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– He venido desarmado y sólo quería conversar -dijo Harripen

– ¿Desarmado? -Ruark señaló con su sable el borde de la bota de Harripen, donde asomaba el mango de una pequeña daga. El pirata se encogió de hombros y levantó los brazos.

– ¡Márchate ahora mismo, Harripen! -estalló Ruark-. Bajare a su debido tiempo.

El inglés señaló con sus manos.

– Tranquilízate, muchacho. No vengo con malas intenciones. Pensé que ahora estarían comiendo, eso es todo.

Con un encogimiento de hombros que pareció excusar su intromisión, cruzó la habitación hasta la fuente de comida tomó media gallina con sus manos sucias y empezó a comerla.

– Solo quería discutir contigo un asunto importante muchacho.

– No veo que tengamos nada que discutir -replicó secamente Ruark.

Harripen rió y se acercó a la cama, del lado donde estaba Shanna. Sus ojillos grises, acuosos, recorrieron lentamente el cuerpo de ella. Ignoró la expresión ceñuda de Ruark, se sentó sobre la cama y dirigió a Shanna una grasienta sonrisa mientras se metía en la boca un gran trozo del ave. Shanna retrocedió disgustada y rápidamente se refugió en los brazos de Ruark.

Ruark estaba medio sentado, medio arrodillado, con una rodilla sobre el borde de la cama, directamente frente a Harripen. La hoja del sable completaba el círculo alrededor de ella, con el borde filoso hacia afuera hacia el otro capitán.

Harripen señaló con la gallina y dijo:

– Ajá, veo que ella es ardiente. Muy ardiente y ansiosa por ti. Se diría por la forma en que le arrancó a Carmelita de tu regazo. ¿Cuánto quieres por ella? Difícilmente valga los problemas que te ha causado. -El bucanero se inclinó con ansiedad y sus ojos enrojecidos brillaron malignamente. Ladeó la cabeza y sonrió, con un ojo a, medio cerrar en un guiño inconcluso-. Oyeme, muchacho, te daré otra bolsa por tres noches con ella.

– Puede ser que llegue tu turno replicó Ruark lentamente pero por ahora por lo menos ella es mía.

– Ajá, eso ya lo has dejado claramente establecido -suspiró el pirata-. Sin embargo…

Harripen no pudo resistir el deseo de adelantar una mano grasienta para acariciar la brillante masa de rizos de Shanna pero se detuvo súbitamente cuando comprendió que si movía la mano una fracción de centímetro más, perdería más de un dedo pues el filo del sable se interpuso rápidamente. Sus ojos se posaron en Ruark y se dilataron levemente. Ruark lo miraba con una sonrisa que a la vez que era calma estaba llena de una paciencia extraña, mortal que hizo que a Harripen se le erizara la piel de la espalda.

Harripen retiró su mano como si hubiera tocado fuego, se levantó rápidamente de la cama y puso una buena distancia entre él y Ruark.

– ¡Infierno y condenación! -gruñó-. Eres muy quisquilloso. Pero no he venido a hablar de ella.

Arrojó hacia la mesa la gallina a medio comer y erró por amplio margen. En el espejo vio la imagen de Ruark y esos ojos de ámbar lo taladraron como los de un halcón receloso. Giró, se llevó las manos a la espalda y por un momento se balanceó sobre los talones, antes de empezar a hablar, casi con delicadeza.

– Mi propio barco es un poco más pequeño que el Good Hound pero hace tiempo que he puesto los ojos en el barco de Robby. Yo n quiero probar el filo de tu espada por ella, pero quizá podamos hacer negocio. Eres nuevo aquí y sabes poco de nuestras costumbres. Yo podría hacer que ganáramos una fortuna con un barco como el Good Hound y no arriesgaría su velamen ni a hombres valiosos ocupándome de fruslerías como la hija de Trahern. Pienso que mi parte del oro y mi propio barco serían un precio justo por el que tienes tú.

Ruark se levantó de la cama y apoyó un hombro contra uno de los sólidos postes. Apoyó en el suelo la punta de su sable, como aceptando la tregua ofrecida por Harripen. Pasó un largo momento antes de que respondiera.

– Esto es un asunto que tendré que pensarlo -dijo-. No tengo dudas sobre mi capacidad, pero mucho de lo que dices es verdad y, aunque tengo mi parte y la de Pellier, todavía necesito riquezas lo pensaré y pronto te daté mi respuesta.

Se adelantó, tomó a Harripen del brazo y lo condujo hasta la puerta.

– Pero hay una cosa que deseo pedirte -agregó Ruark-.Esta puerta es sólida. -Golpeó la madera con el puño de su espada-. Y un puño produce un buen sonido. Sabes -miró fijamente a Harripen-, casi rechacé tu propuesta antes de que tú me la hicieras. Te sugiero que no vuelvas a sobresaltarme.

