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Ruark consideró la información y Shanna hizo silencio para permitirle pensar, Ruark miró un largo momento al suelo y después empezó a asentir con la cabeza. Su mirada se elevó y se clavó en Gaitlier.

– Usted tiene razón -dijo-. Debemos buscar nuestras, oportunidades y sacar de ellas el mejor partido posible. -Se volvió para mirar a Shanna. Su mandíbula se puso tensa-. Huiremos en la primera oportunidad.

Ansiosamente, Gaitlier acercó una silla, se sentó y se inclinó hacia adelante.

– El canal es difícil cuando soplan vientos del oeste -dijo- pero después de una gran tormenta, el viento sopla uno o dos días desde el norte. Ese sería el mejor momento para que una tripulación reducida intente el paso.

– Hay cosas que debemos considerar. -Ruark estaba inquieto pero sus ojos brillaban de entusiasmo-¿Puede regresar después del oscurecer? Debemos aventuramos a salir con la tormenta, pero nadie debe saberlo.

Gaitlier tenía una última pregunta: – ¿También llevarán a Dora, la muchacha?

– Sí -le aseguró Ruark-. Sería inconcebible dejar aquí a una inocente.

– Entonces aquí estaré. A última -hora. O si la tormenta amaina un poco, vendré antes. Diré a Dora que reúna lo que necesitaremos.

– ¡Entonces, de acuerdo!

CAPITULO DIECINUEVE

La habitación se convirtió en un mundo en sí misma, en un refugio contra el rugiente huracán que agitaba salvajemente los mares y lanzaba sus vientos contra los imprudentes edificios levantados por el insignificante ser humano. La marisma recibía la fuerza de las olas y protegía del agua la humilde duna de arena. La posada, agazapada detrás de la cresta de la colina, con sus sólidas paredes y sus pesadas tejas, protegía a los que estaban en su interior.

La puerta de roble protegía adicionalmente a Ruark y Shanna de las bestias ebrias y glotonas de abajo. Varias veces durante la tarde, los piratas subieron la escalera y golpearon con los puños la puerta de la habitación, para pedir a Ruark que llevara a Shanna para bailar o algo mejor para pasar las horas. Fueron solamente las amenazas de sus balas de plomo y de su acero filoso las que contuvieron a los más audaces. Ellos se retiraron murmurando maldiciones pero se fueron porque ninguno se sentía con valor suficiente para enfrentarse con Ruark.

Pasaron las horas y llegó la oscuridad. Empero, los postigos gemían y vibraban con la violencia de la tormenta. Shanna agradecía el ruido y la furia de la tempestad, porque con su violencia parecía protegerlos, y ella sentía que la presencia de Ruark era el factor que había buscado durante toda su vida. El estaba siempre cerca. Si ella se volvía de pronto, él la miraba y le sonreía. Si se dormía un momento y despertaba, ella se tranquilizaba oyendo los sonidos que él hacía cuando movía o estudiaba sus cartas de navegación. Aunque la tormenta amenazara con arrojados al mar,.ella ya no la temía y pensaba que nunca más volverían a aterrorizarla los truenos y relámpagos.

Sin embargo, se sintió aliviada cuando Gaitlier llamó a la puerta. El hombrecillo empujó con el pie un gran saco, y cuando hubo dejado sobre la mesa la bandeja de la cena y cerrado cuidadosamente la puerta, abrió el saco para mostrar, con orgullo, una escala de cuerdas. Les serviría para escapar. Antes de retirarse, se detuvo junto a la puerta y agitó 1a, cabeza con cierta preocupación.

– Dora ha tenido que ocultarse en la despensa -dijo- para escapar a las atenciones de Harripen y los demás, Carmelita les ha servido comida y bebida y mucho más, pero ellos se cansan de ella y buscan nuevas diversiones.

La noche se puso oscura. El barullo que llegaba de abajo había disminuido y sólo se oían sonidos ocasionales. Pasaban las horas y Ruark se inquietaba. Caminaba por la habitación, revisaba sus pistolas y probaba el filo de su sable.

Se produjo un cambio sutil en la tormenta. El viento ya no aullaba con tanta fuerza y la lluvia había disminuido. No bien Shanna y Ruark se percataron de esto, llamaron suavemente a la puerta y Ruark dejó entrar al sonriente Gaitlier.

– Nos. desquitaremos de estos individuos -dijo el hombrecillo frotándose las manos con expresión de regocijo-. Dos o tres disparos como venganza ¿eh?

Ruark no se unió a la ansiedad del hombre y arrugó la frente.

