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– Mejor hubiera atado mi destino a la cola de un torbellino -musitó Ruark secamente- que comprometerme tanto a esa caprichosa mujer.

Esa dulce Circe lo había hechizado desde los primeros momentos en la cárcel. Quizá él había cometido en realidad ese crimen con la otra joven en la posada y éste era su castigo: saber que Shanna era su esposa pero no disfrutar de las alegrías del matrimonio. Si eso era verdad, entonces él debía aceptar su estado y las raras ocasiones mensuales de felicidad, resignándose a su esclavitud el resto del tiempo. Qué espantoso giro del destino. Como hombre sin compromisos, él se había movido entre tiernas y encantadoras doncellas y había tomado despreocupadamente lo que ellas le ofrecían, pero ahora, casado con una a quien con toda sinceridad hubiera elegido en cualquier circunstancia, se le negaba el estado de matrimonio y debía vivir constantemente sediento, disfrutando solamente de las horas ocultas entre media noche y el amanecer. Aun así, un mal pasó, una puerta equivocada podía separarlos y hacerles padecer el castigo que pudiera dictar el hacendado.

Un grito desde abajo interrumpió sus cavilaciones y Ruark se irguió y vio que el birlocho de Trahern se acercaba entre los árboles que flanqueaban el angosto camino. Dejó la cúpula, bajó rápidamente y cruzó el depósito vacío hasta la puerta por donde había entrado. Cuando vio a Shanna al lado de su padre, Ruark se animó pero su humor cambió rápidamente cuando advirtió que sir Gaylord estaba sentado frente a ella. Había pensado saludarlos, pero ahora, irritado y silencioso, se retiró a la sombra y vio que el odioso petimetre tendía una mano a su esposa para ayudada a apearse del birlocho. El disgusto de Ruark se acentuó cuando Gaylord tomó un codo de Shanna. Era doblemente difícil para él soportar eso cuando él mismo no podía tocarla en público. Ruark hundió en su cabeza el sombrero blanco de ala recta y se apoyó contra la pared del trapiche, lleno de frustración.

Una alegre multitud se había congregado alrededor del carruaje de Trahern y pronto el hacendado empezó a presentar a su huésped con título a los varios comerciantes y otras personas de importancia en la isla. Sir Gaylord viose obligado a apartarse de Shanna para recibir los cumplidos y saludos. Shanna se alisó el vestido y buscó entre la gente el rostro de Ruark. Lo vio en la sombra del edificio, con los brazos cruzados y un hombro apoyado en la pared. Tenía el sombrero echado hacia adelante, oscureciéndole el rostro, pero ella conocía las facciones finas, delicadas. Estaba informalmente vestido y ello, en ese día caluroso, parecía lo más sensato. Una camisa blanca, abierta en el pecho y con mangas abollonadas contrastaba marcadamente con su piel bronceada. El era moreno como cualquier español y su cuerpo esbelto y musculoso era acentuado por los calzones ceñidos y las medias blancas.

Shanna sonrió pensativa. El sastre debió derretirse de gozo ante la oportunidad de vestir a un tipo tan apuesto. La mayoría de los hombres de la isla que tenían dinero para pagar las telas más ricas y las últimas modas hacía tiempo que habían pasado la flor de la edad. Pero Ruark tenía la apostura y el cuerpo que embellecían la vestimenta más modesta, aun esos atrevidos calzones cortos. Empero, a Shanna la irritaba que esos calzones fueran tan ceñidos y que Ruark exhibiera descuidadamente su virilidad ante las miradas ansiosas de las muchachas enamoradizas. Sin embargo, sabía que él no era tan consciente de su apariencia como lo eran los petimetres de la corte, o hasta como sir Gaylord, quien estaba vestido de terciopelo y encajes y parecía tan acalorado como si estuviera a punto de explotar.

Viendo a Shanna momentáneamente sola, Ruark aprovechó la oportunidad Y empezó a acercársele entre la multitud. Su prisa y su distracción, sin embargo, fueron su perdición porque súbitamente se encontró con que tenía en sus brazos el cuerpo suave de una muchacha y bruscamente perdió el equilibrio. Un agudo grito femenino le perforó los oídos y Ruark giró y aferró a la joven para impedir que ambos cayeran cuan largos eran.

– Oh, señor Ruark -dijo Milly con su chillona vocecita-. Usted es demasiado brusco para una muchacha como yo.

Ruark tartamudeó confuso unas disculpas.

– Oh, perdón, MilIy, pero tengo mucha prisa.

