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– Shanna, Shanna, mi ratita inquisitiva. ¿Para qué quieres saberlo? Pasó hace mucho tiempo y ya está olvidado.

– Te dejaré si no me lo dices -amenazó ella-. Y puedes quedarte aquí hasta que te pudras

– Mala mujer -bromeó él-. Y también celosa, creo.

– ¿De la viuda? ¡Ja! -replicó Shanna-. Eres muy presumido. Pasó un momento de silencio y después ella insistió:

– Supongo que estuviste terriblemente enamorado de ella. ¿Era bonita?

– Bonita -admitió Ruark-. Alta, esbelta. Tenía veinticuatro años. Ella compró un semental y yo…

– Tú te convertiste en su semental -interrumpió Shanna, sin poder disimular su irritación-. ¿No fue así? ¿Ella era como tu pequeña golfa de la posada?

Ruark trató de distraer su atención y la abrazó. Pero ella se resistió y se sentó sobre sus talones.

– Maldición -gritó-. Dime. ¿Era como tu pequeña golfa de la posada?

– ¡Oh, demonios! -exclamó Ruark. Se arrodilló frente a ella, la miró ceñudo y la obligó a que apoyara la espalda en la pared-. Ni siquiera recuerdo la apariencia de ninguna de las dos.

Su mirada se suavizó cuando contempló la desnudez de ella. Suspiró y trató de explicarle.

– Yo era solo un muchacho, Shanna. La viuda era una mujer mundana. Si eres capaz de creerlo, ella me sedujo. Después crecí. Mucho de ese esplendor se desvaneció. Ella empezó a exigirme demasiado de mi tiempo. Yo entrenaba caballos y además trabajaba en otros lugares. Ella se casó con un lord rico y viejo y cuando yo me negué a continuar como su amante se puso furiosa y terminó la relación. En realidad, me sentí muy aliviado. Me alegré de verme libre de ella. Y si puedes creerme, Shanna, después no tuve muchas mujeres más. Lo que dije esta mañana es verdad. Mi padre me consideraba casado con mi trabajo y quizá lo estuve, hasta que tú…

Shanna rió perversamente y sus ojos brillaron llenes de picardía. – ¿Qué te propones ahora, mujer? -preguntó él-. Nada bueno, seguramente. Shanna pasó los dedos por el pecho velludo de él y habló en tono de broma.

– Supongo -dijo- que si quiero verme libre de ti, primero tendré que cansarte con constantes exigencias.

Ruark sonrió tranquilizado.

– Inténtalo -dijo-. Envía por mí cada vez que estés libre y ya verás si consigues cansarme. La idea me parece interesante. Pero existe cierto peligro, desde luego, y ambos somos susceptibles. ¿Qué sucederá si te enamoras de mí?

Shanna bajó la vista y se preguntó qué haría si eso sucedía.

El silencio se prolongó hasta hacerse incómodo, pero la mente de la muchacha estaba sumida en un caos. Ninguna respuesta salía a la superficie. Ella casi temía lanzarse a las turbulentas profundidades porque no sabía lo que encontraría allí. Nunca había estado enamorada salvo del hombre ideal de su imaginación y, en realidad, nunca se había sentido atraída por ninguno hasta conocer a Ruark.

Cesó la lluvia. Los pájaros estaban callados y el viento ya no rugía. El silencio era denso, casi como si se lo hubiera podido cortar con un cuchillo. Y Ruark seguía aguardando una respuesta.

El silencio fue roto por el sonido de cascos que se acercaban rápidamente. Ruark soltó un juramento y se incorporó de un salto. Rápidamente se puso sus calzones mojados. Parecía muy probable que la puerta se abriera de un momento a otro y Shanna nada pudo hacer fuera de acurrucarse debajo del cobertor en un rincón de la cama. Los cascos se detuvieron junto a la puerta. Shanna intercambió una mirada angustiada con Ruark. Entonces oyeron un extraño sonido, como si alguien raspara la puerta, y Ruark sonrió y miró a Shanna, se adelantó y abrió completamente la puerta mientras ella ahogaba una exclamación de protesta.

Allí, en el vano, iluminado por el sol, estaba Attila. Se había soltado de sus ataduras. El caballo agitó la cabeza, relinchó y golpeó el suelo con sus cascos. Ruark buscó su camisa y sacó algo del bolsillo.

– Es así como lo he entrenado -explicó y tendió la mano mostrando dos terrones de azúcar moreno-. Se ha aficionado mucho al azúcar y hoy olvidé darle su ración.

– Oh -suspiró débilmente Shanna y se apoyó nuevamente en la pared-. Me ha dado un susto tremendo.

