El día terminó. Carmelita y Dora colgaron lámparas de aceite sobre la larga mesa del salón cuando la oscuridad invadió la posada. La ruidosa jovialidad aumentaba a medida que circulaban las copas entre Harripen y los otros capitanes. Ruark estaba sentado en la sombra, un poco apartado del grupo, y observaba cómo los piratas iban animándose con la abundancia de ron y de ale. El, por su parte, bebía moderadamente de su propio jarro y de tanto en tanto miraba hacia la escalera, aguardando la aparición, de Shanna.
Harripen se apartó del ruidoso grupo que se había reunido alrededor de su asiento y se acercó a Ruark.
– Ah, hombre, contigo quería hablar -dijo lentamente el pirata-. He estado preguntándome acerca de la muchacha.
Ruark levantó una ceja. En la semipenumbra con sus ojos brillaron como piedras, sin la menor traza de simpatía..
– ¿Es verdad, muchacho? -continuó Harripen-. Uno de los siervos dijo que la muchacha no era virgen sino viuda.
Ruark se encogió de hombros.
– Quedó viuda hace unos meses -dijo-, de un tipo de apellido Beauchamp.
– Síiii -dijo Harripen, con ojos llenos de lujuria-. Y una viuda reciente se muestra muy contenta de tener un buen hombre sobre su barriga.
Soltó una risotada que hizo temblar las maderas del techo. Sus compañeros se acercaron y Ruark sintió que se le ponían tensos 1os músculos del vientre. Shanna, como tema de conversación, solamente podía traer problemas.
Hawks se sentó a la mesa y se inclinó sobre su capitán. Los otros lo imitaron, como si fueran a compartir un secreto con él, pero el hombre habló lo bastante alto para que Ruark oyera claramente sus palabras.
– Si un hombre complace a la dama -dijo- ¿no es seguro una docena podrían complacerla más? Creo que deberíamos hacerlo por turnos, y siendo equitativos como somos, ningún hombre -señaló Ruark con el pulgar- debería quedarse con todo el botín. Además el ya se ha quedado con la parte del pobre viejo Robby.
Siguió un asentimiento general y hambrientas sonrisas indicaron que todos estaban de acuerdo. Harripen se levantó y volvió a su silla.
Riendo por lo bajo, miro a Ruark de soslayo y sus Ojos brillaron como si estuviera convencido de que él sería el primero en disfrutar del arreglo.
Ruark se echó hacia atrás, su tensión se convirtió en una relajada disposición para presentar batalla en cualquier momento. Devolvió la mirada a Harripen por encima del borde de su jarro y bebió calmosamente su ale.
– ¿Dónde está la moza? -preguntó Harripen-. Habitualmente no se separa de ti.
Ruark señaló hacia la escalera.
– Está en la habitación -dijo-. Pero les advierto…
– Ah, no nos adviertas nada colonial -interrumpió con atrevimiento el capitán mulato. El ron negro le había dado un coraje desusado. Agito un puño y se apartó de la mesa-. Yo traeré a la señora Beauchamp para que salude a sus amigos
Riendo a carcajadas, empezó a caminar tambaleándose hacia la escalera.
– No vengan si me demoro -rugió por encima de su hombro, y puso el pie en el primer escalón
La explosión que se produjo en la habitación dejó a todos aturdidos y el mulato quedo paralizado y el mulato quedó paralizado cuando voló un trozo de pared en el lugar donde había dado la bala, a pocos centímetros de su nariz. Furioso se volvió y vio que Ruark bajaba su pistola todavía humeante.
El hombre soltó un juramento, sacó su machete y se abalanzó para vengarse de su atacante. Apenas sus pies tocaron el suelo, se detuvo abruptamente. La boca de la segunda pistola parecía dos veces más grande que la anterior y se abría hambrienta ante su pecho. Vio que el arma estaba amartillada y su cólera desapareció con la misma rapidez conque él recobró la sobriedad.
– Yo… yo… -tartamudeó-. No quise hacer daño, capitán. Sólo estaba bromeando.
