– A bordo del barco, señora -respondió el hombre de color y señaló el gallardo navío-. Hablando con el capitán, – supongo
Cuando Shanna entregó las riendas al cochero y se dispuso a apearse hubo una inmediata conmoción. Se había congregado una pequeña multitud de marineros que ahora se disputaban el honor de ayudada a bajar. Ella aguardó pacientemente hasta que un joven gigante, que hubiera hecho parecer enano a Pitney, se abrió paso a los codazos y le ofreció la mano con una sonrisa. Shanna bajó, le agradeció graciosamente y se dirigió a la planchada dejando a su paso un coro de gemidos y suspiros semiahogados. Sus delicadas botas todavía no habían tocado la cubierta del barco cuando otro joven corrió a su encuentro y se detuvo ante ella casi tropezando. El hombre se irguió rígidamente y metió bajo su brazo un anteojo de bronce brillantemente pulido. Un tricornio flamante le cubría el cabello mal peinado. El joven recobró la compostura, se quitó el sombrero, casi dejó caer el anteojo y la saludó en alta voz, ansioso por sede útil.
– Buenas tardes, señora. ¿Puedo servirla en algo?
– Por favor -sonrió Shanna mientras el pobre mocetón parecía tragarse su lengua-. Llévele un mensaje a mi padre, dígale que si termina pronto lo que tiene que hacer acá, me gustaría regresar con él.
El joven empezó un saludo pero en seguida se volvió a medias y señaló con el brazo.
– ¿Es ese su padre, señora, el que está con el capitán?
Aferró su sombrero que una ráfaga amenazó con llevarse al agua y nuevamente evitó apenas que el anteojo cayera al suelo. Señaló con la cabeza hacia los dos hombres.
– ¿Es él, señora? -tartamudeó, un poco ruborizado.
Shanna asintió y sus ojos se 'posaron en la silueta corpulenta de su padre. El otro hombre le daba la espalda y ella sólo pudo ver una espesa mata de cabello castaño rojizo atada en una coleta sobre su torso vestido de azul.
– ¿A quién debo anunciar, señora? -preguntó el joven. -A la señora Beauchamp, señor -dijo Shanna.
– Señora Beau… -el joven oficial se interrumpió con indisimulada sorpresa y el hombre alto que estaba con su padre se volvió y le dirigió una mirada penetrante, como si esperara encontrar una bruja a bordo de su barco. Ante esa mirada ceñuda Shanna quedó paralizada, incapaz de moverse o de hablar.
La expresión del hombre se suavizó lentamente. Sus ojos recorrieron el cuerpo de ella rápidamente y volvieron a la cara. Después, el hombre sonrió levemente y asintió con la cabeza en lo que pareció un gesto de aprobación.
Shanna soltó un suspiro y se percató de que había estado conteniendo el aliento desde que él la mirara a la cara. Así su vida hubiera dependido de ello, no hubiese podido explicar por qué la aprobación de este hombre, a quien nunca había visto en la vida, debía complacerla.
Cuando el capitán se acercó caminando por la cubierta Shanna advirtió que era delgado, casi flaco, y se movía con el andar característico de un marino consumado. Su rostro era largo y un poco anguloso. Aunque en sus ojos castaños había un indicio de fino humor, los labios denotaban severidad o más bien la firme determinación de un hombre habituado a mandar. Se detuvo frente a ella, se llevó las manos a la espalda y se balanceó sobre los talones en el más fugaz de los saludos cordiales.
– ¿Señora Beauchamp? -Las palabras salieron de sus labios con un leve acento arrastrado.
Orlan Trahern se les acercó, apoyó ambas manos en el nudoso pomo de su bastón y los miró fijamente.
– Sí, capitán -dijo Trahern-, yo pensaba presentarle a mi hija, Shanna Beauchamp. -Algo extraño brilló en los ojos del hacendado y Shanna se preparó para cualquier cosa. Pero el choque fue lo mismo apabullan te-. Querida mía, éste es el capitán Nathanial Beauchamp.
Las palabras fueron lentas y deliberadas y él aguardó que todo el peso de ese apellido cayera sobre su hija. Shanna abrió la boca como para hablar pero no dijo palabra. Sus ojos se dirigieron interrogantes al alto capitán.
– Sí, señora -dijo él con su voz profunda-. Tendremos que discutir esto largamente, antes que mi propia esposa me acuse de bribón.
– Más tarde, quizá, capitán -interrumpió Orlan Trahern-. Debo ponerme en Camino. Si nos disculpa, señor. ¿Y tú, Shanna querida, me acompañarás de regreso a la casa.