Ruark se hubiera liberado de la muchacha pero ella le aferró el brazo y lo mantuvo firmemente contra sus pequeños pechos.

– Ajá, ya comprendo, John. -El empleo familiar de su nombre de pila le resultó molesto. Súbitamente la voz de ella sonó tan fuerte como para ser oída en toda la isla-. Últimamente parece que siempre tienes prisa. Pero no necesitas correr tanto, John Ruark. Quienquiera que ella sea, puede esperar.

Ruark trató de ocultar su irritación. Retorció su brazo en un esfuerzo por liberarse de ella y miró por encima de la cabeza oscura de Milly hacia Shanna, quien los observaba con cierta tensión.

Milly alzó una mano para acariciado en el pecho y le sonrió con sus ojos negros invitadores.

– Oh, John -suspiró-. Eres tan fuerte. Con solo mirarte, una muchacha pequeña como yo se siente débil e indefensa.

Ruark reprimió un rudo comentario sobre dónde podría estar la debilidad de ella y trató de apartar esos dedos de su camisa.

– Vamos, Milly, tengo prisa -casi gruñó.

Milly insistió.

– Preparé un buen cesto de comida-dijo- con una pierna de cordero, John. ¿Por qué no vienes a tomar un bocado con nosotros?

– Lo siento -se apresuró a decir Ruark-. El hacendado me ha pedido que comparta su mesa.

Casi consiguió liberar su brazo pero Milly todavía ensayaría otra treta para retenerlo.

– Oh -gimió Y se apoyó pesadamente en él Creo que me he torcido un pie. ¿Me ayudas a llegar a nuestro carro, cariño?

Una sombra corpulenta se les unió y ambos levantaron la vista y se encontraron con la señora Hawkins, de pie frente a ellos, con los brazos en jarras y mirándolos ceñuda.

– ¡Ajá! -exclamó la mujer antes que cualquiera de ellos pudiera hablar-. ¡Con que un pie torcido! Yo te llevaré hasta el carro. Vamos, muchacha desvergonzada, arrojándote así contra el señor Ruark.

Deberías sentir vergüenza.

La señora Hawkins tomó a su hija de un brazo, dirigió una rápida mirada de disculpas a Ruark y se alejó con la joven. Milly cojeó hasta que su madre le dio un bofetón y la hizo gritar. Olvidada de su pie dolorido, Milly se recobró sorprendentemente rápido y caminó sin dificultad hacia el carro.

Ruark rió divertido pero se puso serio cuando volvió a mirar a Shanna. Ella lo miraba con una expresión desconcertante. Ruark la conocía demasiado bien y sabía que se aproximaba una tormenta, de modo que se apresuró a calmar su cólera. Pero no tuvo suerte porque cuando llegaba junto a Shanna se interpuso Trahern, quien lo saludó con un grito. Nuevamente tuvo que ir hacia el trapiche, del brazo de Trahern. Miró rápidamente hacia atrás y vio que sir Gaylord volvía al lado de Shanna. El caballero la. tomó de un codo y se inclinó para murmurar algún comentario ingenioso al oído.

– Vamos, señor Ruark -dijo Trahern- pongamos este molino en marcha y dejemos que estas buenas gentes disfruten de su festín. Mi hija cortará las cintas de la inauguración pero me gustaría que usted compartiera este momento.

Ruark no oyó el resto de lo que dijo el hacendado pues a sus espaldas sonó la risa cristalina de Shanna. El sonido fue para su corazón como vinagre en la garganta de un hombre sediento.

En un brindis por el rey Jorge fueron levantados picheles de ale, ron y varias otras bebidas mientras que las mujeres prefirieron un vino más suave. La inauguración del trapiche fue motivo de una serie de brindis y cuando Shanna fue conducida hasta las amplias puertas principales del edificio, los espíritus estaban alegres. Ella no estaba afectada por esa alegría sino que su euforia provenía de una causa totalmente diferente. Unos pocos sorbos de vino difícilmente podían embriagada. Ella no podía imaginar la razón de sus emociones exaltadas mientras se dirigía hacia donde estaban las cintas, pero rápidamente comprendió la verdad cuando vio a Ruark de pie junto a su padre. Este trapiche era obra de Ruark y ella estaba extasiada de orgullo ante la proeza. Súbitamente sus ojos se llenaron de lágrimas y debió sonreír hasta que el llanto cesara. Riendo alegremente tiró con fuerza de la cuerda oculta que sostenía a las cintas inaugurales. Los nudos se soltaron y los muchos metros de telas de colores cayeron a la plataforma en una multitud de aleteos.