El caballo mordisqueó el azúcar que le ofrecía Ruark y echó la cabeza hacia atrás con evidente placer. Ruark cerró la puerta, se apoyó contra ella y miró a Shanna. El cobertor había caído y Ruark devoró el espectáculo con tanta voracidad como Attila el azúcar. Shanna tomó su camisa, se la puso rápidamente y lo miró con ojos acusadores.

– Si buscas la comida con la misma voracidad con que me buscas a mí -dijo en tono humorístico- pronto tendrás una barriga como la de mi padre.

Ruark le pasó un brazo por la cintura y ella se levantó para buscar su vestido que estaba secándose.

– Si mi comida -replicó Ruark- viniera con la misma regularidad que tu amor, hace tiempo me habría muerto de hambre. Como con la comida, mi necesidad de ti es cosa de todos los días y estos ayunos tan largos no apaciguan mi hambre.

– ¡De todos los días! ¡Ja! -Shanna empezó a pasar distraídamente un dedo sobre el pecho de él, como si estuviera escribiendo algo-. Tu lujuria es un dragón esclavizante que devora en un momento todo lo que puedo ofrecerte. Me temo que nunca saldrías más allá de la puerta del dormitorio si viviéramos como marido y mujer.

Shanna frunció súbitamente el entrecejo cuando vio lo que había escrito su dedo. Contra la piel oscura de él, las marcas blancas se desvanecían ya mientras las miraba, pero quedaron grabadas a fuego en el cerebro de Shanna. Las palabras "Te amo" escapan sin terminar, pero lo mismo revelaban sus sentimientos. Rápidamente se deshizo del abrazo y empezó a vestirse con mucha prisa.

Confundido por el abrupto cambio de ella, Ruark la observó atentamente mientras tomaba uno de sus dibujos y jugaba con el cilindro de pergamino.

– Había pensado pasar la noche aquí -empezó él casi con vacilación-. El señor MacLaird me trajo hasta aquí cuando vino con provisiones para el trabajo de mañana pero yo dejé varios dibujos que necesitaré por la mañana. ¿Me llevarías de regreso?

Shanna se detuvo en el acto de ponerse el vestido.

– Te llevaré -murmuró. Una vez cubierta con las ropas se calmó, se levantó el cabello y le volvió la espalda-. ¿Quieres abrocharme el vestido?

Ruark así lo hizo, sin apurarse. No tenía ninguna prisa por terminar la tarde.

Shanna se estuvo quieta casi todo el tiempo que él demoró en abrocharle el vestido, pero una vez extendió la mano y tomó algunos de los dibujos que estaban sobre la mesa. Los estudió y reconoció la escritura de Ruark en la parte superior. Cuando él terminó con el vestido, ella se volvió.

– Has estado trabajando -comentó, y pasó el dedo sobre una mancha de tinta que él tenía en la atezada piel del pecho.

– Como no tenía esperanza de verte hoy -dijo él- puse mi mente a trabajar en algo menos atormentador que tú.

– Dime, por favor, ¿cómo te atormento yo? ¿Me consideras una bruja que sólo te busca para divertirse? ¿Cómo puedo yo, una simple mujer como me ves ahora, atormentarte tanto?

Ruark sonrió perezosamente, la abrazó y la besó en la frente.

– Sí, eres una bruja, Shanna. Has lanzado sobre mí un extraño hechizo que me hace pensar continuamente en ti cuando estoy despierto. -Su aliento rozó los finos rizos que rodeaban la oreja de ella-. Pero también eres un ángel, cuando estás tendida a mi lado, suave y cálida, y me dejas que te ame como deseo.

Shanna le tapó la boca con una mano temblorosa y reconoció la aceleración de su propio pulso. El efecto de esos ardientes ojos ambarinos era total y devastador.

– No hables más, por favor.

Ruark le besó la palma de la mano, los dedos ellos, la sortija que ella llevaba. Abruptamente se puso ceñudo, le tomó la mano y la miró fijamente.

– ¿Qué sucede? -preguntó Shanna.

El ceño de él se acentuó.

– Yo llevaba una sortija en una cadena al cuello y la tenía cuando visité a la moza de la posada. Desde entonces no la tengo más. Con todo lo que sucedió, lo olvidé completamente hasta ahora. La sortija que llevas me lo recordó. Mi sortija tenía que ser para ti.

– ¿Para mí? Pero si entonces tú no me conocías.

– Estaba destinada a mi esposa, quienquiera que fuera. Había pertenecido a mi abuela.

– Pero Ruark, ¿quién la tomó? ¿La muchacha de la posada? ¿O los soldados cuando te prendieron?

– No, yo desperté no bien ellos me tocaron. Debió tomarla la muchacha. Pero si lo hizo, entonces yo tuve que estar dormido.