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– Ah, pero es extraño, Shanna -dijo Fayme, pensativa-. ¡Cómo un hombre de ese talento puede llegar a ser un siervo! ¡Es un hombre magnífico!

Jean Duprey se puso encarnado de irritación. Shanna lo notó con satisfacción y se unió de buena gana a la conspiración. Quizá el francés se volviera un poco menos mujeriego si creía que también su esposa podía sentirse tentada. Para vengarse, y porque antes se había mostrado tan indulgente con el hombre, Shanna sintió deseos de aumentar la inquietud de Jean.

– Sí, Fayme -susurró detrás de su abanico, en voz lo suficientemente alta para que lean pudiera oírla-. He oído decir que tiene la costumbre de dormir sin nada de ropa.

Fayme ahogó una exclamación.

– ¡Qué hombre!

Jean enrojeció aún más y se aclaró la garganta. Llamó a un criado y se sirvió una copa de champaña. Mientras lo bebía miró atentamente a su esposa. Súbitamente la vio bajo una nueva luz y se percató de que ella no estaba privada de belleza.

– Capitán Morel -dijo Shanna, sonriendo graciosamente al alto español -cuénteme de España. Hace mucho tiempo que tengo ganas de ir allá, pero no he tenido tiempo de convertir ese sueño en realidad.

El hombre, flaco y nervudo y no demasiado apuesto, la miró. con admiración.

– Señora -dijo- yo mismo la llevaría allá.

Sólo tiene que pedírmelo e iré inmediatamente a preparar mi barco. Pero -agregó, volviéndose a su joven teniente- deberemos cubrir los ojos de todos los tripulantes para que la belleza de esta princesa no los ciegue ni los distraiga de su trabajo.

Shanna rió detrás de su abanico.

– Usted es encantador, capitán -dijo-, pero me temo que me halaga demasiado.

– ¿Halagarla demasiado, señora? En mi vida he hablado más en serio -declaró el hombre con vehemencia. Tomó una copa de champaña de la bandeja que le ofrecía un criado y la ofreció a Shanna con una leve reverencia-. Señora, usted hace que la gloria de los cielos empalidezca en comparación con su hermosura.

Shanna siguió coqueteando. Su risa tenía una suave dulzura que hechizaba a los hombres. Se mostraba alegre y encantadora pero limitó casi todo, su flirteo a los españoles porque ellos se marcharían pronto y ella no se vería fastidiada mucho tiempo con atenciones no deseadas. La cena fue servida y Ruark se sentó al lado de su padre, en el otro extremo de la mesa y lejos de ella.

Cuando volvieron al salón Shanna quedó un momento sola y recorrió lentamente con la mirada la habitación. Pitney y su padre se habían instalado en un rincón y discutían sobre el tablero de ajedrez que habían dejado la noche anterior. Allí cerca vio a Ralston quien, como era su costumbre, estaba solo. El agente la saludó con la cabeza y ella respondió con una sonrisa helada. Bebió un sorbo de su copa de Madeira y en seguida, tan súbitamente que le produjo un sobresalto, su mirada se encontró con la de Ruark. El la miraba fijamente entre- los hombros de dos hombres que discutían delante de él y ella comprendió que había estado observándola largo tiempo. Ahora sintió se casi desnuda ante los ojos hambrientos de él. Aunque Ruark no dijo una palabra, Shanna oyó sus pensamientos como si él se los hubiera gritado desde el otro extremo del salón.

¡Señor! Shanna le volvió la espalda y vació su copa de un golpe. Le temblaba la mano cuando dejó la copa en una mesa cercana. Súbitamente el salón le pareció atestado, sofocante, y empezó a sentirse mareada. Su buen humor desapareció y le vino la urgente necesidad de estar un momento a solas para ordenar sus pensamientos. El choque de esa mirada dorada y el mensaje que la misma transmitía la había dejado atontada y con la mente llena de confusión. Sintió un cosquilleo en sus pechos y dolor en los riñones, pero su mente se apartó horrorizada de las atrevidas e inequívocas urgencias de su cuerpo.

Fue como si se viera a sí misma desde lejos. La hermosa mujer, pálida pero serena, pasó entre la multitud respondiendo saludos y de alguna forma logró llegar a un rincón solitario de la veranda.

– Maldito bastando -murmuró entre dientes. Apretó fuertemente los puños, se apoyó en la barandilla y aspiró profundamente-. Viene a mí desde mil direcciones a la vez. ¡ Yo lo aplasto aquí y aparece triplicado allá! ¡ Sólo es un hombre! ¡Un hombre! ¡ Un hombre! -repitió, golpeando la barandilla con el puño.

