Se le escapó un suspiro y apoyó la cabeza hacia atrás, en el hombro de él. Su cabello cayó sobre el brazo de Ruark. Los labios de él se apoyaron en su boca, posesivos. La hizo volverse y se unieron como hierros al rojo, ahora con besos feroces, salvajes, devoradores mientras las lenguas entraban una en la boca del otro con hambrienta impaciencia. El le acarició la espalda y la atrajo con más fuerza. La pasión de Ruark rugía voraz y el fuego del deseo ardía descontrolado en su interior.
Ruark apoyó una rodilla en la cama, la empujó suavemente y quedaron tendidos sobre las sábanas. Su boca abierta, caliente y húmeda, quemó los pechos de Shanna y sus blancos dientes la mordieron suavemente en la cintura y en la sedosa piel del vientre. Shanna cerró los ojos, casi sin aliento, completamente dúctil bajo las caricias de él. Con los ojos ardientes y llenos de deseo, Ruark descendió sobre ella, le separó los muslos y entró profundamente en ella. Shanna movió se para recibir la firme penetración, su cuerpo de mujer reaccionó instintivamente a esta nueva, indescriptible, arrolladora sensación que palpitaba en su interior. El placer aumentó tan intensamente que ella se preguntó, enloquecida, si podría tolerarlo.
Fue, un mágico, apabullante, hermoso estallido de éxtasis que la hizo arquearse contra él con un ardor tan intenso como el de Ruark. El salvaje éxtasis creció entre ellos hasta fusionarlos en el caldero de la pasión. Apretada fuertemente contra él, como si los dos quisieran convertirse en uno solo, Shanna sintió los latidos del corazón de Ruark contra sus pechos desnudos y oyó en su oído la respiración anhelante y ronca de él.
El tiempo pareció convertirse en una eternidad antes de que Ruark levantara la cabeza. Shanna lo miró con ojos dilatados y con una expresión de asombro.
– ¿El dragón te ha hecho feliz, amor mío? -preguntó él.
La besó suavemente, tiernamente, y Shanna respondió con besos rápidos, fugaces.
– Sí, mi dragón, Ruark, mi hombre feroz y bestial, tú exigiste que se cumpliera el pacto pero el premio no fue solamente tuyo. Ruark le acarició el cabello en desorden y pasó su boca por la esbelta columna del cuello de Shanna, saboreando la exótica fragancia que parecía ser parte de ella, ese perfume que 1o había obsesionado cuando estaba en la cárcel, en todas sus horas de vigilia, en todos los minutos de sus sueños.
– Estás arrepentida, amor mío? -preguntó él roncamente.
Shanna negó con la cabeza y extrañamente no le mintió. Todos los remordimientos que había esperado, todos los sentimientos de culpa que había imaginado que la atormentarían, no estaban allí. Más la asustaba la extraña sensación que sentía en brazos de él, como si fuera allí donde tenía que estar, tal como el mar está sobre la arena o el árbol sobre la tierra. Sí, esa sensación de realización la turbaba más que lo que jamás hubiera podido hacerla la culpa. Shanna llevó su mente por un sendero diferente. Era el cumplimiento de su palabra lo que satisfacía a su conciencia, nada más. Le rodeó el cuello con los brazos y fue como seda deslizándose contra la piel de él. Shanna rió suavemente y mordió con suavidad el lóbulo de la oreja de Ruark.
– ¿Ahora estás conforme, Ruark? -preguntó.
Ruark entreabrió los labios contra los de ella, y respondió:
– Sí, amor mío. Por las noches que pasé despierto pensando en ti y torturándome, por los días en que no pude sacarte de mi mente, por las torturas que he sufrido sabiéndote cerca y siendo incapaz de verte, de tocarte. Sí, he saboreado la rosa. -Arrugó el entrecejo-. Pero como el loto, profundamente dentro de esta flor hay una semilla que se apodera de la mente. -La miró a los ojos-. La noche aún no ha terminado, Shanna.
Gentilmente, ella pasó los dedos por el ceño de él y las arrugas desaparecieron.
– Por esta noche -murmuró- yo soy tu esposa.
Shanna se llevó la mano de él a sus labios y besó lentamente los nudillos delgados y oscuros mientras los dos se miraban a los ojos. Ella mostró unos dientes pequeños y perfectos en una sonrisa traviesa antes de clavados suavemente en el dorso de la mano de él.
– Por todas las horas que me has atormentado, mi dragón Ruark, haré que venga a rescatarme algún gallardo caballero. Has abusado perversamente de esta doncella en desgracia.
Ruark la miró con expresión de duda.