Shanna asintió aturdida, incapaz de formular un comentario. Trahern la condujo gentilmente hasta la planchada y allí se volvió.
– Capitán Beauchamp -dijo.
Shanna dio un respingo al oír el apellido.
– Más tarde enviaré un carruaje por usted y sus hombres. Sin aguardar una respuesta, el hacendado abandonó el barco y se alejó llevando del brazo a su confundida hija. El capitán se acercó a la borda y contempló cómo se alejaba el birlocho y desaparecía detrás de un depósito.
Shanna se detuvo fuera del salón cuando reconoció la voz del capitán Beauchamp que respondía a Pitney. Ralston interrumpió en seguida, pero esa voz profunda, segura, era inconfundible. Shanna unió sus manos trémulas tratando de serenarse y lanzó una mirada hacia la puerta principal junto a la cual estaba Jasón, alto, silencioso.
– Jasón -dijo suavemente-. ¿Aún no ha llegado el señor Ruark? -No, señora. Envió una nota con un muchachito del trapiche diciendo que se ha presentado una dificultad y que tendrá que permanecer allí.
"¡El maldito pícaro!", pensó Shanna. "¡Me deja sola para las explicaciones! Ni siquiera sé si él es realmente un.Beauchamp. Muy bien podría. haber tomado prestado ese apellido. ¿Cuál es, entonces, el nombre de ese miserable? ¿Y el mío? ¿Señora de John Ruark?" Shanna gimió interiormente. " ¡No lo permita Dios!"
El pánico casi la hizo huir a sus habitaciones como una cobarde, pero finalmente logró dominar los corrosivos sentimientos que casi le hacen perder su compostura.
Shanna calmó sus caóticas emociones con el pensamiento "Yo soy la señora Beauchamp", alisó los varios metros de satén verde claro de su falda y empezó a arreglarse su elaborado peinado cuando el joven oficial que la había recibido a bordo del Sea Hawk se acercó a la puerta para dejar su copa en una mesilla. Cuando la vio, se detuvo bruscamente y casi soltó una exclamación.
– ¡Señora Beauchamp! -dijo-. ¡Qué hermosa… -sus ojos descendieron hacia las curvas de los pechos, tartamudeó, enrojeció y una vez más se recobró-…ah, qué hermosa casa que tiene usted!
La conversación en el salón cesó y Shanna, cuya presencia había sido anunciada, no pudo seguir demorándose. Se obligó a sonreír y entró graciosamente en el salón, apoyando delicadamente sus manos en la amplia falda para que no ondeara demasiado. Era una visión que a los hombres les costaba aceptar como realidad y fue evidente que el joven oficial del Sea Hawk estaba completamente hechizado. Orlan Trahern estaba obviamente lleno de orgullo de presentar su hija a sus invitados. Durante las presentaciones, Shanna se percató de que Nathanial Beauchamp la observaba con una mirada lenta y firme y quedó intrigada cuando él miró ceñudo a su joven oficial, quien se las compuso para ubicarse junto a ella. También se dio cuenta de que la atención de Ralston parecía más intensa que lo habitual, pero no le dio mucha importancia pues, en realidad, no le preocupaba lo que pudiera estar pensando ese hombre. Terminadas las presentaciones y segura del brazo de su padre, Shanna se detuvo ante el capitán colonial.
– Señor, me interesa saber cómo es que tenemos el mismo apellido. ¿Quizá tiene usted parientes en Inglaterra?
Nathanial Beauchamp sonrió y la miró con sus ojos castaños llenos de humor.
– Señora, yo adquirí ese apellido honradamente pues me lo dieron mis padres. Lo que realmente tendremos que discutir es cómo lo adquirió usted. Por supuesto, todos los Beauchamp somos parientes en una u otra forma. Aunque hemos tenido nuestros pícaros, piratas y salteadores, el nombre parece prolongarse con sorprendente regularidad.
– Perdóneme, señor -dijo Shanna-. No fue mi intención entrometerme. ¿Pero debo llamado tío, primo o alguna otra cosa?
– Lo que a usted más le plazca, señora -sonrió Nathanial-. Pero sea bienvenida a la familia.
Shanna asintió y rió pero no se atrevió a insistir en el tema porque su padre estaba dedicando demasiada atención al diálogo y parecía disfrutar de cada palabra.
La cena transcurrió en relativa calma pues el capitán Beauchamp y sus oficiales conversaron con Trahern acerca de las posibilidades comerciales entre Los Camellos y las colonias. Ralston no estaba a favor de ese intercambio y habló con atrevimiento.