Shanna pasó por el comedor fonnal y examinó el arreglo de la mesa. El salón resplandecía con las luces deslumbrantes de miríadas de velas que ponían chispas en los prismas de cristal de las arañas y en las copas y la porcelana sobre la larga mesa. Ramilletes de flores despedían una suave fragancia que parecía magnificada en las suaves brisas levemente cargadas con el olor de la promesa de lluvia que se colaba por las ventanas abiertas. Era costumbre del hacendado agasajar a la gente de la isla, cuando cenaban en la mansión, con todo el decoro de sus señoriales pares. A veces se trataba solamente de capataces y supervisores con sus esposas, pero siempre se les ofrecía un festín digno de la realeza. Esta noche habría un grupo variado; aunque Ruark sería el único siervo presente, unos pocos de los supervisores más antiguos habían sido invitados. Cuando se cenaba en la mesa de Trahern nunca se sabía quiénes podrían ser sus compañeros, y tanto se podía esperar un duque como un esclavo.
Shanna se detuvo en la puerta del salón de recibir y recorrió con la mirada el grupo de invitados. Las puertas francesas estaban abiertas de par en par para dejar entrar el aire fresco de la noche. Una pequeña orquesta tocaba música de cámara cuyos acordes flotaban por encima del bajo rumor de las voces. Los invitados lucían sus mejores galas, los oficiales españoles resplandecían en sus uniformes, las damas se veían hermosas en sus voluminosas faldas de sedas y satenes. Había un desconocido bien vestido que le daba la espalda y que le recordaba ligeramente a Ruark, pero a Ruark no se lo veía en ninguna parte. Quizá había tenido el buen sentido de excusarse.
Trahern se acercó a su hija y sonrió con orgullo.
– Bueno, querida, casi había perdido la esperanza de que te unieras a nosotros, pero como es habitual has reservado lo mejor para lo último.
Shanna rió alegremente ante este cumplido. Después, mientras él la llevaba del brazo hacia el centro de la habitación, abrió su abanico y habló tapándose la cara.
– Papá, no me habías dicho que habría otras personas -dijo, y señaló disimuladamente al desconocido. El sería el primero con quien provocaría a Ruark, pensó taimadamente-. ¿Me lo presentas?
Trahern la miró con una expresión extraña y Shanna se percató de que la estancia había quedado en silencio. Miró a su alrededor y vio que todos los ojos estaban puestos en ella. Los hombres la observaban fascinados mientras que las mujeres la miraban con un poco de envidia.
Unas cuantas matronas dirigieron miradas afligidas a sus poco atractivas hijas y. desearon intensamente que Shanna Beauchamp encontrara otro esposo y dejara al resto de los hombres para que fueran debidamente atrapados por las doncellas menos favorecidas por la naturaleza.
Shanna saludó con la cabeza y sonrió graciosamente y después, con modales de perfecta anfitriona, se volvió para saludar al recién…
– ¡Ruark!
El nombre brotó de sus labios y por un momento fugaz su rostro reveló sorpresa. Rápidamente ella logró dominarse y empezó a agitar nerviosamente su abanico mientras sentía que los ojos de él la recorrían lentamente, como desnudándola. Ruark estaba vestido de un color azul oscuro que acentuaba su silueta alta, esbelta, de ancha espalda. Sobre sus manos atezadas caía un poco de encaje de los puños de una camisa blanca como la nieve y las medias oscuras de seda y los. calzones perfectamente cortados revelaban sus caderas estrechas y las piernas largas y firmemente musculosas.
– Estaba seguro de que se conocían -dijo su padre junto a ella y Shanna adivinó, por el tono regocijado de la voz, que él estaba divirtiéndose.
“A mis expensas, pensó, pero Ruark no escaparía tan fácilmente”. Shanna recompuso su sonrisa, se adelantó graciosamente y tendió su mano.
– Señor Ruark -dijo en un tono brillante y limpio como una moneda nueva, e ignoró el leve temblor de placer que la invadió cuando él le tomó los dedos-. No lo reconocí con esas ropas. Me había acostumbrado a sus pantalones cortos.
La sonrisa de Ruark fue deslumbrante y sus modales desenvueltos y elegantes. Dobló una rodilla en cortés reverencia y aplicó sus labios al dorso de la mano que le ofrecían, a la que también tocó ligeramente con la lengua. Shanna ahogó una exclamación y retiró bruscamente la mano. Enrojeció cuando se dio cuenta de que tenían la atención de todo el salón. Ruark se irguió y le devolvió la sonrisa. Con esfuerzo, Shanna recobró la compostura mientras el hacendado, dirigiéndole una ceñuda expresión de advertencia, se reunía con ellos.
