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– ¿Quieres abrocharme?

– Sí, amor mío -repuso él rápidamente, dejó la navaja y se volvió. Pareció súbitamente dolorido. Sus ojos descendieron lentamente y su tono reflejó su desagrado.

– ¿Dónde encontraste eso? -dijo.

Shanna se encogió de hombros con aire inocente y agitó una mano hacia los cofres.

– Allí -dijo, y se alisó la falda-. ¿Estoy suficientemente cubierta?

Por toda respuesta, Ruark emitió un resoplido de desprecio. Shanna dijo, a la defensiva:

– Es todo lo que pude encontrar.

Levantó los largos y espesos rizos de su nuca y le dio la espalda, donde el vestido abierto revelaba la suave, cremosa desnudez. Pasó un largo y silencioso momento mientras Ruark abrochaba el vestido, tiempo suficiente para que Shanna reflexionara sobre las ventajas, de tener un marido. Hubo casi una tranquilidad doméstica, o más exactamente una tregua entre ellos en este momento en que él le prestaba el pequeño servicio.

– ¿Has encontrado un cepillo para tu cabello? -preguntó él.

Shanna negó con la cabeza, demasiado consciente de su desaliñó. Sintió la mano de él que acariciaba los enredados rizos y se apartó pues no quiso que él sintiera repulsión por su salvaje melena.

Acomodó el cabello todavía húmedo en un gran nudo encima de su cabeza, fue hasta la cama y se sentó en el borde. El calor del día había aumentado y resultaba bastante molesto. La picazón de la lana.

contra su piel delicada era un anuncio de lo que iba a venir. No pudo evitar un estremecimiento y miró a Ruark para ver si él lo había notado. Pero él había vuelto a la tarea de rasurarse y le daba la espalda. Desvió la vista y, vio su imagen en los espejos. La esposa de un puritano, pensó con desdén. Pero eso sería mucho más aceptable que lo que los piratas habían planeado para ella. Trató de imaginar la vida que llevaría una mujer en ropas de puritana, al estilo de vida puritano. Imaginó una cabaña en el bosque, una pequeña parcela de tierra, Ruark detrás de un arado mientras ella, encinta, con el vientre hinchado, lo seguía por los surcos arrojando puñados de semillas. Shanna, en el primer momento, pensó burlarse de esa idea pero sorprendentemente la ilusión no le resultaba tan desagradable, y se sintió desconcertada. Pensando en la vida que había llevado en los Camellos, llegó a la conclusión de que muy pronto hubiera echado de menos los lujos a que estaba acostumbrada.

Ruark terminó de afeitarse y Shanna lo observó mientras él se preparaba para su papel de pirata. La banda de seda roja fue cruzada sobre el pecho y atada en la cadera izquierda, de modo que se convirtió en una faja para colgar la pesada vaina del sable. Después, él eligió un puñado de medallas del armario para adornar su justillo y aseguró a su sombrero Una larga pluma roja. Abrió los brazos y se volvió hacia Shanna para que ella apreciara su transformación. Shanna gimió. El parecía un verdadero y malvado pirata.

– Pero Shanna, tengo que ser un pirata. -Bajó la vista hacia sus armas-. ¿Falta algo?

– No, capitán pirata -suspiró ella-. Juro que ni un pavo real podría superar tu exhibición.

– Vaya, gracias, Shanna. -Sus dientes relampaguearon en una sonrisa radiante-. ¿Vamos?

Ruark fue hasta la puerta, puso la mano, en la perilla, se volvió le indicó imperiosamente, con su índice:

– Vamos, señora. Uno o dos pasos atrás, Como una buena esclava.

Antes que Shanna pudiera replicar, él salió al, pasillo abriendo la marcha con pasos llenos de confianza. Shanna se puso de pie y 1o siguió humildemente bajando la escalera. La incomodidad que le causa el vestido de lana le había quitado las ganas de discutir.

