Todos guardaron silencio mientras consideraban la advertencia. Madre se levantó de su silla y la mesa crujió cuando él apoyó su peso el ella.
– Escúchenlo, muchachos -ordenó su voz de tenor. Su calva brillo a la luz de las lámparas y sus mejillas se sacudieron cuando él movió cabeza para mirarlos uno por uno-. El hombre tiene razón, y me temo que si no le hacen caso, no quedará ni la mitad de ustedes para tripular un barco. Necesitamos a todos los hombres capaces, y a el tanto como a los demás.
Hubo murmullos de renuente aceptación y después de un momento Harripen golpeó la mesa con su jarro.
– Carmelita! ¡Dora! Traigan comida -gritó- Me duele la barriga de hambre, tanto de comida como de una buena hembra.
La tensión aflojó y los corsarios volvieron a sus bebidas. Ruark señaló con la cabeza un banco en las sombras detrás de su silla, y Shanna fue rápidamente hasta el asiento, con las rodillas todavía temblorosas.
Los hombres empezaron a hablar y bromear como antes, pero de tanto en tanto Ruark sorprendía una mirada en su dirección. Orlan Trahern haría bien en darse prisa para rescatar a su hija, pensó Ruark, porque ni él mismo sabía cuánto tiempo sería capaz de seguir conteniendo a los piratas. En su mayoría, ellos eran criminales, prófugos de la ley, descastados, marginados. Con despreocupado abandono enfrentaban la muerte, porque la muerte solamente significaba el fin de una existencia carente de objetivos. Lo que, más temían era la mutilación porque debían ser sanos y fuertes para realizar sus correrías. Una vez baldados, tendrían que mendigar las migajas de la cruel e implacable jauría.
Ruark se mostraba ante los otros relajado y confiado. Estiró sus largas piernas y apoyó un brazo en el borde de la mesa. Solamente Shanna sabía que en él había algo parecido a una bestia salvaje. Nunca se podía estar seguro de su humor y siempre había que tratarlo con el respeto debido a un animal peligroso.
"Dios se apiade del mundo si él llegara a convertirse en un pirata auténtico" pensó ella.
"Sería un pirata endemoniadamente efectivo. Tiene una aptitud especial para dirigir hombres -sus ojos se entrecerraron cuando Carmelita se acercó contoneándose con una bandeja rebosante de carnes asadas- y también para dirigir a las mujeres"
Mientras Dora prefería mantenerse lo más lejos posible de los hombres y dedicarse a cargar las fuentes en el fogón y llenar las jarras Con ale o vino, Carmelita se dedicaba a servir la mesa, tarea que cumplía de muy buena gana. Ella podía llevar diestramente una bandeja llena de comida en una mano y aferrar con la otra mano varios jarros rebosantes, y todavía caminar con un provocativo menear de caderas. Riendo alegremente, esquivaba los brazos que intentaban abrazada y las manos que parecían ansiosas de aferrar porciones de su cuerpo. Sin embargo, exhibía el valle entre sus pechos con sorprendente imparcialidad, aunque junto a Ruark se detenía demasiado y frotaba innecesariamente su muslo contra el de él. Ahora se inclinó para que Ruark pudiera apreciar a su placer sus encantos mientras se dedicaba a llenarle el jarro de ale. Cuando se retiró, sus pechos rozaron en toda longitud el brazo de él, en una forma abierta, deliberada.
Shanna se puso furiosa porque Ruark no evitaba sus atenciones. No podía ver la expresión ceñuda con que él miraba fijamente a Carmelita hubiera querido aplicar un fuerte puntapié en las voluminosas nalgas la mujer.
Súbitamente Madre golpeó la mesa con su jarro y los miró a todos con expresión acusadora.