– Fue un presente de su padre, señora Beauchamp -comentó Ruark como si se lo hubieran preguntado. Su voz acarició el nombre como a una preciada posesión y sus ojos cayeron momentáneamente sobre los pechos de ella. En esa fugaz mirada, Shanna – se sintió casi marcada a fuego. Abrió recatadamente su abanico de encaje delante de su escote y deseó haberse puesto algo menos atrevido que la protegiera de los ojos de él.
– Con tan poco tiempo -continuó él sin dejar de mirada -creo que fue lo mejor que se pudo hacer con un poco de hilo y una pieza de tela.
– ¡Bah! -interrumpió Trahern-. Si es así, entonces mi sastre me ha estafado. -Continuó hablando para Shanna-. Este hombre decía que era pobre hasta que ofrecí pagarle un par de trajes; después revisé
su cuenta. Con sus costumbres austeras no pasará mucho tiempo antes de que sea dueño de la isla.
Ruark rió ante el jocoso comentario.
– Es más fácil ahorrar una moneda que ganar otra para reemplazarla -dijo.
– Y mi arte es saber cuándo hago un buen negocio, señor Ruark -replicó Trahern-. Es raro que me superen en ese juego. Usted puede contarse entre unos pocos..
– Perdone, señor -respondió Ruark en tono suave, pero como miraba a Shanna sus palabras parecieron estar dirigidas solamente a ella-, pero soy el único.
Fue como si anunciara claramente su intención de ser el único hombre en su vida. Bajo su mirada insistente, Shanna se contuvo y puso su mano en el brazo de su padre.
– Con tu permiso, papá, saludaré a los otros invitados.
Ambos hombres la miraron alejarse y cada uno quedó turbado por sus propios motivos..
– No es posible entender a esta joven generación -gruñó Trahern-. Creo que carecen de sentido común.
Detuvo a un criado que pasaba y le pidió que trajera ron y bitter para él y para Ruark.
Shanna, quien se había alejado lo más posible de Ruark, pidió a Milán una taza de té. Mientras lo bebía, reunió mentalmente sus fuerzas dispersas. Había perdido el primer encuentro pero lejos estaba de rendirse. Vio a madame Duprey y su marido charlando animadamente con varios oficiales españoles. Sí, pensó Shanna, aquí lanzaría su campaña. Que ese tonto supiera que ella no era ningún objeto que él pudiera reclamar con exclusividad.
Shanna bebió otro sorbo de té, dejó la taza y abrió su abanico antes de acercarse al grupo.
–
Fayme, querida- sonrió Shanna- qué hermosa estas.
Ciertamente, madame Duprey era hermosa. Shanna no podía entender la inclinación de lean por -otras mujeres cuando en su casa lo esperaba una joya tan rara. A Shanna le pareció que lean estaba un poco nervioso, y sus motivos tendría el desvergonzado.
– ¡Shanna! -Fayme la saludó alegremente, con ese acento tan peculiar-. ¡Y tú estas atractivamente perversa!
– Gracias -rió Shanna y saludó con una inclinación de cabeza a los españoles, quienes eran todo sonrisas y dientes y ojos hambrientos-¿No quieres compartir la compañía, Fayme?
Fayme echó, la cabeza hacia atrás con despreocupada gracia.
– Ah, Shanna, hablaremos de los menos afortunados. Pero tú no eres una de ellos. Pero en serio, me apenó mucho enterarme de tu desgracia. -Suspiró profundamente-. ¡Ah, tan joven y viuda! Pero ven, te presentaré a estos hombres. Parecen muy ansiosos de conocerte. Los oficiales y su capitán respondieron con ferviente entusiasmo y elaborados cumplidos sobre la belleza de las mujeres de Los Camellos.
– Shanna -dijo Fayme en una pausa- ¿quién es ese hombre que está allí? El hombre tan guapo que te besó la mano.
Shanna lo conocía muy bien. -El señor Ruark, siervo de mi padre.
– ¡Qué hombre! -exclamó Fayme, haciendo que su marido enarcara las cejas-. ¿Y dices que es un siervo?
– Oui, cherie -interrumpió Jean-. Lo trajimos en el viaje de diciembre del año pasado. Creo que lo compraron en la subasta de deudores..
– ¡Pero Jean, con esas ropas! Ciertamente, él ya no es…
– Oui, ma petite -respondió el francés, molesto porque su mujer encontrara tan fascinante a otro hombre. El no conocía las artimañas que usaba ella para darle celos; ella era una amante esposa pero estaba cansada de las aventuras de él. lean enderezó su chaqueta escarlata y se acomodó los puños-. El siervo se ha ganado la buena voluntad del señor Trahern y algunos dicen que se la ha merecido, aunque los rumores pueden estar equivocados. Vaya, algunos van tan lejos que dicen que es un hombre ilustrado y un hábil ingeniero. No creas en todo lo que oigas.