– ¿Entonces me consideras el terrible dragón de tus pesadillas, querida mía? ¿Seré expulsado por tu caballero de plata? ¿Y en verdad, amada, he abusado perversamente de ti? ¿O me he atrevido a tratarte como a una mujer y no como a una altanera dama encaramada en un pedestal, una reina virgen a quien ningún mortal puede tocar?
Shanna lo miró con los ojos entrecerrados.
– ¿Entonces, Ruark Beauchamp, por fin admites que soy una mujer? -preguntó.
– Sí, eres una mujer, Shanna -replicó Ruark roncamente-. Una mujer hecha para el amor y para un hombre, no para sueños de caballeros y dragones y damiselas en desgracia. Si yo soy tu dragón, Shanna, que se sepa que tu caballero de brillante armadura no podrá someterme fácilmente.
¿Estás amenazándome, monstruoso dragón? -Los ojos azul verdoso lo miraron casi asustados.
– No, Shanna, amor mío -susurró él-. Pero es que yo tampoco creo en fábulas.
Se apretó contra ella y su cuerpo respondió al contacto de la piel de Shanna. Su boca entreabierta le buscó los labios. Sus respiraciones se fundieron en una. Shanna perdió su último contacto con la realidad. Su mundo se sacudió locamente ante la urgencia salvaje de los besos exigentes de él y sintió se arrastrada al centro de una violenta tormenta de pasión. El bajó, una mano y la cerró alrededor de la suave redondez de un pecho antes de que su boca la siguiera. Shanna contuvo el aliento mientras volvía a sentirse inundada por el placer. Los besos ardientes, hambrientos de él cubrieron su carne desnuda y a la luz vacilante de la vela el cabello de él brilló como una mancha de satén negro contra la piel clara de ella. El cabello de Shanna extendiese sobre la almohada en relucientes ondas y sus ojos adquirieron un extraño, profundo tono de azul humoso. Fue nuevamente de él y sintió se inundada de felicidad.
En un momento de más calma, Ruark se separó un poco y se recostó contra la cabecera de la cama.
Sirvió una copa de Madeira de la botella que estaba sobre la mesa de noche y se la ofreció a ella. -Compartiremos una copa -dijo, y la besó en el cuello.
Shanna apoyó una mano en el pecho de él para detener el vertiginoso torbellino que rugía en su interior, y le respondió cuando los labios de Ruark encontraron los de ella.
Probaron el vino como amantes, bebiendo del mismo punto de la copa y en seguida besándose mientras el sabor persistía en sus bocas. El la devoraba con los ojos, bebía su belleza, la tocaba en todas partes. Su mano se movía audazmente, le acariciaba los muslos, trazaba intrincados dibujos sobre la piel de su vientre. Sus pechos llenos, tentadores y terminados en puntas rosadas, temblaban bajo las suaves caricias.
Shanna lo acariciaba con igual delicadeza. Sus dedos siguieron la línea media del vientre de él recorriendo la línea de vello que descendía desde la suave pelambre del pecho y nuevamente las ascuas de la pasión se convirtieron en llamas devoradoras.
Durante un tiempo durmieron y fue para ambos un sueño natural, sin perturbaciones. Shanna no soñó con lo que hubiera podido perderse y Ruark no tuvo pesadillas con lo que estaba seguro que se había perdido. Sintiendo esa varonil tibieza junto a ella, Shanna despertó de las profundidades del sueño y levantó la cabeza para mirar a Ruark. El yacía de espaldas, con un brazo a través de su cintura y el otro bien separado del cuerpo y su pecho subía y bajaba con la respiración lenta y regular. Shanna no pudo resistir la tentación y pasó la mano por el suave vello del pecho de. él. Con algo parecido al asombro, acarició las costillas y quedó sorprendida por la dureza de los músculos de la cintura. Entonces un dedo le tocó el mentón y lo levantó hasta que ella quedó mirando directamente esos suaves ojos ambarinos. Ahora no sonreían; la miraban con tal intensidad que ella casi se sobresaltó. Quedó sorprendida por su propio abandono porque se apretó contra él y respondió con ardor a la renovada pasión de él. Suspiró cuando él le besó los pechos y con sus manos estrechó contra ella la cabeza de él. El le pasó las manos debajo de los muslos y la levantó hacia él, y nuevamente saborearon la plena felicidad de la unión.
Mucho más tarde, Shanna yacía sobre el pecho de él con su mejilla apoyada en el cuello de Ruark. Las ventanas de la habitación se abrían hacia el este y allí ambos pudieron ver los primeros resplandores rosados que precedían al amanecer. Con un suspiro, Shanna se levantó. Ruark la observó en silencio mientras ella metía los pies en un par de zapatillas, se ponía el vestido y se cubría con la bata. En la puerta, ella se apoyó en el marco y lo miró.