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Aprovechando la momentánea distracción de Ruark, Shanna fue hasta el armario y se quitó el justillo de cuero. Tomó un vestido de terciopelo negro y se lo puso rápidamente. La parte delantera era abierta hasta el pubis, con un entrecruzamiento de cintas sobre la. piel desnuda. Shanna ajustó las cintas y fue hasta el espejo que tenía más cerca Allí se detuvo y ahogó una exclamación. El vestido, más que proteger su pudor, lo destruía

Vio en el espejo la imagen de una joven bastante desaliñada, con el cabello en salvaje desorden y con los pechos apretados en tal forma por el vestido que hubieran podido excitar al más severo puritano. El vestido de terciopelo no cerraba y dejaba ver su blanco vientre. Shanna miro hacia el armario. Tenía que haber otra cosa. ¿Una blusa? ¿Una camisa?

Giró lentamente delante del espejo y por encima de su hombro vio a Ruark, quien ya no miraba por la ventana sino que le dedicaba toda su atención, sentado en el borde de la ventana, los brazos cruzados sobre el pecho desnudo y una sonrisa perversa en los labios.

– Tiene que haber alguna otra cosa -dijo ella, con cierta perplejidad-. Tiene que haber, por lo menos, una camisa.

Ruark fue junto al espejo y la miró directamente.

– A Harripen le gustaría dijo-. Creo que también al holandés

– ¡Ruark! -Ella lo miró horrorizada creyendo que podría, obligarla a bajar vestida en esa forma, pero súbitamente vio la risa que brillaba en los ojos de él. Exasperada, golpeó el suelo con el pie. Cuando, él se acercó más, le dirigió una mirada desafiante y luchó con las cintas en un esfuerzo por cubrirse más

– Nunca he impuesto mi voluntad más allá de la capacidad dé resistencia de una mujer -dijo, sin apartar los ojos de las tentadoras, curvas de los pechos; que aparecían ansiosos por asomarse. Soltó un suspiro tembloroso-. Pero en ocasiones, se llega a un punto en que un hombre se siente provocado y tentado más allá de su voluntad. Y la violación puede tener sus recompensas. Si yo me siento tentado hasta límite

¿Crees que los piratas serán capaces de contenerse? sugiero que busques un vestido que no los tiente demasiado; además me evitarás pensamientos de violencia.

Con gesto petulante, Shanna empezó a buscar en los cofres y descartar vestido tras vestido. Ninguno parecía convenirle. Cuando la medida, estaba bien, el corte era demasiado audaz, cuando el estilo era el adecuado, la medida era grande como para asustar con el tamaño de la que usaba.

En el fondo de un gran baúl había un tesoro que le llamó la atención y ella apenas pudo contener su alegría cuando lo examinó. No hubiera podido adivinar cómo un vestido puritano había llegado a manos de un pirata pero quedó tan contenta con la prenda como si hubiese recibido un precioso regalo era en lana negra, con cuello alto Y, mangas hasta las muñecas, y amplios cuello y puños. Había además un gorro, tan austero como el vestido.

Shanna miró por encima de su hombro para ver si Ruark estaba observándola. El le daba la espalda y estaba asentando una navaja mientras se preparaba para rasurarse. Reunió todo en un atado y se deslizo detrás, de un espejo donde estaría a salvo de las miradas de él. Se quitó el vestido de terciopelo y se puso el de gruesa lana. No había encontrado ninguna camisa y la áspera lana le producía un molesto escozor en su delicada piel. Pero deseosa de perturbar la serena complacencia de el, y con traviesa, anticipación acomodo cuidadosamente el vestido alrededor de su estrecha cintura y su pecho redondeado y fue hasta donde estaba Ruark.

– ¿Quieres abrocharme?

– Sí, amor mío -repuso él rápidamente, dejó la navaja y se volvió. Pareció súbitamente dolorido. Sus ojos descendieron lentamente y su tono reflejó su desagrado.

– ¿Dónde encontraste eso? -dijo.

Shanna se encogió de hombros con aire inocente y agitó una mano hacia los cofres.

– Allí -dijo, y se alisó la falda-. ¿Estoy suficientemente cubierta?

Por toda respuesta, Ruark emitió un resoplido de desprecio. Shanna dijo, a la defensiva:

– Es todo lo que pude encontrar.

Levantó los largos y espesos rizos de su nuca y le dio la espalda, donde el vestido abierto revelaba la suave, cremosa desnudez. Pasó un largo y silencioso momento mientras Ruark abrochaba el vestido, tiempo suficiente para que Shanna reflexionara sobre las ventajas, de tener un marido. Hubo casi una tranquilidad doméstica, o más exactamente una tregua entre ellos en este momento en que él le prestaba el pequeño servicio.

– ¿Has encontrado un cepillo para tu cabello? -preguntó él.

