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Ruark contuvo el aliento, aguardando la reacción del inglés; pero Harripen, después de la primera sorpresa, soltó una fuerte carcajada.

– ¡Maldición -dijo- ella es tan mala como el mismo Trahern!

El holandés, por efectos del ron negro que era su bebida preferida, se sintió más atrevido. Se acercó a Shanna y antes que ella pudiera reaccionar le dio un sudoroso abrazo de oso mientras le gritaba junto al oído.

– Ese Harripen no tiene suerte con las mujeres. Ahora, muchacha, el viejo Fritz Schwindel se encargará de ti.

La rodilla de Shanna encontró un punto sensible y el holandés, se dobló en dos en medio de gritos de dolor mientras su mano se alzaba, para darle un puñetazo en la cabeza. Shanna fue más veloz que el obeso holandés y esquivó el golpe, pero los dedos de él engancharon la parte posterior del escote del vestido y abrieron la costura hasta la cintura.

Ruark se agazapó y en seguida salto como una serpiente. Voló por el espacio como un tigre al ataque. Schwindel todavía estaba semi doblado, tratando de calmar el dolor de sus testículos, cuando Ruark lo golpeo en el pecho. El ataque lanzó al holandés contra la pared, y cuando rebotó, Ruark lo alzó y lo arrojó por encima de su hombro al suelo donde se deslizó debajo de la mesa.

El sable entonó su canción agridulce cuando salió de su vaina y el holandés se puso de pie del otro lado de la mesa, apartando sillas y hombres de su paso en su prisa por escapar.

– Nein. Nein -gritó- Der recht ich nicho haben. -Viendo que sus palabras no tenían efecto en Ruark, luchó con el idioma inglés y dijo-: ¡y o no tengo derecho! ¡Me rindo! ¡Me rindo!

La vista del cobarde gritando del otro lado de la mesa tranquilizó a Ruark, quien guardó lentamente su acero. Miró los rostros de los piratas y no vio ningún desafío. No necesitaba hablar más. Ellos entendían por fin sus derechos sobre la moza y que él no toleraría que los mismos fueran cuestionados. Volvió la espalda a los hombres y con un gesto envió a Shanna que lo precediera. La siguió con pasos lentos y mesurados hasta que estuvieron en su habitación, con la puerta cerrada y atrancada.

Ruark se apoyó en el marco y aspiró profundamente para relajar la tensión de su espalda. La misma había ido aumentando con cada paso que daba él alejándose de la mesa y tuvo la seguridad de que, con la posible excepción de Madre, no hubo ninguno que no hubiese querido tener el coraje para hundirle una hoja de acero entre las costillas. Vio que Shanna cruzaba la habitación hacia la ventana y que allí se quedó, mirando silenciosamente la oscuridad. El no podía adivinar que ella todavía estaba enojada con Carmelita y que nada quería saber con él.

Suspiró, tanto por frustración como por el alivio de estar todavía con vida. Que lo condenaran antes de arrastrarse ante ella para pedirle perdón por algo de lo que él era inocente; sin embargo, deseaba la ternura que sus explicaciones podrían provocar en ella. Ansiaba una mirada comprensiva, besarla en la boca, tomar en sus brazos el cuerpo sedoso, pero sabía que algo faltaría si no se tenía mutua confianza.

Había una vela encendida junto a la cama. Gaitlier, pensó. Y la cama estaba abierta como una invitación. El no recordaba haber visto al hombrecillo con los demás. Debió venir y retirarse por la parte de atrás la escalera exterior, pensó Ruark. También la bañera estaba llena. Realmente Gaitlier sabía atender a una dama como Shanna. Ruark se acercó a su esposa por detrás y levantó gentilmente un rizo de los hombros de ella.

– ¿Shanna?

Ella se volvió, con ojos dilatados por la ira y un desafío en los labios.

– Sshh -dijo él antes de que ella pudiera hablar. La tomó de una mano y la llevó hasta la bañera. Allí, la habitación estaba a oscuras y ella, no pudo entender el propósito de él hasta que él encendió una vela. En seguida, Shanna empujó a Ruark a un lado y rápidamente hizo una cortina improvisada con una sábana entre dos espejos.

Momentos después Ruark sonrió cuando la oyó meterse en el agua y suspirar aliviada contenta.

Momentos más tarde, Ruark se acercó a la cortina y la levanto haciendo que Shanna se sobresaltara. La acarició con la mirada de pies a cabeza. Los pechos brillaban con gotas de agua que parecían despedir chispas a la luz de la vela. El agua no ocultaba nada a sus ojos y sintió que su pasión empezaba a encenderse. Ella lo miraba con una mirada suave y respiraba rápidamente.

