– Basta, Shanna, amor mío -dijo él enérgicamente-. Has abofeteado mis dos mejillas antes que yo tuviera tiempo de volver la otra.
El abrazo de él se hizo más fuerte hasta que Shanna dejó de tocar el suelo con los pies y se encontró apoyada contra él, luchando por respirar. La boca de él descendió sobre la de ella, retorciéndose, exigiendo, explorando, su lengua como un hierro al rojo, marcándola a fuego, poseyéndola. Shanna luchaba débilmente, trataba de encontrar algo de lógica en el caos que giraba en su mente. El placer se filtraba por la barrera de su voluntad. El contacto brutal de esos labios contra los de ella, esos brazos fuertes que la estrechaban contra ese pecho endurecido por el trabajo se convirtieron en algo soportable y ella empezaba a responder, ya no luchaba, sentíase acalorada.
Entonces el aflojó los brazos y ella quedó libre, apoyada contra la puerta abierta. Los ojos ambarino s la miraron un momento con expresión intrigada; después se llenaron de ira.
– Armate, Shanna. Ninguna treta de muchachita te librará de mí. Yo te tendré cuando se me dé la gana.
Ella sintió temor, no de él sino de sí misma, porque pese a sus palabras, ahora deseaba atraerlo hacia la estrecha cama Y mostrarle una vez más que era más mujer de lo que él podía imaginar.
Temblorosa, Shanna se mordió el dorso de la mano tratando de despertar su voluntad por medio del dolor. Corrió muy agitada fuera de la cabaña y no se detuvo hasta que llegó jadeante a apoyarse en el flanco de Attila. Tuvo que esperar que le volvieran las fuerzas antes de poder saltar a la silla. Le ardía la cara donde el mentón sin afeitar de él había raspado su tierna carne.
Tomó nuevamente por el oscuro callejón, sintiéndose derrotada.
¿Se había percatado él? ¿Había detectado el súbito deseo desnudo que debió brillar en los ojos de ella?
La cabalgata de regreso a la casa fue muy larga.
CAPITULO SIETE
Shanna galopaba a 1o largo de la playa hasta que Attila empezaba a resollar con dificultad, pero las agotadoras carreras no le producían ningún placer. Por las tardes iba a nadar, pero el agua estaba tibia y llena de algas; tampoco allí encontraba placer. En las semanas que pasaron puso especial cuidado en quedarse sola y hasta evitaba a su padre a menos que él estuviera solo. La expresión y las preguntas preocupadas de él empezaban a cansarla. Pero no podía arriesgarse a enfrentarse con ese hombre, John Ruark, de modo que evitaba las compañías.
Una tarde llena de sol Shanna buscó la intimidad de una pequeña caleta oculta debajo de los riscos en la costa occidental de la isla. Por precaución, dio con Attila un largo rodeo a fin de cabalgar por la playa
y evitar el camino que atravesaba la isla. Fustigó al semental hasta que olas le llegaron a la barriga, evitó unas rocas puntiagudas y llegó a su destino. Los acantilados se elevaban en tres de los lados. El único acceso era desde el mar. Sintiéndose segura, Shanna ató al animal Y lo dejó que ramoneara la hierba tierna que crecía al pie del acantilado.
En una estrecha franja de arena tendió una manta en la sombra y se quitó toda la ropa excepto la camisa corta. Aquí, por fin, había una privacidad que nadie podía profanar. Por un tiempo estuvo tendida, leyendo un libro de sonetos y pasándose distraídamente los dedos por el cabello mientras leía. Con el calor del día empezó a amodorrarse. Puso un brazo sobre los ojos y se durmió.
Cuando despertó 1o hizo con un sobresalto, sin poder determinar qué la había alarmado. Su mente estaba intranquila pero no parecía haber motivos para preocuparse. Los acantilados estaban desiertos y desnudos como antes. Allí no había nadie.
Más serena, Shanna trató de distraerse para ordenar sus pensamientos, se levantó y entró chapaleando en el agua. Se zambulló limpiamente y con largas y elásticas brazadas nadó una buena distancia internándose en el mar. Después empezó a jugar un juego de su infancia de buscar conchas y estrellas de mar y se zambulló para bucear contra el fondo. Por un tiempo flotó de espaldas, subiendo y bajando con las suaves olas, el cabello extendido como un abanico gigante, como alguna tímida criatura marina que desplegara su gloria solamente ante unos pocos. Un enorme petrel gris de alas inmóviles llegó sobre ella y allí quedó, acercándose para ver mejor esta extraña ninfa del mar.
