá? – Ruark fingió sorpresa-. Así que ésta es la reina Shanna, majestuosa, dominante. Escondida detrás de tu espinoso trono, amor mío. ¡Nunca una mujer!

– ¡Oh, sucio grosero!

– Shanna. -Su voz sonó dura, mordiente-. Crece.

La fusta cortó el aire y lo golpeó en el pecho. Shanna la levantó para golpear otra vez pero él apartó la fusta de un golpe y la misma voló de la mano de ella. La cólera de Shanna había aumentado a proporciones violentas. Lo golpeó en una mejilla con la palma de la mano, que volvió para golpeado con el dorso en la otra mejilla, mientras sus ojos echaban chispas de odio. Súbitamente el la tomó de la muñeca, le torció el brazo detrás de la espalda y la atrajo contra su pecho desnudo, que exhibía dos marcas lívidas dejadas por la fusta. Shanna se enfureció tanto con esto que trató de levantar la otra mano para arañar esa cara que tenía ante ella, pero el la rodeó con el brazo y le impidió moverse. Estaba atrapada contra él, su aliento salía sibilante entre sus dientes y su pecho subía y bajaba contra el de él.