– Eh, mucho cuidado con la yegua. El animal ya está herido. La voz que gritó era desconocida para Shanna pero la indumentaria del hombre le permitió deducir que era un marino. El más grande llevaba una chaqueta con pasamanería mientras que los otros tres vestían como marineros comunes.
– ¡Eh, ustedes! -gritó Shanna mientras corría por la veranda-. ¿Qué significa esto? ¿No saben el valor de ese animal? ¿Acaso todos nacieron sobre las tablas de madera de una cubierta?
Bajó como un torbellino la amplia escalinata y se acercó al grupo. Hablando en tono tranquilizador, estiró una mano para acariciar el suave morro de la yegua y palmearle los flancos temblorosos. El animal se tranquilizó gradualmente bajo el suave contacto y accedió a quedarse quieto mientras los hombres quedaban boquiabiertos por la sorpresa. Todo el camino desde la aldea habían tenido que luchar con la yegua, quien se había resistido a dejarse llevar en carro o de la brida.
El hombre corpulento y de grandes patillas se adelantó y habló en tono de disculpas:
– Tuvimos un poco de mal tiempo después de dejar las colonias y el barco se sacudió tanto que la yegua se hirió contra las paredes del pesebre que construimos para ella. Le aseguro, señora, que no fue por malos tratos..,
Shanna contempló al hombre y decidió que él decía la.verdad. – ¿Cuál es su nombre, señor, y con qué propósito ha traído al animal aquí?
El hizo un rápido movimiento con su cabeza.
– Capitán Roberts, a su servicio, señora. De la Compañía de Virginia. El capitán Beauchamp me ordenó que trajera la yegua al señor Trahern o a su hija en retribución por la generosa hospitalidad que aquí le brindaron. ¿Es usted la viuda Beauchamp?
Shanna asintió con la cabeza.
– Sí, lo soy.
El capitán buscó en su chaqueta y sacó una carta sellada que le tendió a ella.
– Esto es para usted, señora, del capitán Beauchamp.
Shanna aceptó el paquete y observó un momento el sello de cera que exhibía una elaborada "B". Estaba abrumada por la generosidad del capitán, porque el presente que enviaba no era un presente de pobre. Hacía tiempo que ella había aprendido á conocer el valor de los caballos. La delicada cabeza de la yegua, sus ojos grandes y expresivos y el cuello graciosamente arqueado hablaban de sangre, árabe, y cuando leyó la carta Shanna tuvo la confirmación de esto porque Nathanial detallaba en la misiva la línea de sangre del animal. La yegua era tan valiosa como Attila y sin duda produciría excelentes potrillos con el semental.
La nota continuaba asegurándole que los Beauchamp estaban aguardando con alegría su visita y Nathanial expresaba sus esperanzas de que nada pudiera demorar el viaje porque predecía que el otoño de este año sería lleno de colores:
– No teníamos a nadie que cuidara de las heridas del animal, señora -explicó el capitán Roberts.
– Oh, no importa -replicó lentamente Shanna-. Aquí, en la isla, hay un hombre que tiene un talento especial para esas cosas.
Un muchachito, de unos diez años quizá, se adelantó de donde había estado casi oculto, llevando en sus brazos un gran bulto.
– ¿Dónde tengo que llevar esto, señor? -preguntó el muchachito dirigiéndose al capitán, y sin soltar el bulto envuelto en cuero.
– ¿Señora? -El capitán miró a Shanna-. ¿Sabe dónde el muchacho podría encontrar al señor John Ruark?
Shanna respondió sorprendida. -No estoy segura. Podría estar trabajando en el aserradero, pero él tiene una cabaña detrás de la casa. ¿Puedo ayudarles?
– Está esto -dijo el hombre señalando el paquete- que es para él. ¿Podemos dejarlo en la cabaña?
– Sí-. Shanna, señaló hacia los fondos de la casa. Después, de pasar la mansión hay un sendero entre los árboles. Sígalo. Es la cabaña grande, más allá de las otras.
Cuando los hombres se alejaron Shanna acarició afectuosamente el morro de la yegua, contenta con el regalo.
– Los Beauchamps te pusieron, de 'nombre JezebeL Ajá, seguramente tú tentarás a mi Attila porque por aquí no hay otra potranca tan bella como tú. Pero debo buscara Ruark para que te, cure porque no confío en ningún otro para que te atienda." Mi dragón es muy hábil con las damas Susurró', sonriendo pensativa-. Sé que, ¡él te gustará…
"Cuando preguntó por Ruark en la tienda de la aldea, Shanna obtuvo por respuesta un encogimiento de hombros del señor MacLaird.
