Un rápido tirón de la correa y Shanna fue empujada delante del enorme hombre. Se estremeció de disgusto cuando él le puso en el mentón una mano grande como un jamón y le hizo volver la cabeza a uno y otro lado, inspeccionándola como haría con una potranca.
– Una hermosa hembra sin duda, aunque Trahern me dejó poco con qué apreciarla. ¿Pero por qué la trajeron aquí? -preguntó Pellier sonrió taimadamente. -Es el fruto predilecto del huerto de Trahern, Madre, es la hija de él Ella nos hará ganar un montón de monedas.
– Ajá, si vivimos lo suficiente para disfrutado -replicó Harripen.
– A él le sería imposible hacer pasar por los arrecifes un barco lo suficientemente grande. Aquí estamos seguros -dijo Pellier.
El gigante apretó los labios y recorrió el horizonte con la mirada, evidentemente cada vez más nervioso.
– Seguramente que Trahern estará furioso -dijo en tono de preocupación. Después señalo a los prisioneros que se acurrucaban detrás de Shanna y dijo-: Podríamos necesitar más hombres si Trahern decide hacerse sentir. Traigan a la hembra adentro, compañero, y tomaremos unos tragos.
El sol se acercaba al horizonte y pronto la noche tendería su capa de terciopelo sobre la isla. Cuando la llevaron al interior, Shanna miró hacia atrás pero no vio señales de Ruark. Se preguntó, resentida, si él ya habría encontrado una moza en el muelle para pasar el tiempo.
Una corta escalera descendía hasta el salón de la taberna, donde fueron encendidas linternas para iluminar las tinieblas de la noche que se avecinaba. Las piedras grandes y lisas debajo de sus pies estaban frescas y eran un descanso después de la arena caliente. Pellier cruzó el largo y oscuro salón llevando a Shanna por la correa y se sentó con Madre en una laga mesa. Inmediatamente aparecieron dos mujeres que llenaron inmensos picheles de ale de barriles que había contra la pared. Harripen acarició el pecho bovino de una de las criadas y la miró sonriendo.
– Carmelita, estás bonita como siempre, amor mío. ¿Quieres tumbarte conmigo?
Una voz dijo, desde el fondo del salón:
– Ha apostado por ti, Carmelita. Y está tratando de ganar la apuesta.
Carmelita sacudió su cabeza oscura y puso rudamente un jarro en las manos del inglés, dejando caer una parte del contenido sobre los calzones de él..
– Eso refrescará tu entrepierna hasta que yo termine mi trabajo, bellaco hambriento. Yo me acostaré con quien me plazca y no es probable que seas tú, ganso esquelético.
Fuertes risotadas sonaron alrededor de la mesa hasta que Harripen hizo callar a sus compañeros con una mirada severa. Ansioso por demostrar sus propios progresos con las mujeres, Pellier rodeó con un brazo la cintura de Shanna y trató de atraerla hacia sí para darle un beso y acariciarla. Shanna giró y extendió los brazos con los puños cerrados, sólo con la intención de mantener lejos de ella ese cuerpo sudado y maloliente. El golpe lo alcanzó justo debajo de las costillas. Sorprendido, respirando con dificultad, el mestizo tropezó hacia atrás. Cuando luchaba por recobrar el equilibrio Shanna vio su oportunidad, le hizo una zancadilla y lo empujó Pellier cayó cuan largo era al suelo.
La más pequeña de las sirvientas, una muchacha que se había pichel acercado para llenar el pichel de Pellier, ahogó una exclamación de horror. Shanna empezó a comprender el peligro en que se había colocado con su acto. Las risotadas de los corsarios hicieron estremecer el lugar.
Ella se dio cuenta de que lo había avergonzado delante de todos.
Harripen dijo:
– Eh, Robby, levántate. No te quedes ahí solo en el suelo. Perdona a la moza.
La dignidad del francés estaba malamente herida, por no mencionar, su trasero sobre el cual había caído. Tenía los ojos inyectados, la cara escarlata por la ira. Las palabras sonaron ahogadas en su garganta.
– Tú, perra orgullosa, te enseñaré a obedecer como una mansa ramera y a venir cuando yo te llame.
Salvajemente tironeó de la correa de modo que Shanna casi perdió el equilibrio. La arrastró a medias y cruzó el salón hasta que llegaron a un, gran agujero abierto en el suelo. Pellier sacó un cuchillo de su bota y; cortó las ligaduras de Shanna. Luego metió de un puntapié una escalera en el agujero y le hizo señas de que descendiera.
– A menos, naturalmente, que desees que yo te ayude -la amenazó, pero Shanna se apresuró a obedecer.
