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Para escapar a esta tortura huyó a la planta baja, en busca de su padre. Orlan Trahern detuvo la cuchara con melón a mitad de camino a su boca. Era necesario un acontecimiento extraordinario para interrumpir su comida, pero la visita de su hija esta mañana lo hizo. Ella tenía el cabello enredado y en desorden, los ojos enrojecidos e hinchados, pálidas las mejillas y no estaba vestida y preparada para iniciar el día. Era inaudito que se presentara en ese estado. El hacendado dejó la cuchara en el plato y aguardó una explicación.

Bajo la mirada preocupada de su padre, Shanna se inquietó y comprendió que él estaba desazonado cuando lo vio dejar la cuchara. Se percató de que él esperaba que ella hablara pero no pudo encontrar palabras para responder a la muda pregunta de su progenitor. Endulzó demasiado la taza de té que le pusieron adelante y después dio un respingo cuando al probar la bebida se quemó la lengua.

– Lo siento, papá -empezó tímidamente-. Pasé una mala noche y todavía no me ciento bien. ¿Me disculpas si hoy no salgo contigo?

Orlan Trahern levantó su cuchara y masticó mientras consideraba el pedido de su hija.

– Últimamente me he acostumbrado a tu compañía, querida. Pero supongo que podré arreglármelas si no vienes conmigo un día o dos. Llevo aproximadamente una década en este negocio.

Se levantó, la tocó en la frente y encontró un poco de fiebre.

– Me apenaría muchísimo si te enfermaras -continuó él-. Sube a tu habitación y descansa por hoy. Enviaré a Berta para que te llévelo que desees. Ahora tengo que ocuparme de algunas cosas urgentes. Vamos, criatura, hazme caso y sube a tu cuarto.

– ¡Oh, papá, no! -Shanna no podía soportar la idea de volver a su dormitorio-. No tienes que preocuparte. Tomaré algún bocado y después subiré.

– ¡Tonterías! -dijo él-. Quiero verte acostada y atendida antes de marcharme. Sube ahora.

Shanna suspiró cansadamente, se apoyó en el brazo de él y supo que se había equivocado porque ahora estaba atrapada y tendría que pasar el día en sus habitaciones.

Trahern vio a su hija acostada y arropada antes de despedirse y marcharse. Shanna no tuvo tiempo de levantarse porque en seguida llegó Berta, sumamente preocupada por su estado. La frente de Shanna fue nuevamente tocada, le miraron la lengua y le tomaron el pulso.

– No estoy segura, pero podría ser la fiebre. Estás un poco caliente. Creo que un poco de caldo y un té de hojas de laurel te harán bien.

Antes de que Shanna pudiera negarse, la mujer se retiró y poco después regresó con una bandeja con la infusión. Shanna se estremeció de disgusto cuando probó el té pero el ama de llaves le ordenó que bebiera todo el pocillo. Cuando por fin quedó nuevamente sola, hundió la cabeza en la almohada y golpeó la cama con los puños, llena de frustración.

– ¡Maldito canalla! ¡Maldito canalla! ¡Maldito canalla! -gimió. Llegó la tarde, pero la batalla interior continuaba. La mente de Shanna estaba agotada por la lucha y parecía yacer, dentro de su cráneo, completamente inmóvil mientras todos los argumentos la atravesaban por senderos bien trillados. La razón y la innegable lógica de sus propios motivos desaparecían bajo la abrumadora fatiga, mientras que la multitud de amenazas derivadas del hecho de que Ruark no había sido colgado la golpeaban hasta el atontamiento. Cansadamente, se sentó en una mecedora y apoyó la cabeza en el alto respaldo. Sabía con seguridad que no se veda libre de Ruark Beauchamp. Con cada día que pasaba él se volvía más audaz y cada vez que se encontraban la encaraba más abiertamente. Pocos motivos le quedaban para enorgullecerse de la forma en que había burlado la voluntad de su padre. De todos sus más allegados, Pitney era el único a quien no había engañado y las mentiras no la hacían feliz. La habían criado dentro del culto a la verdad y le habían enseñado a hacerle frente, y cada vez que cerraba los ojos, una visión de un rostro en penumbras detrás de la ventanilla enrejada la atormentaba y en sus oídos resonaba el aullido en la noche. Ya no podía seguir luchando. Tenía que librarse de este conflicto interior.

Con un sollozo, Shanna se arrojó sobre la cama. Su gemido de desesperación fue ahogado por la almohada..

– Está decidido. Está decidido. Cumpliré con el pacto. Me rendiré. Shanna cerró los ojos casi con temor, pero allí había una oscuridad suave y cálida. Entonces el sueño la envolvió como una. ola silenciosa y la sumió en un refugio de paz.