– No lo sé, muchacha. Estuvo aquí esta mañana temprano para ordenar algunas mercaderías pero desde entonces, no le he vuelto a ver.
¿Ha preguntado en el aserradero?
En el sitio de la, construcción, Shanna recibió la misma respuesta. -Parece que lo necesitaban en la destilería.
Pero tampoco allí pudieron decirle dónde había ido el señor Ruark i
cuando se marchó. Finalmente" bien entrada la tarde, Sl1anna renunció a buscado y regresó a la mansión. Su padre había retornado y sir Gaylord estaba hablando con él acerca de astilleros. Al oír la voz del inglés_ Shanna trató de cruzar el hall sin ser advertida pero el ruido que hizo la puerta alertó a Gaylord, quien la llamó. Insistió en que ella se reuniera
con ellos en el salón y no aceptó la excusa de que Shanna quería cambiarse de ropa para la cena y declaró firmemente que ella estaba perfectamente elegante y atractiva. Shanna maldijo silenciosamente su mala suerte, sonrió dócilmente y se dejó conducir a través -del hall. Fue la velada más aburrida de su vida porque el hombre parecía incapaz de hablar de otra cosa que no fuera la aristocracia de su familia y hasta tuvo el descaro de señalarle a su padre las ventajas que su apellido traería a la fortuna de Trahern. Después de terminada la comida Shanna logró escapar a sus habitaciones donde pidió inmediatamente que le preparasen un baño.
Cerró lo ojos y apoyó la cabeza contra el alto borde de la tina, dejando que el baño aflojara sus tensiones. Ahora era raro pasar todo un día sin ver a Ruark, aunque habitualmente él era necesario en cualquier parte donde se presentaran problemas. Por alguna razón, Shanna sintió que su día no había sido completo.
El reloj de su habitación dio las diez y con la última campanada empezó una nueva melodía que Shanna nunca había escuchado en sus habitaciones. Abrió los ojos sobresaltada e inmediatamente vio la fuente, una caja de música bastante grande que había sido. puesta sobre una mesa, cerca de ella. Y en un sillón junto a la mesa estaba Ruark, cómodamente reclinado, con una graciosa sonrisa en sus labios y sus largas piernas estiradas y cruzadas en los tobillos.
Shanna se incorporó en la tina y 1o miró sorprendida. Una rápida mirada por la habitación le indicó que él se había puesto cómodo. Su sombrero estaba sobre la cama, junto a su camisa. Solamente los calzones cortos cubrían su cuerpo.
– Buenas noches, amor, y gracias -dijo, Ruark y sus ojos bajaron rápidamente hacia los pechos mojados y brillantes de ella.
– No tienes derecho -dijo Shanna por encima de la argentina melodía. Pero ante la serena mirada de él, decidió mostrarse más benévola, como si sólo se sintiera ligeramente ofendida-. Invades el baño personal de una dama y té aprovechas de un espectáculo inesperado.
Ruark sonrió con muy buen humor.
– Ejerzo mis derechos maritales, Shanna. Esto es algo que sucede tan raramente que ciertamente estoy en desventaja. Mientras otros maridos contemplan a sus tesoros todas las noches yo debo conformarme con los recuerdos y refrenar mis deseos, porque no puedo buscar alivio a lo que me atormenta.
– Estás diciendo tonterías, Ruark. -Shanna se enjuagó lentamente con la esponja-. ¿Acaso no he sido más que complaciente con tus caprichos? Se me ocurre que debes de tener alguna razón para haberte arriesgado a estas horas en mis habitaciones.
El señaló la caja de música. -Te he traído un presente. Shanna sonrió coquetamente.
– Gracias, Ruark. ¿Eso viene de las colonias?
– Le pedí al capitán Beauchamp que la hiciera comprar y que la enviara aquí -repuso Ruark-. ¿Te gusta?
Shanna escuchó un momento hasta que se percató de que la tonada era la misma que había escuchado a bordo del Marguerite.
– Hum, me gusta mucho. -Vio que él cerraba la tapa de la caja haciendo cesar la melodía, y levantó la vista con expresión inocente-. ¿Podría haber otro motivo que te trajo a mis habitaciones?
El sonrió lentamente y sus ojos recorrieron todo el cuerpo de ella.
– Me informaron que preguntaste por mí en toda la isla y no pude encontrar motivos para tanta urgencia, excepto uno. -Sus blancos dientes relampaguearon en una rápida sonrisa-. Por eso, aunque ya era tarde, vine aquí en la primera oportunidad para asegurarte que no me había escapado ante una inminente paternidad.