El grupo de piratas ya estaba bebiendo ale en el salón y durante varios minutos Ruark y Shanna, fueron el centro de la diversión. Ruark representaba convincentemente su papel. Abriendo los brazos con gran desenvoltura, saludó a todos. Acaricio sus medallas y relató historias imposibles, descabelladas, sobre cómo las había ganado. Pronto los otros piratas estaban desternillándose de risa mientras, que Shanna permanecía silenciosa y se estremecía ante las groseras réplicas de los bandidos. Cuando las risotadas amainaron, Ruark gritó pidiendo comida y bebida y golpeó fuertemente la mesa hasta que Dora acudió llena de temor a sus llamados. El arrancó un trozo de cabra asada, tomó una hogaza de pan y arrojó a Shanna un poco de cada cosa. Después le dio una fuerte palmada en las nalgas y la envió a un rincón, donde ella se dedicó a masticar la poco apetitosa comida mientras dirigía miradas biliosas a Ruark.

Ruark no se sentó sino que caminó alrededor de la mesa, intercambiando, entre sorbos de ale y bocados de carne, bromas con los demás hombres. En un momento puso un pie sobre un banco y les indicó que, se reunieran a su alrededor. Shanna no pudo oír sus palabras pero adivinó que la historia era salaz porque los piratas se inclinaron ansiosamente hacia adelante a medida que él progresaba en el relato y después se doblaron en dos en medio de ruidosas carcajadas. Ruark les sonrió y agitó la mano como despedida. Chasqueó fuertemente los dedos cuando pasó por el rincón donde estaba ella. Shanna se levantó rápidamente y lo siguió.

Una vez fuera del interior fresco y sombrío de la posada, Shanna sintió todo el peso de su locura. La tela negra se calentó hasta achicharrada casi tanto como la arena caliente a sus pies. El vestido había sido cortado para preservar una casta modestia y no dejaba espacio a sus pechos llenos. Desde allí caía en una masa recta y suelta que se enanchaba en una falda amplia y pesada que se agitaba cuando ella trataba de seguir el paso vivo de Ruark. El tenía piernas largas y su paso era muy rápido. Desesperada, Shanna aferró su falda y trató de tenerla quieta para que sus nalgas y caderas no sufrieran con el roce de la basta tela.

Ruark caminaba como si estuviera disfrutando de un paseo vespertino. Arrancó una rama pequeña y la alisó con un cuchillo hasta hacerse un bastón. Un silbido desentonado brotaba de sus labios. Aparentemente, no prestaba atención a la muchacha que luchaba por seguirle los pasos.

El amplio cuello le rozaba dolorosamente la garganta y Shanna empezó a quitárselo pero la áspera lana le resultaba aún más molesta. Los puños almidonados se deslizaban hacia abajo por sus muñecas y constantemente tenía que levantar uno u otro brazo para volverlos a su lugar. Entraron en la aldea, y los guijarros, que marcaban los senderos entre las escuálidas chozas estaban más calientes que la arena.

"El quiere que me arrastre y le implore piedad – pensó Shanna, furiosa. ¡No lo haré! ¡No te daré ese placer, así quede en carne viva!"

El sol caía a plomo. No había sombra y la mayoría de los habitantes se habían refugiado en sus chozas para dormir la siesta, huyendo del calor. Debajo de una pequeña enramada, una anciana en andrajos dormitaba entre pilas de hortalizas y frutas. Cuando Ruark la despertó para pedirle una muestra, de su mercadería, la mujer se mostró muy fastidiada pero su carácter se suavizó notablemente cuando vio el color de la moneda de él. Mientras él y la anciana regateaban, Shanna se sentó sobre un fardo de cáñamo para dar descanso a sus pies abrasados y rehusó tercamente el ofrecimiento de Ruark de un bocadillo para que comiera. Cuando reiniciaron la marcha, Shanna se levantó y apretó los dientes por el esfuerzo que ello le costó. Ruark caminaba ahora más despacio mientras comía bananas pequeñas y maduras y trozos de pulpa seca de coco. Shanna tenía menos dificultad en seguirlo pero ya estaba al borde de su resistencia. El sudor le corría en molestos hilillos por el medio de la espalda. Quería desesperadamente rascarse, pero tenía las manos ocupadas con la falda y los incómodos puños. Cuando pasaron junto a un pequeño grupo de arbustos, arrancó los puños y los arrojó hacia atrás cuidando de que Ruark no la viera. No ganó mucho en comodidad por que ahora las mangas se le humedecieron con la transpiración y se le pegaron a los brazos.