Bajó al oscuro agujero y cuando llegó al fondo levantó la vista, preguntándose qué se esperaba de ella. La escalera fue retirada y ella vio que Pellier buscaba algo contra la pared. Una pesada reja de hierro cayó para cubrir el agujero. Desconcertada, Shanna miró a su alrededor. Desde arriba llegaba un poco de luz filtrada por el enrejado y pronto vio que estaba de pie sobre un montón de basura, justamente debajo de la abertura. ¿Pensaba Pellier asustada con el encierro y la oscuridad? La idea era ridícula, por supuesto, pues ella se sentía más aterrorizada por las repugnantes atenciones de él.
Un chillido en la oscuridad enfrió la confianza de Shanna como un chorro de agua helada. Una gran rata pasó entre sus pies. Los chillidos del animal provocaron risotadas de Pellier. Ansiosamente, Shanna se estiró hacia arriba para alcanzar el enrejado, pero el pirata hizo rodar un pesado barril para impedir que ella escapara. Shanna se volvió y vio varias ratas que acechaban desde el borde de la zona iluminada. Sus ojos brillaban curiosamente rojizos y malignos, como si estuvieran contemplando los últimos momentos de ella. Shanna se apartó de ellas y bajó un poco el montón de desperdicios.
El hedor del pozo la sofocaba y le provocaba náuseas. Shanna adivinó para qué usaban los piratas ese lugar. Las pequeñas bestias de ojos rojizos se volvían más atrevidas. Media docena o más ahora la observaban y se acercaban más cada vez que ella miraba hacia otro lado.
Shanna retrocedió otro paso y su pie se hundió hasta el tobillo en el cieno. Una rata corrió hacia ella y Shanna la apartó de un puntapié. Más roedores salieron de la oscuridad hasta que su cantidad se duplicó, y empezaron a avanzar todos juntos, como un solo cuerpo. A Shanna se le escapó un trémulo sollozo y debió retroceder hasta que el agua sucia le llegó a la rodilla. Una risa sardónica llegó de arriba y por la reja cayeron un trozo de pan y pedazos de carne.
– Aquí tienes, mi lady -dijo Pellier en tono burlón-. ¡He aquí tu cena! Es decir, si puedes impedir que la coman tus voraces amiguitas. y aquí hay algo para calmar tu sed. -Vertió ale por el enrejado, el cual cayó sobre las ratas que ahora se disputaban la comida que él acababa de arrojar-. No me eches mucho de menos. Tus amiguitas te harán compañía hasta que yo esté listo para ti.
Sus pisadas se alejaron del pequeño mundo de Shanna, quien, consciente de su hambre devoradora, miró en silencio a las voraces ratas. El ruido de las gotas de humedad condensada que caían le hacía sentir más sed. El hedor del pozo la hacía toser. Las ratas, buscando ahora cualquier último bocado, volvieron a mirarla. Algo rozó su pierna y Shanna se agachó y tomó un trozo de madera. Era firme y real, cosa que no parecía ser lo demás que la rodeaba. El hambre le corroía el estómago, la sed le quemaba la garganta, la fatiga erosionaba su voluntad, el miedo minaba su determinación.
Las ratas se acercaron al borde del agua; pero se mostraban reacias a aventurarse. Entonces una más atrevida que las demás saltó y empezó a nadar hacia ella. Shanna aguardó tensa y levantó el trozo de madera. ¡Un momento más! Con un sollozo, golpeó con la madera al animal con todas sus fuerzas, y después de frenéticos movimientos, no lo volvió a ver. Cautamente, las otras retrocedieron a una distancia más segura para observada con sus ojillos rojizos.
Shanna empezó a temblar violentamente y ni siquiera la derrota de la rata pudo animar su espíritu. Si por lo menos hubiera un lugar, seco y seguro, donde pudiera refugiarse. Blandió la madera. Las ratas seguían mirándola con ojillos malévolos y alerta. Ella quería llorar pero sabía que le aguardaba un desastre mayor si se mostraba débil. ¡ Estaba tan cansada! ¡Tan hambrienta! ¡Tan sedienta! ¡Tan débil!
Ojos malignos la miraban acechantes desde la oscuridad.
"¡Socorro! " gritó su mente. "¡Socorro! ¡Ruark!".
CAPITULO DIECISÉIS
Ruark había observado a Pellier llevándose a Shanna por la planchada y entre la multitud hasta que desaparecieron de vista. Entonces volvió su atención a los cuatro que estaban frente a él.
– Tengo cosas más importantes en que ocuparme que barrer ninguna cubierta -afirmó bruscamente.