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– Shanna -dijo Ruark, decidido a aclarar la situación-, ¿por haces esto? Yo…

– ¿Quieres dejar esa cortina, por favor, y permitirme cierta intimidad por un momento?

Después de despedirlo así, Shanna se recostó en la bañera y empezó a lavarse lentamente una pierna. Ruark contuvo el impulso de arrebatarle la toalla y poner fin a la indiferencia que ella aparentaba. Su pasión se lo pedía pero su mente sabía que eso hubiera sido una locura. Sabía que Shanna, enfrentada con la fuerza, se resistiría con todas las, energías de una gata furiosa y no se, rendiría hasta quedar agotada. ¿Dónde estaría entonces el placer de tomarla? El había conocido la alegría de la respuesta voluntaria de ella. No se conformaría con menos

Furioso, dejó la sábana que hacía de cortina y se tendió en la cama para mirar su silueta que se recortaba en la tela proyectada la luz de la vela. Pasaron varios minutos. Ruark se quitó los calzones se metió debajo de la sábana. Aguardó impaciente, sabiendo que Shanna no podría despedirlo fácilmente una vez en la cama. El ya había notado que los colchones de pluma se hundían en el centro y los acercarían uno al otro. Aun con grandes esfuerzos, a ella le costaría mantenerse separada.

La vela junto a la cama iluminaba la habitación con su débil resplandor. El seguía aguardando. Por fin ella apareció, completamente vestida. Llevaba una falda larga de seda negra bordada con flores multicolores y levantada a un costado para mostrar un muslo esbelto y torneado. Una blusa suelta y delgada, demasiado o grande, apenas se mantenía en su 1ugar sobre un hombro y la curva alta y llena de los pechos. Su cabello, iluminado por su propio oro, estaba sostenido hacia atrás con una cinta y caía sobre la espalda en toda su gloriosa longitud.

– ¿Le gusta esta indumentaria a mi capitán pirata? -preguntó ella en tono burlón- ¿Es lo bastante vulgar para su gusto?

Se acercó lentamente a la cama, contoneando las caderas como un barco encallado en un mar agitado. Sus pechos se movían con ella y amenazaban la seguridad de su recato a medida que la blusa demasiado grande caía cada vez más.

– ¿Desea mi capitán pirata una ardiente compañera de cama para la noche? -preguntó dulcemente.

Se detuvo a los pies de la cama, y meneó provocativamente las caderas. Ruark cerró la boca cuando se percató de que la tenía abierta. Entonces, súbitamente, los ojos de Shanna relampaguearon de ira y ella giró con majestuosa furia y fue hasta un cofre del que sacó una gruesa manta de lana. Dobló la manta en forma de un rollo largo y apretado al que puso cuidadosamente en el medio de la cama, debajo de la sábana de arriba, dividiendo la superficie nítidamente por la mitad.

Una expresión de burla y desprecio se extendió por su cara cuando habló.

– ¡Entonces, mi amo y señor capitán pirata -dijo entre con los dientes apretados- puede buscarse otra cama y otra hembra!

Le volvió la espalda, se quitó la falda y la blusa y soltó su cabello. Ahuecó la almohada, se metió debajo de la sábana y apoyó la cabeza en el respaldo de la cama. Al mirar más allá de los pies de la cama vio que

Ruark le sonreía por un espejo. Ese rostro travieso reflejábase una docena de veces y la miraba, como si uno solo ya no fuera intolerable. Shanna gruñó despectivamente, humedeció un dedo en su lengua y apagó la vela.

Ruark juró en voz baja, ahuecó su almohada a puñetazos, se cubrió con la sábana y sintió contra su espalda la ruda aspereza de la manta. Tiempo después, en la oscuridad, se oyó su voz.

– Mujer -murmuró-, creo que tú estás loca.

