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– No demasiado lejos.

Shanna se puso rígida y apretó los puños. Sin volverse, pregunto, secamente:

– ¿No se me permite algo de intimidad, mi amo y señor?

– Aléjame demasiado, amor, y podrás encontrar más compañía de la que deseas. Estamos cerca de la posada y no conviene que andes, vagando sola.

Shanna apretó los dientes.

– Entonces -dijo- vuelve la espalda. Por lo menos esto te pido.

– Concedido.

Cautamente, Shanna miró por encima de su hombro para ver si él realmente le había vuelto la espalda.

Después buscó la protección de los árboles.

Regresó poco después y encontró a Ruark con los pies en la charca. Se había quitado, las armas, el chaleco y el sombrero y los había dejado en el suelo.

– ¿Quieres compartir un baño conmigo? -preguntó él.

Shanna levantó airada su nariz quemada por el sol. Pero la charca ofrecía el único alivio a la vista y la tentación de acompañarlo fue demasiado intensa. Metió un dedo del pie en el agua y observó subrepticiamente mientras Ruark buscaba una parte más profunda. Con lentos y elásticos movimientos, él cruzó la charca nadando y regresó junto a ella. La miró.

– ¿Y bien? -preguntó poniéndose de pie-. ¿Vienes?

Shanna se encogió de hombros. Ruark tomó su respuesta como asentimiento y nuevamente se internó donde el agua era más profunda. Shanna se decidió y empezó a desabrocharse el vestido, pero se detuvo al oír el sonido de una campanilla que se acercaba. Aparecieron dos cabras de grandes ubres con sus, crías y detrás de ella, tarareando una melodía, venía Carmelita. Al ver a quienes la habían precedido, la mujer dio un grito de saludo.

– Eh, veo que se me han adelantado -dijo-. Muévete, mujer, porque allí voy.

Se quitó rápidamente las ropas que arrojó sobre unos arbustos. Después, con una falta total de pudor, desnuda, se zambullo levantando un géiser de agua, cuyas salpicaduras mojaron a la atónita Shanna.

Ruark se puso de pie y apartó de sus ojos sus cabellos mojados. Alzó la vista a tiempo para ver que Shanna se alejaba corriendo por la huella. La llamó pero sólo le respondió el furioso balido de una cabra.

Salió del agua y rápidamente se calzó las sandalias.

– Tonta -.murmuró-. Se meterá en problemas.

Tomó el resto de sus ropas y empezó a vestirse mientras corría.

Carmelita quedó mirándolo, decepcionada.

– ¡Malditos! -murmuró la mujer-. No pudo quedarse para un popo de diversión. ¡De todos modos, tenía puestos sus calzones!

Ruark alcanzó por fin a Shanna cuando terminó de vestirse y ceñir la faja con el sable. Shanna siguió caminando en silencio, con la vista fija hacia adelante.

Ruark traspuso la puerta de la posada antes que ella, pero ella paso junto a el sin detenerse y subió la escalera hasta su habitación. Afortunadamente el lugar estaba vacío con excepción de Madre, quien dormitaba en una silla. El hombrón se sobresaltó y miró a Ruark, pero en seguida volvió a dormirse.

Shanna estaba detrás de la puerta cuando Ruark la cerró tras de si y miró sorprendido la habitación.

El lugar había sido limpiado y fregado y olía a fuerte jabón de lejía. Las tablas del piso exhibían lugares mojados y todos los muebles brillaban con una película de cera. Los colchones de pluma manchados de la noche anterior habían sido reemplazados por otros nuevos y limpios y sábanas inmaculadas estaban prolijamente metidas debajo de 1os mismos. Grandes y mullidas almohadas, con fundas limpias, estaban apoyadas en la cabecera. Hasta la tina de baño había sido limpiada brillaba suavemente como una joya fina en el extremo de la habitación. Una mesilla estaba cubierta de toallas y en otra había una gran variedad de aceites perfumados, esencias, perfumes, jabones y sales. Una bacinilla limpia estaba debajo del lavabo y la jarra rebosaba de agua fresca y límpida junto a la jofaina que, milagrosamente, había perdido su capa de mugre.