La pistola se apartó de su pecho. Ruark asintió tiesamente.
– Tus disculpas son aceptadas -dijo.
La mirada de Ruark fue más allá del hombre. Shanna estaba en la cima de la escalera. Se había puesto un vestido recatado de una medida que se acercaba a la de Carmelita. Caía casi recto desde los hombros, pero su anterior dueña no había tenido la altura suficiente para permitir que la falda cubriera los tobillos delgados y los pies descalzos de Shanna.
Entre los pliegues de la falda algo brillaba en las sombras, y Ruark vio que se trataba de una pequeña daga de plata. Sin duda, ella la había encontrado entre los efectos personales de Pellier cuando buscaba un vestido apropiado. Era un arma lastimosamente pequeña, pero conociéndola a ella, Ruark adivinó que estaba dispuesta a luchar contra el mundo.
El mulato ocupó un lugar en el extremo más alejado de la mesa, aunque Ruark ya había metido su pistola en su cinturón.
– Únase a nosotros, por favor, señora Beauchamp -dijo Ruark, acercándosele dos o tres pasos. Se inclinó ante ella y señaló un lugar a su lado-. Venga, póngase aquí.
Antes de ponerse bajo la luz Shanna ocultó su daga entre los pliegues de la falda. Cuando se acercó, Ruark miró a los piratas y lentamente volvió a cargar el arma que había disparado hacía unos momentos. Puso la bala en el caño y la apretó suavemente contra la pólvora, después apoyó la baqueta en un hombro de Shanna. A ella se la vela muy pálida, muy pequeña y muy obediente.
– Esto es mío -ladró él, y hasta Shanna se sobresaltó ante el sonido de su voz que sonó muy fuerte en el silencio de la habitación. El se acercó a la mesa, apoyó en ella la culata de la pistola y con un sólido clic metió la baqueta en su lugar, debajo del cañón.
Amartillo cuidadosamente el arma, apoyó un pie en un banco y puso el codo sobre la rodilla, dejando que la pistola colgara flojamente de su mano. con calma, miró una a una las caras que tenía delante.
– Ustedes hablan de compartir -dijo él en tono peligrosamente suave-. Yo hubiera podido reclamar la parte tuya. -Señaló con su arma al capitán mulato-. Y la tuya. -Miró directamente a Hawks mientras pasaba lentamente el pulgar por el disparador-. O hasta la tuya. -Sonrió a Harripen. Después rió sardónicamente y habló por encima de si hombro-. Parece que Madre es el único que no cuestionará mis derechos sobre usted, señora Beauchamp.
Guardó la pistola con su compañera. Sacó el largo sable, y apoyo la punta en la mesa, frente a los hombres.
– Si alguien quiere cuestionar mis derechos sobre algo, que hable ahora y lo aclararemos.
Sus ojos se clavaron en cada uno de ellos hasta que los hombres desviaban la vista o negaban con la cabeza, rehusando el desafío. Ruark envainó el sable.
– Así está bien.
Volvió junto a Shanna y empezó a hablar en un tono como estuviera reprendiendo a un grupo de niños.
– Deben considerar a la señora Beauchamp como una pieza de mercadería, la cual, por las reglas de ustedes y con el consentimiento de ustedes, ha sido dejada a mi cuidado. Ella es un tesoro de gran valor cuyo rescate podría enviar a muchos a las colonias como hombres ricos. -Levantó la cabellera de ella y se las mostró-. Una, tapicería o una pintura es un objeto de gran belleza y de gran valor, pero si se lo maltrata y destroza no vale más que un harapo, sin utilidad para nadie, ¿Piensan entregar a su padre a una hija violada y obtener una recompensa? ¿Han oído hablar de Trahern? ¡Yo sí! ¡Madre también! El me dará la razón. Si la hija de Trahern llegara a sufrir el menor daño, el hombre los perseguirá a todos hasta el confín de la tierra y no descansará hasta haberse vengado colgándolos a cada uno de ustedes del penol de la verga.