Shanna negó con la cabeza, demasiado consciente de su desaliñó. Sintió la mano de él que acariciaba los enredados rizos y se apartó pues no quiso que él sintiera repulsión por su salvaje melena.

Acomodó el cabello todavía húmedo en un gran nudo encima de su cabeza, fue hasta la cama y se sentó en el borde. El calor del día había aumentado y resultaba bastante molesto. La picazón de la lana.

contra su piel delicada era un anuncio de lo que iba a venir. No pudo evitar un estremecimiento y miró a Ruark para ver si él lo había notado. Pero él había vuelto a la tarea de rasurarse y le daba la espalda. Desvió la vista y, vio su imagen en los espejos. La esposa de un puritano, pensó con desdén. Pero eso sería mucho más aceptable que lo que los piratas habían planeado para ella. Trató de imaginar la vida que llevaría una mujer en ropas de puritana, al estilo de vida puritano. Imaginó una cabaña en el bosque, una pequeña parcela de tierra, Ruark detrás de un arado mientras ella, encinta, con el vientre hinchado, lo seguía por los surcos arrojando puñados de semillas. Shanna, en el primer momento, pensó burlarse de esa idea pero sorprendentemente la ilusión no le resultaba tan desagradable, y se sintió desconcertada. Pensando en la vida que había llevado en los Camellos, llegó a la conclusión de que muy pronto hubiera echado de menos los lujos a que estaba acostumbrada.

Ruark terminó de afeitarse y Shanna lo observó mientras él se preparaba para su papel de pirata. La banda de seda roja fue cruzada sobre el pecho y atada en la cadera izquierda, de modo que se convirtió en una faja para colgar la pesada vaina del sable. Después, él eligió un puñado de medallas del armario para adornar su justillo y aseguró a su sombrero Una larga pluma roja. Abrió los brazos y se volvió hacia Shanna para que ella apreciara su transformación. Shanna gimió. El parecía un verdadero y malvado pirata.

– Pero Shanna, tengo que ser un pirata. -Bajó la vista hacia sus armas-. ¿Falta algo?

– No, capitán pirata -suspiró ella-. Juro que ni un pavo real podría superar tu exhibición.

– Vaya, gracias, Shanna. -Sus dientes relampaguearon en una sonrisa radiante-. ¿Vamos?

Ruark fue hasta la puerta, puso la mano, en la perilla, se volvió le indicó imperiosamente, con su índice:

– Vamos, señora. Uno o dos pasos atrás, Como una buena esclava.

Antes que Shanna pudiera replicar, él salió al, pasillo abriendo la marcha con pasos llenos de confianza. Shanna se puso de pie y 1o siguió humildemente bajando la escalera. La incomodidad que le causa el vestido de lana le había quitado las ganas de discutir.

El grupo de piratas ya estaba bebiendo ale en el salón y durante varios minutos Ruark y Shanna, fueron el centro de la diversión. Ruark representaba convincentemente su papel. Abriendo los brazos con gran desenvoltura, saludó a todos. Acaricio sus medallas y relató historias imposibles, descabelladas, sobre cómo las había ganado. Pronto los otros piratas estaban desternillándose de risa mientras, que Shanna permanecía silenciosa y se estremecía ante las groseras réplicas de los bandidos. Cuando las risotadas amainaron, Ruark gritó pidiendo comida y bebida y golpeó fuertemente la mesa hasta que Dora acudió llena de temor a sus llamados. El arrancó un trozo de cabra asada, tomó una hogaza de pan y arrojó a Shanna un poco de cada cosa. Después le dio una fuerte palmada en las nalgas y la envió a un rincón, donde ella se dedicó a masticar la poco apetitosa comida mientras dirigía miradas biliosas a Ruark.

Ruark no se sentó sino que caminó alrededor de la mesa, intercambiando, entre sorbos de ale y bocados de carne, bromas con los demás hombres. En un momento puso un pie sobre un banco y les indicó que, se reunieran a su alrededor. Shanna no pudo oír sus palabras pero adivinó que la historia era salaz porque los piratas se inclinaron ansiosamente hacia adelante a medida que él progresaba en el relato y después se doblaron en dos en medio de ruidosas carcajadas. Ruark les sonrió y agitó la mano como despedida. Chasqueó fuertemente los dedos cuando pasó por el rincón donde estaba ella. Shanna se levantó rápidamente y lo siguió.

Una vez fuera del interior fresco y sombrío de la posada, Shanna sintió todo el peso de su locura. La tela negra se calentó hasta achicharrada casi tanto como la arena caliente a sus pies. El vestido había sido cortado para preservar una casta modestia y no dejaba espacio a sus pechos llenos. Desde allí caía en una masa recta y suelta que se enanchaba en una falda amplia y pesada que se agitaba cuando ella trataba de seguir el paso vivo de Ruark. El tenía piernas largas y su paso era muy rápido. Desesperada, Shanna aferró su falda y trató de tenerla quieta para que sus nalgas y caderas no sufrieran con el roce de la basta tela.