Shanna dio un pequeño respingo, como si volviera a la realidad y se llevó las manos a la espalda para desprenderse el vestido. Encogió los hombros y la prenda cayó al suelo. Indiferente a la presencia de Ruark, se desembarazó de la áspera tela de lana a la que hizo a un lado de un puntapié. Se inclinó sobre el lavabo, llenó la jofaina con agua y hundió las manos en el refrescante líquido. Después levantó los brazos uno después de otro y dejó que el agua fresca cayera hacia abajo. Suspiró profundamente, tomó un paño suave y una pastilla de jabón y empezó a lavarse con evidente placer. Levantó el mentón y frotó suavemente la zona enrojecida de su cuello. Después de un momento abrió los ojos y en el espejo vio que Ruark la observaba con deleite. Se volvió y le dirigió una mirada colérica.

– Llénate los ojos, asno libidinoso. Quizá tu Carmelita aún aguardándote en la charca.

Ruark se quitó el sombrero y lo arrojo sobre la cama. Su voz sonó seca y tajante.

– Es evidente que no has perdido tu talento para fastidiarme, mío -dijo.

Se quitó la faja y se detuvo junto al vestido de lana, al que levanto con la punta de la vaina de su sable.

– ¿Quieres que airee tu vestido? -preguntó burlón-. ¿Quizás para un paseo por la mañana?

– Arrójalo por la ventana -dijo ella, señalando con el mentón Ruark así lo hizo e inmediatamente hubo una conmoción de voces debajo de la ventana. Ruark se asomó y vio un par de pilletes de no más de seis años que se disputaban el vestido. Cuando él apareció, interrumpieron la pelea y se alejaron corriendo, cada uno aferrando con fuerza un extremo de la prenda. Abajo, de todos los vestidos y otras cosas que arrojara la noche anterior solo quedaban algunos trozos de vidrios rotos. Hasta la bacinilla había desaparecido. Ruark no había pensado que toda esa basura sería tan apreciada por los pobladores de la aldea.

Cuando se volvió, vio que Shanna todavía esta a secándose. Sus ojos cayeron sobre los pechos jóvenes y tentadores. En uno de los pezones había un pequeño copo e espuma y e no pudo resistirse y lo enjuagó con los dedos. Shanna le dio un fuerte codazo en las costillas.

– Quítame las manos de encima -dijo ella.

– ¿Entonces me concedes permiso para buscar en otras lo que tú no me das? -preguntó él en tono burlón.

– Nada obtendrás de mí -estalló ella- salvo un puñetazo en la barriga si vuelves a tocarme. -Se envolvió en una sábana limpia y cubrió cuidadosamente los frutos tentadores que él había querido probar.

Shanna se volvió para lavarse la cara.

Ruark tomó un peine de concha que estaba sobre una pila de sábanas. Empezó a darle vueltas en sus manos, admirando el delicado tallado pero súbitamente le fue arrebatado por Shanna, quien pareció olvidar su irritación.

– ¿Dónde encontraste esto? -preguntó maravillada.

– Ahí -señaló él-. Estaba junto al cepillo.

Con un grito de alegría, Shanna se apoderó también, del cepillo. Apretó ambos objetos contra su pecho como si fueran un valioso presente.

– Ooohhhh -dijo suavemente-. Gracias, Gaitlier. Sabes como tratar a las mujeres.

Ruark la miró, con su orgullo herido.

– No es nada más que un peine y un cepillo -comentó ceñudo.

– ¡Nada más! -dijo Shanna sorprendida-. Eres un patán, no tienes ni la mitad de la comprensión de ese hombre.

Shanna empezó a peinar sus rizos desordenados, mirándose alternativamente en cada uno de los espejos de la habitación.