Shanna se cubrió el pecho con una toalla.

– Mi amo y señor, ¿no me concede un poco de privacidad?

Ruark la miró ceñudo

– Shanna, amor, ciertamente eres hermosísima, pero yo siento demasiado la mordedura de la ira, sobre todo últimamente.

¿Tengo que soportarlo pese a que no tienes motivos?

– ¡Que no tengo motivos! -estalló Shanna-. Te pavoneas de un lado a otro con tus calzones cortos y sin camisa, recorres las callejuelas más sórdidas de la aldea y te paseas por mi balcón para que yo te salude como a un amante perdido hace tiempo. ¿Acaso soy tonta? Ante ellos -señaló la puerta con la cabeza- haré el papel de esclava fregona pero no te equivoques. En esta habitación dormirás solo. O si en verdad eres un pirata atrevido, tendrás que emplear la fuerza para tomarme.

– Shanna -dijo Ruark, decidido a aclarar la situación-, ¿por haces esto? Yo…

– ¿Quieres dejar esa cortina, por favor, y permitirme cierta intimidad por un momento?

Después de despedirlo así, Shanna se recostó en la bañera y empezó a lavarse lentamente una pierna. Ruark contuvo el impulso de arrebatarle la toalla y poner fin a la indiferencia que ella aparentaba. Su pasión se lo pedía pero su mente sabía que eso hubiera sido una locura. Sabía que Shanna, enfrentada con la fuerza, se resistiría con todas las, energías de una gata furiosa y no se, rendiría hasta quedar agotada. ¿Dónde estaría entonces el placer de tomarla? El había conocido la alegría de la respuesta voluntaria de ella. No se conformaría con menos

Furioso, dejó la sábana que hacía de cortina y se tendió en la cama para mirar su silueta que se recortaba en la tela proyectada la luz de la vela. Pasaron varios minutos. Ruark se quitó los calzones se metió debajo de la sábana. Aguardó impaciente, sabiendo que Shanna no podría despedirlo fácilmente una vez en la cama. El ya había notado que los colchones de pluma se hundían en el centro y los acercarían uno al otro. Aun con grandes esfuerzos, a ella le costaría mantenerse separada.

La vela junto a la cama iluminaba la habitación con su débil resplandor. El seguía aguardando. Por fin ella apareció, completamente vestida. Llevaba una falda larga de seda negra bordada con flores multicolores y levantada a un costado para mostrar un muslo esbelto y torneado. Una blusa suelta y delgada, demasiado o grande, apenas se mantenía en su 1ugar sobre un hombro y la curva alta y llena de los pechos. Su cabello, iluminado por su propio oro, estaba sostenido hacia atrás con una cinta y caía sobre la espalda en toda su gloriosa longitud.

– ¿Le gusta esta indumentaria a mi capitán pirata? -preguntó ella en tono burlón- ¿Es lo bastante vulgar para su gusto?

Se acercó lentamente a la cama, contoneando las caderas como un barco encallado en un mar agitado. Sus pechos se movían con ella y amenazaban la seguridad de su recato a medida que la blusa demasiado grande caía cada vez más.

– ¿Desea mi capitán pirata una ardiente compañera de cama para la noche? -preguntó dulcemente.

Se detuvo a los pies de la cama, y meneó provocativamente las caderas. Ruark cerró la boca cuando se percató de que la tenía abierta. Entonces, súbitamente, los ojos de Shanna relampaguearon de ira y ella giró con majestuosa furia y fue hasta un cofre del que sacó una gruesa manta de lana. Dobló la manta en forma de un rollo largo y apretado al que puso cuidadosamente en el medio de la cama, debajo de la sábana de arriba, dividiendo la superficie nítidamente por la mitad.

Una expresión de burla y desprecio se extendió por su cara cuando habló.

– ¡Entonces, mi amo y señor capitán pirata -dijo entre con los dientes apretados- puede buscarse otra cama y otra hembra!

Le volvió la espalda, se quitó la falda y la blusa y soltó su cabello. Ahuecó la almohada, se metió debajo de la sábana y apoyó la cabeza en el respaldo de la cama. Al mirar más allá de los pies de la cama vio que

Ruark le sonreía por un espejo. Ese rostro travieso reflejábase una docena de veces y la miraba, como si uno solo ya no fuera intolerable. Shanna gruñó despectivamente, humedeció un dedo en su lengua y apagó la vela.

Ruark juró en voz baja, ahuecó su almohada a puñetazos, se cubrió con la sábana y sintió contra su espalda la ruda aspereza de la manta. Tiempo después, en la oscuridad, se oyó su voz.