Cansada del juego, Shanna regresó a la angosta playa oculta. Se secó vigorosamente con una toalla, envolvió la tela alrededor de su cabellera y se tendió de espaldas. Empezó a observar una nube algodonosa que pasaba por el cielo, la siguió hasta que tocó el borde superior de un acantilado y…
Ahogando un grito, Shanna se puso de pie. En el borde del acantilado había un hombre. Un ancho sombrero de paja le hacía sombra en la cata, tenía la camisa descuidadamente puesta sobre un hombro. Unos pantalones blancos cortos le cubrían los muslos y debajo se veían unas piernas rectas y musculosas. Shanna supo que unos ojos dorados la miraban sonrientes, burlones, desafiantes, consumiéndola.
El grito que ahora subió a su garganta esta vez no fue ahogado. Fue un grito de pura cólera. ¿No había ningún lugar donde estuviera libre de él? Furiosamente se quitó la toalla de la cabeza y la arrojó a sus pies.
– ¡Vete! -gritó y su voz resonó en la caleta- ¡Vete de aquí! ¡Déjame sola! ¡No te debo nada!
Las carcajadas de Ruark flotaron hasta ella mientras él caminaba siguiendo el borde del acantilado que rodeaba a la caleta. El empezó a cantar con rica voz de barítono y los versos, tontos y pueriles, seguían una melodía que ella había oído antes:
La altanera reina Shanna no encuentra el amor.
La altanera reina Shanna flirtea con un palomo.
El la observaba tan atentamente como ella a él. Shanna se dio cuenta con un sobresalto de que su camisa estaba empapada y se adhería a su piel como una sutil película de nieve, sin dejar ningún detalle librado a la imaginación..
Otro grito furioso ahogó la voz de él cuando ella se puso su vestido por la cabeza, sin detenerse a abrocharse la espalda. Arrojó sus otras prendas sobre la manta, a la que ató en un lío que arrojó sobre el lomo de Attila. Montó y obligó al animal a meterse en el agua.
– Buenas tardes, amor.
El grito de Ruark hizo que ella incitara al semental y una vez más las carcajadas de Ruark siguieron sonando en sus oídos hasta que, en casa por fin, ella escondió la cabeza debajo de la almohada, en su habitación.
El aire era pesado, la noche calurosa. La sábana estaba húmeda y Shanna la arrojó a un lado. No lograba conciliar el sueño y encendió una vela que dejó sobre la mesa de noche. Empezó a caminar por la habitación, buscando y verificando las sombras familiares, pero en cada una le parecía ver esa figura solitaria sobre el borde del acantilado.
Hacía mucho tiempo su madre le había enseñado que por más calor que hiciera no debía dormir desnuda. Era una orden que Shanna no se atrevía a violar, pero llegó a una solución tomando unos pocos de sus camisones más livianos y cortándolos de modo que le llegaran apenas debajo de los muslos. Una de estas prendas era la que llevaba ahora.
Aun este calor era mejor que la húmeda y brumosa Londres, musitó Shanna y tiró de la prenda que se adhería a su piel húmeda.
Salió a la galería y apoyó un muslo contra la madera fresca de la balaustrada.
La noche era serena pero ella extendió los brazos y giró lentamente con todo el cuerpo, tratando de aprovechar cualquier soplo de brisa que llegara. Levantó los brazos sobre su cabeza, se estiró, arqueó la espalda y sintió que el camisón se ponía tenso contra sus pechos.
Soltó un largo suspiro. Le gustaba nadar en las claras aguas azules, correr entre los árboles y montar en el lomo de un caballo brioso para correr con el viento por los prados. En Inglaterra no se consideraba apropiado que una dama hiciera tanto ejercicio y Shanna, aquí, disfrutaba de tener la libertad de hacerlo.
Pero últimamente algo parecía faltarle, como si hubiera otra actividad que pudiera satisfacerla más. Ella no sabía cuál era pero cuando tenía esa sensación, habitualmente le venía acompañada por el recuerdo de unos ojos cálidos y dorados que sonreían a los suyos.
Shanna apoyó las manos en la balaustrada, se inclinó hacia afuera y miró hacia la noche. Nubes aborregadas pasaban impulsadas por ráfagas de viento en las alturas. La luna, brillante, en cuarto menguante, asomaba de tanto en tanto para ocultarse en seguida tímidamente, y ponía halos de plata a las nubes.
Shanna trepó a la barandilla, apoyó en ella un pie descalzo y levantó la rodilla. Su mirada recorrió el parque. Grandes parches de oscuridad se juntaban debajo de los bananos, cuyas copas altas y extendidas daban densas sombras. Manchas de luz aparecían en el terreno pintadas por el rápida paso del pincel de la luna. Una de esas manchas de luz pasó debajo de un árbol. Shanna ahogó una exclamación, porque allí, junto a un viejo tronco, había una sombra más oscura y con más figura de hombre que el resto. Shanna se puso de pie, se inclinó contra la barandilla Y miró fijamente la figura agachada. La sombra se incorporó y el hombre se puso de pie, y ella vio que estaba desnudo excepto unos pantalones blancos, cortos.