Harripen asintió casi con ansiedad y se marchó. La puerta se cerró. El pirata se enjugó la frente y soltó el aliento. Ruark casi parecía demasiado gentil, pero sus ojos paralizaban a cualquiera cuando estaba furioso. Harripen se alejó y se consideró afortunado por haber salido ileso.

Ruark apoyó la oreja en la puerta y oyó que las pisadas de Harripen se alejaban por él pasillo, mientras Shanna se ponía apresuradamente su ropa.

Momentos después llamaron suavemente. Cautelosamente, Ruark abrió y encontró a Gaitlier acurrucado afuera. El hombrecillo se irguió y miró a Ruark por encima del borde de sus gafas.

– ¿Puedo entrar un momento señor? -dijo casi en un susurro.

Ruark abrió completamente la puerta y le indicó al sirviente que entrara. Gaitlier fue hasta la mesa y levantó del suelo el trozo de gallina. En un gesto nervioso que Ruark había notado antes, empezó a frotarse un pie con el otro, aparentemente sin saber cómo empezar.

– ¡Bueno, hombre! -dijo Ruark-. Habla.

Shanna miró al hombrecillo tan desconcertada como Ruark y dos veces más curiosa. Gaitlier miró al techo como si buscara ayuda divina. Por fin empezó, como si estuviera metiéndose en un mar helado.

– ¡Sé que son marido y mujer!

Lo dijo bruscamente. Shanna ahogó una exclamación y Ruark soltó un ronco gruñido. Gaitlier continuó.

– También sé, señor, que en su pasado hay algo a que temer y que usted es, en realidad, siervo de Trahern.

– Señaló una pequeña abertura muy alta en la pared, que ellos no habían notado antes y explicó-: Un agujero para escuchar y del otro lado una habitación de sirviente. -Ante las expresiones de desconcierto de ellos, continuó-: Una forma para que un sirviente sepa antes de entrar si puede o no interrumpir. Una cosa necesaria con el capitán Pellier.

Shanna enrojeció intensamente y esperó que la tormenta hubiera impedido oír sus expresiones de pasión.

Gaitlier sorprendió la mirada preocupada de Ruark hacia la puerta y se apresuró a tranquilizarlo.

– Esos tontos nada saben del agujero y nunca adivinarían su existencia. Creo que es una idea del Lejano

Oriente. En todo caso, muy útil. -Suspiró entrecortadamente-. Tengo que proponerle un negocio y espero que sea más honrado que el del capitán Harripen. Yo conozco el camino a través del pantano. -Hizo una pausa a fin de permitir que fuera asimilada la importancia de su declaración-. Me matarían si cualquiera de ellos -señaló con la cabeza hacia la puerta llegara a sospechar que lo sé.

Por un largo momento sólo se oyó el aullido del viento y las gotas de lluvia sobre el tejado. Gaitlier se quitó las gafas y las limpió con su camisa.

– Hay un precio, por supuesto -dijo tímidamente-. Cuando ustedes huyan, yo iré con ustedes y también la muchacha, Dora.

Volvió a ponerse las gafas en la nariz y miró a1os dos fijamente.

– Los ayudaré en todo lo posible -dijo- e iré con ustedes para indicarles la entrada del canal.

Ruark miró fijamente al hombrecillo. Nunca había sospechado el coraje del sirviente y estaba un poco sorprendido. Gaitlier interpretó equivocadamente su expresión ceñuda.

– No podría obligarme a revelar el secreto -advirtió el hombre con suficiente determinación para sonar convincente.

Ruark sonrió, acarició con su palma la culata de su pistola y miró a Gaitlier directamente a los ojos, antes de preguntar:

– ¿Y qué le hace pensar que nosotros planeamos escapar?

– Tendrían que hacerlo si no es así. – La mirada de Gaitlier no vaciló-. La balandra regresó anoche de Los Camellos poco antes de que empezara la tormenta. La Jolly Bitch casi fue sorprendida por una fragata que estaba frente a la costa mientras ponía a los siervos a bordo de un bote. Recibió varios disparos antes de poder ponerse a salvo.

– Un bergantín -rió Ruark.

– ¡El Hampstead! -dijo Shanna a sus espaldas-. No era una fragata, seguramente.

– ¡Que mas da! -Gaitlier desechó la corrección con un ademán-.Estos bandidos se han vuelto recelosos de su ingenio y temen la pérdida de varios hombres valiosos. Sólo esperan el momento apropiado para librarse de usted, y la dama sufrirá un destino mucho peor si ellos logran llevar a cabo aunque sea la mitad de sus planes.