– Me temo que tendremos que renunciar a nuestro viaje, por lo menos por esta noche -declaró solemnemente, y el rostro del sirviente, súbitamente adquirió una expresión consternada-. Los piratas parecen inquietos y sospecho que nos preparan una traición. -Se acercó a 1a puerta y escuchó un momento-. Están demasiado silenciosos para mi gusto.

Gaitlier sonrió aliviado y sus ojos brillaron detrás de los pequeños cristales.

– Es solo que todos están borrachos -dijo-. Carmelita se canso de sus juegos y les sirvió solamente fuerte ron negro. Pasarán unas horas antes de que se recuperen.

Ruark observó al hombre un momento. Abrió la puerta y fue hasta la escalera para cerciorarse. El salón estaba en tinieblas, iluminado apenas por unos pocos cabos de vela, aunque alcanzó a distinguir una docena de formas oscuras que parecían dormir en diversas posiciones. Madre estaba echado sobre su barriga, sobre la mesa, cuan largo era, y roncaba con fuerza, con un rugido grave y un silbido agudo.

Satisfecho, Ruark regresó, atrancó la puerta y después puso ella un pesado cofre con guarniciones de hierro. A una seña de Ruark, Gaitlier empezó a asegurar la escala a la balconada de hierro ventana. Ruark se quitó toda la ropa con excepción de los calzones. Después de revisar nuevamente sus pistolas, las dejó amartilladas sobre la mesa, donde estarían a mano por si Shanna llegaba a necesitarlas. Gaitlier también se quitó la ropa y aseguró un pesado machete en su cinturón.

Ruark se calzó su sable y los dos frotaron sus cuerpos con hollín de la lámpara. Cuando Shanna estaba cepillándose el cabello frente a un espejo, Ruark se acercó por detrás y le manchó la cara con la substancia negra y grasienta. Ella se vo1vio riendo, y con entusiasmo le ayudo a extender el hollín sobre su pecho y sus brazos.

Las velas fueron apagadas, excepto una dentro de una linterna sorda que dejaron sobre la mesa. Ruark besó a Shanna en los labios, cerró la tapa de la linterna y la habitación quedó a oscuras. Shanna sintió que él le estrechaba la mano y después oyó que la escala descendía. Aguardó hasta que estuvo segura de que se habían marchado y entonces recogió la escala, tal como le había indicado Ruark, y cerró los postigos antes de abrir la linterna.

Ahora era solamente cuestión de esperar. Ruark había tratado de informarla de sus planes, pero ella, ansiosa por la seguridad de él, no le prestó, mucha atención y sólo recordaba que tenían algo que ver con el depósito de pólvora de los piratas y amontonar ramas menudas en la barranca.

Sin pensado, Shanna imitó los gestos de Ruark cuando revisó las pistolas, vio que estuvieran debidamente cargadas y amartilladas y las dejó otra vez sobre la mesa; probó el filo de la pequeña daga y la deslizó debajo de su cinturón. Empezó a pasearse inquieta por la habitación., De tanto en tanto, miraba el reloj de arena.

Una ráfaga agitó los postigos y la hizo saltar. Grandes gotas de lluvia empezaron a caer nuevamente y el viento a gemir. Otra vez miró el reloj y vio que en la mitad superior quedaba solamente una pequeña cantidad de arena. ¡Ha pasado casi una hora! -pensó-. ¿Les habrá sucedido algo malo?

Se volvió para voltear el reloj pero súbitamente quedó inmóvil] pues por encima del ruido de la lluvia creyó oír un pequeño sonido; prestó atención y otro guijarro golpeó contra los postigos.

Shanna ahogó un grito de alegría, corrió hacia la ventana y súbitamente recordó que había olvidado cerrar, la linterna. Lo hizo rápidamente, volvió a la ventana, la abrió y dejó caer la escala. No podía ver hacia abajo y por precaución retrocedió en las sombras y apuntó con una pistola hacia la ventana, hasta que reconoció la cabeza oscura y los anchos hombros de Ruark. El entró de un salto y se volvió para ayudar a subir a Gaitlier.

Shanna y Ruark se abrazaron. El sintió que ella temblaba, le levantó el mentón y la besó, indiferente a la presencia de Gaitlier, quien recogió la escalera, cerró los postigos y abrió cautelosamente la linterna.

Cuando Shanna y Ruark se separaron, Gaitlier tendió a Ruark una toalla y empezó él mismo a secarse. En esos momentos la tormenta recuperó toda su furia, pero a Shanna ya no le importó. Se acurrucó en una silla mientras los hombres se inclinaban sobre los mapas y hablaban en voz baja.