– En esta habitación algo huele mal -gritó-, huele a los ricos altaneros. -Los silenció a todos con un violento movimiento del brazo-. Hay un olor a látigos, a sangre y sudor. Hay olor a riquezas y a justicia torcida. Huele como…
Su mirada recorrió nuevamente la habitación hasta detenerse en Shanna. Ella miró fijamente los ojos enloquecidos y si hubiese esta sola, sin Ruark a su lado, se habría ocultado presa de pánico. Con, movimiento súbito, Madre la señaló con un índice acusador.
– Es el olor de una Trahern gritó, y Shanna se encogió de manera muy convincente cuando todos se volvieron para mirada. Ruark se puso rígido imperceptiblemente y dejó su jarro. La risa aguda de Madre resonó en la habitación-. Tranquilícese, señor Ruark. Aquí nadie cuestiona sus derechos sobre la harpía. Usted sabe bien que yo no puedo desafiar sus derechos. Pero quiero que ella nos sirva como yo serví a su padre… como una esclava.
De todas partes surgieron gritos de aprobación y Carmelita dio su opinión cuando el ruido cesó.
– Sí -dijo la mujer-, que la pequeña orgullosa se,¡gane su comida.
Madre agitó el brazo hacia Shanna y ordenó:
– Que se ponga a trabajar como cualquier buena esclava.
Ante la mirada interrogativa de Shanna, Ruark asintió ligeramente. Confundida, se puso de pie, sin saber qué se esperaba de ella. Su mirada recorrió las caras alrededor de la mesa y se detuvo en Madre. El gigante sonrió lentamente.
– Por favor, señora Beauchamp… una copa de vino me bastara por el momento.
Una botella fue puesta en las manos de Shanna por Carmelita quien la miró con ojos oscuros y perezosos y una semisonrisa de satisfacción. Con dedos temblorosos, Shanna tomó la botella y sintió el peso de muchas miradas. Llenó la copa del eunuco. Después, cuando los otros la llamaron con las copas levantadas y repugnantes sonrisas, se movió vacilante alrededor de la mesa y llenó cuidadosamente las copas con el vino oscuro y espeso.
Harripen se echó atrás en su silla y observó cada uno de sus movimientos. Sus ojos recorrieron las curvas ocultas por el vestido demasiado grande. Después su mirada cayó sobre Carmelita, quien cortaba la carne con enérgicos movimientos que hacían estremecer sus pechos. Harripen bebió su vino y empezó nuevamente a comer luego de haber decidido que a su debido tiempo daría satisfacción a sus necesidades, pero no con la moza de la taberna.
El mulato no mostró tanta paciencia.
Cuando Shanna se le acerco, la tomó de una muñeca haciendo que ella derramara vino sobre su rodilla.
Shanna asustada, trató de liberarse pero él la atrajo más cerca hasta que, miró casualmente a Ruark. Entonces quedó paralizado al ver que esos ojos dorados se endurecían con una mirada fría y penetrante, y la soltó de mala gana.
Ruark aguardó hasta que todos hubieron estado servidos y entonces llamó a Shanna con un ademán, y ella se le acercó rápidamente. Se inclinó para verter el vino en la copa y en un movimiento descuidado su pecho rozó ligeramente el hombro de él, donde el justillo sin mangas lo dejaba desnudo. El contacto los tomó a los dos por sorpresa y produjo una excitación que se extendió en oleadas por los cuerpos de ambos. Sus ojos se encontraron súbitamente y las mejillas de Shanna enrojecieron. Ella se irguió temblando y apretó confundida la jarra contra su pecho.
Habiendo presenciado todo el incidente, Harripen estalló en fuertes risotadas. Aferrando la camisa del holandés, quien se le unió en sus carcajadas cuando el inglés señaló a ella y a Ruark, llamó la atención de todos.
– Vaya, el señor Ruark la ha entrenado bien.
Ruark rodeó con un brazo las caderas de Shanna y puso una mano con atrevida familiaridad, sobre las nalgas de ella.
– Ajá -dijo- pero todavía tiene un poco que aprender. Es como amansar a una buena yegua. No puedo dejarla sola mucho tiempo.
Sintió que Shanna se ponía rígida y adivino que sus palabras la enfurecían.