Tratando de recobrar su serenidad, Shanna respiró profundamente varias veces. Consiguió tranquilizarse un poco y renovó su determinación de regresar y divertirse pese a él. Se volvió, dio un paso… y casi gritó.

– ¡El estaba allí! Apoyado tranquilamente. en una columna, y sonriéndole. Todo. el coraje que ella había logrado reunir se desmoronó en un instante.

– ¡Aléjate de mí! -sollozó Shanna-. ¡Déjame en paz!

Se llevó la mano a los labios y huyó. Pasó raudamente junto a Jasón y subió la escalera sin detenerse hasta que estuvo segura en su habitación.

Su dormitorio estaba caliente. Se quitó el vestido y se puso una ligera camisa. Enjugó la transpiración de su labio superior y se sentó en el borde de la cama, tratando de aquietar el temblor que le sacudía todo el cuerpo. Pero había algo de lo que no podía librarse: ella sabía lo que quería y sentía en su vientre la palpitación de ese deseo.

La noche quedó extrañamente silenciosa. Los sonidos de la reunión fueron disminuyendo hasta que se retiró el último de los invitados. El dormitorio de Shanna estaba sofocante y parecía cerrarse a su alrededor.

Shanna se levantó de la cama, sopló la vela y empezó a pasearse en la oscuridad, decidida a pensar en cualquier cosa menos en Ruark.

¡Attila! ¡Cabalgar sobre su lomo! ¡Correr veloz como el viento! ¡Attila! ¡Un silbido agudo y penetrante! ¡Ruark! Furiosa, Shanna agitó la cabeza y probó otra vez.

¡El mar! ¡Flotar sobre las olas! ¡Zambullirse para observar a los peces! ¡Caminar por la playa! Arena tibia y suave bajo sus pies. ¡Una silueta sobre el acantilado! ¡Ruark!

¡Un paseo en el carruaje de su padre! ¡Ruark!

Shanna cerró fuertemente los ojos y se llevó los puños a las sienes. ¡ En todas partes estaba Ruark!

Pero no aquí. Ahora estaba a salvo. Shanna se relajó, suspiró y abrió.os ojos. Salió de su habitación

a la terraza. El viento estaba más fresco y densas nubes pasaban delante de la cara de la luna. Un ancho halo brillaba alrededor del disco de plata, seguro indicio de lluvia inminente. Shanna se apoyó en la balaustrada y miró hacia abajo, un árbol por vez, aguardando hasta que la luna los iba iluminando uno por uno. Pero no había nadie.allí-. Ningún tronco ocultaba la silueta de un hombre.

¡Súbitamente; Shanna se puso rígida al darse cuenta de que estaba buscando a Ruark! El nombre pasó por su mente como un relámpago. Se puso furiosa por tener tan poco control sobre sus pensamientos.

Entró nuevamente y se arrojó sobre la cama. Se cubrió la frente con un brazo y cerró fuertemente los ojos, decidida a dormirse. Pero ya había saboreado el más dulce de los néctares; ahora ya conocía la larga y esbelta dureza de los muslos de él, el relieve de los músculos de su espalda, el vientre plano y firme, la fuerza con que se apretaba contra ella. Abrió los ojos y se encontró tendida, muy tensa, a través de la cama.

Lanzó., un gemido, se levantó y se vistió con una falda larga y una blusa suelta, indumentaria habitual de las mujeres de la isla. Se cubrió la cabeza con un pañuelo floreado. Su dormitorio había dejado de ser un paraíso y Shanna huyó de él, trepó la barandilla del balcón y se dejó caer al suelo. La hierba fría y húmeda bajo sus pies descalzos le trajo recuerdos de su infancia, cuando corría por los prados con despreocupado abandono. Lentamente se alejó de la mansión y suspiró cuando alzó la vista para mirar la luna. Las nubes habían aumentado en densidad y el viento soplaba más fuerte, haciendo ondear su falda campesina. Shanna vagó sin rumbo entre los árboles, disfrutando de la intimidad que le brindaba la oscuridad. De niña, cuando deseaba pasar inadvertida, a menudo se vestía de campesina. Pocos dedicaban atención a una muchachita ordinariamente vestida y con un poco de cautela podía evitar que la reconocieran. Ahora vagaba por los terrenos de la mansión a su placer, deteniéndose cuando un sendero o un árbol le traían algún recuerdo. Sólo cuando se encontró frente a un porche y vio la luz de una única lámpara brillando en un comedor, cayó en la cuenta de que había seguido el camino por el cual su mente tan a menudo la llevaba últimamente.