CAPITULO DIECIOCHO

Ruark no podía dormirse. Daba vueltas sobre la cama, sin encontrar paz para su mente. Aunque los separaba la gruesa manta era consciente de la presencia de Shanna a su lado. La luna entraba por la ventana y bañaba el interior de la habitación con su luz plateada. Por fin Ruark se levantó con intención de tomar un poco de ron. Empezó a caminar por la habitación, probó ligeramente la bebida y lanzó más de ocasionales miradas hacia la forma suavemente curvada que estaba sobre la cama.

Después se puso sus calzones cortos, llenó una pipa con tabaco, quitó la tranca y abrió la puerta, poniendo cuidado de no despertar a su esposa. Bajó al salón de la posada. Estaba vacío, con excepción de Madre.

– Es una noche calurosa, señor Ruark -dijo Madre cuando se cerco a1 hogar y tomó un palito del fuego para encender su pipa

– Ajá -dijo Ruark-. Nunca me acostumbraré a este calor.

– Adivino que la joven Trahern tiene mucho que ver con el que siente usted -dijo Madre-. Hará que muchos hombres enloquezcan, por sus favores. Cuide de que eso no le suceda a usted, compañero.

Ruark gruñó. y volvió el rostro. Chupó la pipa y dejó salir lentamente una delgada columna de humo.

– Yo no siempre he sido bucanero -dijo Madre-. Yo era un joven en la cumbre de mi profesión. Tutor, en Portsmouth. La crema de la nobleza acudía a mis clases, pero uno de los hipócritas distorsionó mi razonamiento y fui acusado de predicar la traición. Me hicieron un juicio rápido y me mandaron a la cárcel. Después me alistaron y entre en el servicio como marinero común.

Hizo una pausa y miró las ascuas que ardían lentamente en el fogón. Ruark aguardó, interesado, a que el eunuco reanudara su relato.

– Quiere ver las marcas en mi espalda, señor Ruark? Yo aprendía lentamente y no me acostumbraba al mar tan rápidamente como el piloto lo creía necesario. -Bebió un largo sorbo de ron para mojarse la lengua antes d continuar-. El capitán me considero inútil y me vendió a Trahern como siervo. Por Trahern me encuentro ahora entre esta pandilla de piratas. Tenga cuidado de no caer victima de la venganza de ese hombre. Su hija es su orgullo y hará que lo castren por haberla maltratado. Nunca podrá regresar a Los Camellos sin perder alguna porción de su vida, si no toda su vida. Le doy este consejo gratuitamente. No deje que la moza se le meta en la sangre o podría verse tentado a arriesgarse para tenerla nuevamente.

– Bah -replicó Ruark despectivamente, y representando bien su papel-. ¿Qué es una falda por otra? Me cansaré de ella antes de que su padre pague el rescate.

– Será mejor para usted. -Madre asintió con la cabeza y murmuró-: Sé que usted no es un vulgar ladrón. Y sé, también, que no permanecerá mucho tiempo con nosotros.

Ruark hubiera negado esta última afirmación pero Madre alzó una mano para hacerle callar.

– Los otros han decidido deshacerse de usted en un momento conveniente. Por eso Harripen le entregó tan de buena gana la bolsa. Espera recuperarla pronto. Pero usted mató a Pellier, cosa que todos deseaban, y se convirtió en uno de ellos y obtuvo así cierta medida de respeto y libertad. Se espera que usted se marche pronto. Hemos comprobado que los jóvenes enérgicos que llegan hasta aquí se marchan pronto. Sólo esperamos que su partida no nos cueste mucho y la mayoría se alegrará de verlo marcharse, porque usted les recuerda constantemente la juventud y el vigor perdidos. Siga su camino, mi joven amigo, pero no se confíe en nadie, ni siquiera en mí, y no nos exija más allá de lo que podemos soportar. Como habrá adivinado, hasta nuestras propias vidas son menos que deseables en este agujero y vivimos miserablemente. Yo mismo me limito a ver pasar el tiempo y conservar mi libertad hasta que la muerte me libere de esta vacía existencia. Quizá es por eso que desafiamos al peligro y la muerte con tanta facilidad.