Hergus, la escocesa, era leal y de confiar. La mujer guió a Ruark en la oscuridad, deteniéndose a menudo para asegurarse de que él la seguía pero manteniéndose varios pasos adelante de él. Rodearon la casa de la plantación y tomaron un estrecho sendero que corría entre los árboles de la parte posterior. Pasaron por una cabaña sin uso y después por otra. El sendero atravesó un denso seto de arbustos y los llevó a un pequeño claro. Allí, en profundas sombras, había otra cabaña más grande y espaciosa que las demás. Una luz brillaba débilmente en una de las ventanas.

Ruark sabía que estas eran las casas de huéspedes de la mansión. Sin embargo, se las usaba muy poco pues la mayoría de los invitados preferían el lujo de la casa grande. Pero Ruark nada sabía del motivo por el cual lo habían ido a buscar. La mujer había llegado a su humilde cabaña y sólo dijo que era Hergus y que él debía venir con ella. El sabía que ella era miembro de la servidumbre de la casa de Trahern pero no pudo imaginar que el hacendado lo hiciera venir en esta forma tan discreta.

Su curiosidad despertó y siguió a Hergus vistiendo solamente sus calzones cortos Y sus sandalias. Ella 1o llevó hasta el porche de la cabaña y abrió la puerta para que él entrara. Después cerró la puerta y Ruark oyó sus pisadas que se alejaban. Desconcertado, Ruark miró a su alrededor un pequeño salón iluminado solamente por una única vela que lanzaba una luz apenas más brillante que la luna llena. El cuarto estaba costosa y cómodamente alhajado. La alfombra hubiera bastado fácilmente para pagar varias veces su libertad de la servidumbre.

Un sonido leve interrumpió el silencio y se abrió una puerta. Ruark miró sorprendido. Era Shanna y el nombre escapó de sus labios en una susurrada pregunta. Como un pálido fantasma nocturno, ella se adelantó. Vestía tina larga bata blanca y llevaba el cabello sujeto con una cinta de modo que caía sobre su espalda. Cuando habló lo hizo con voz ronca.

– Ruark Beauchamp. Bribón. Descarado. Asesino. Condenado a la horca. Me has vejado mucho estos últimos meses. Hablas de un pacto que yo desconozco. Pero yo 1o cumpliré y pagaré mi deuda a fin de que no tengas nada más que reclamarme. En esta forma seré libre. De modo que, como tú dice, por esta noche y hasta las primeras luces del amanecer, seré tu esposa. Después no quiero saber nada más contigo.

Ruark la miró con total incredulidad. Recorrió la habitación y bajo la atenta mirada de Shanna revisó la antecámara, el comedor y hasta detrás de los cortinados de seda. Se detuvo junto a ella y Shanna le devolvió la mirada con el mismo atrevimiento.

– ¿Y tu amigo Pitney? -preguntó él-. ¿Dónde se oculta esta vez?

– No está aquí. Estamos solos. Te doy mi palabra.

– ¡Tu palabra! -Su risa sonó con un tono despectivo-. Eso, Shanna, casi me asusta.

Shanna ignoró el mordaz comentario y señaló con la mano la puerta del dormitorio.

– ¿No vas a buscar debajo de la cama? Quizá tu hombría necesita un poco de aliento.

Ruark la miró, pensando en huir de ese lugar antes que se confirmaran sus peores temores. Pero la idea de ella entregándosele voluntariamente empezaba a dominado.

– Temo que el juego empiece una vez más -dijo roncamente- y ya he sobrevivido a tantas cosas que me inquieta el destino que puedes tenerme reservado.

Shanna rió suavemente, extendió una mano y lo acarició en la espalda, siguiendo sus músculos largos y poderosos. Ruark sintió que las rodillas se le debilitaban mientras esa mano lo tocaba y avivaba sus emociones. Apretó los dientes y exclamó:

– ¡Al demonio con las espinas!

Ella le acarició el ligero vello del pecho. Ruark se decidió. Ya vería ella a lo que la llevaba esta maniobra.

Empezó a desprender la bata y ella lo miró a los ojos y sonrió débilmente, mientras él terminaba de desabrochada. Shanna se alzó de hombros y la prenda cayó a sus pies, revelando lo que parecía un vestido griego antiguo. Un hombro suave y hermoso quedaba tentadoramente expuesto mientras que el otro estaba cubierto por los mismos lazos de seda que adornaban el vestido. El vestido no ocultaba nada y Shanna vio las intensas chispas de la pasión que se encendían en esos ojos dorados. Sus pechos llenos, maduros, tensaban la delicada tela de gasa que dejaba ver perfectamente los pezones pálidos, delicados, que sobresalían impúdicamente. Ruark sintió un nudo en la garganta y no pudo controlar el temblor que se había apoderado de su cuerpo. El ya se había percatado de que, debajo de todas sus ropas, Shanna era lo que soñaba todo hombre, una visión de incomparable belleza. Su piel relucía con el suave resplandor del satén y a través de la gasa del vestido él vio la curva interna de su cintura, sorprendentemente delgada, la seductora redondez de las caderas y la gracia exquisita de sus miembros.