Ruark no pudo hacer ningún comentario ni negar la perspicacia de Madre.
Miró pensativo su pipa y sintió cierto respeto por la mente encerrada en ese cuerpo voluminoso.
Madre no dijo nada más y Ruark creyó que se había quedado dormido, una vez agotado ese momento de cordura.
Ruark se puso de pie. Considerábase más afortunado que cualquiera en la isla, pese a que los demás hubieran considerado mala suerte ser encarcelado por asesinato y vendido en servidumbre. En realidad, si no lo hubiesen metido en la cárcel, él no se habría casado con Shanna, consideraba que todos los malos tratos sufridos valían la pena para tener semejante esposa. Todavía había cosas que arreglar, pero por la gracia de Dios serían arregladas y su vida se volvería muy dichosa.
Ruark subió la escalera y cerró la puerta tras de sí. Se desnudo cuidando de no despertar a Shanna, y se sentó en su mitad de la camal apoyó la espalda en la cabecera barrocamente tallada. Largos momentos estuvo contemplando a su esposa dormida. I
– Eres mi esposa, Shanna Beauchamp -murmuró por fin-. Y yo tendré como esposa. Llegará el día en que proclamarás orgullosa nuestro casamiento al mundo.
El calor que llegó con el amanecer fue un anuncio insidioso de lo que traerían las horas. Shanna dormía cubierta hasta el cuello con la sábana y Ruark se deslizó otra vez fuera de la cama. Se puso el calzón y bajó al salón de la posada para ver qué podía encontrar para comer. Sabía que Shanna no había podido comer mucho antes de la ruda orden de Madre. Esta vez él se aseguraría de que ella pudiera comer tranquila.
Dora, la joven sirvienta, estaba limpiando el salón. Madre dormía profundamente y roncaba. Harripen le había dicho a Ruark que Madre no dormía jamás en una cama pues temía sofocarse bajo su propia gordura. “Una pesadilla viviente”, pensó Ruark.
Dirigió su atención a la sirvienta, una joven flaca y huesuda con cabellos castaños y rostro vulgar que algo de encanto tenía cuando sonreía, pero eso sucedía raramente. Gaitlier había dicho que ella aceptaría hacer algunas tareas por monedas y Ruark se preguntó si la muchacha prefería ese método de ganarse la vida en vez de hacer como Carmelita.
Ruark se detuvo junto a ella y pidió una bandeja de comida. En ese momento los ronquidos se interrumpieron. Madre los miró fijamente. Después, con un gruñido, se levantó de su silla y salió caminando pesadamente de la habitación.
La puerta se cerró violentamente detrás del hombre obeso y Dora corrió a buscar lo que Ruark le había pedido. Trajo frutas, pan y carnes y preparó té.
Mientras cortaba la carne, la muchacha miró a Ruark, quien fumaba su pipa en silencio. Estaba confundida por la paciencia que, él demostraba hoy. Los otros piratas la hubieran regañado. Siempre estaban ansiosos de castigarla con los puños y de aplicarle puntapiés en las nalgas. Desde que la tomaran prisionera, hacía unos nueve años y cuando ella tenía nada más que doce, Dora había sufrido humillaciones y malos tratos a manos de todos, sin exceptuar a. Carmelita y al perverso Pellier
Solo Gaitlier y algunos habitantes de la aldea eran amables con ella, pero pasaba los días sirviendo a esas bestias y afligida por los malos tratos de los piratas. Ellos mataron a sus padres y 1a violaron antes de que fuera una mujer. Ellos se deleitaban con todo lo que fuera cruel y perverso y hacia tiempo que ella se había propuesto huir de esta pandilla de ladrones. Envidiaba a la joven traída prisionera desde Los Camellos y al mismo tiempo la compadecía por tenerse que someter a la lujuria del hombre. Por lo menos Trahern era rico y rescataría a su hija de este infierno. Nadie había en el mundo que supiera o se preocupara de que ella, Dora Livingston, estaba viva, y menos que imaginaran que era la esclava de una banda de locos.
Ruark la miró y ella se encogió tímidamente cuando el señalo la blusa con su pipa. Dora creyó que tendría que desnudase.
– ¿Hay un lugar donde pueda conseguir una blusa como esa para la joven Trahern?
Dora sintió recelos pero asintió con la cabeza y respondió, con vacilación:
– Hay una anciana que las hace para vivir.
Ruark buscó en la bolsa que colgaba de su cinturón.
Consígueme varias para la joven y algo de lo que se usa debajo. Y un par de sandalias, por favor-. Miró las que llevaba Dora y las señaló con la pipa. -No demasiado grandes. Más o menos de tu medida. Puedes quedarte con el cambio.
Le dio varias monedas que ella miró intrigada. No sabía cómo responder a esta amabilidad, porque cada vez que sus captores habían hecho la menor exhibición de cortesía, en seguida la habían seguido por alguna nueva depravación. Ahora ella lo miró con desconcierto y recelo.
– Pero señor, hay ricos vestidos en los cofres de Pellier -dijo la muchacha.
– Mis gustos difieren de los de Pellier y debo mantener adecuadamente a esa muchacha para devolverla a su padre. Sólo nos traería problemas hacerla andar semidesnuda, con esas ropas de burdel..
Dora bajó la cabeza, avergonzada.
– Cuando algunas de las mujeres subían con él allí, el capitán Pellier les hacía ponerse esos vestidos. Buscó a la vieja que vende frutas en la aldea, la obligó a ponerse los mejores vestidos y a pasearse mientras él se reía de ella. -El rostro de Dora enrojeció y sus ojos miraron al suelo-. Y a mí también.
La vergüenza de la muchacha era evidente y Ruark hubiese querido decirle una palabra de consuelo, pero su papel de pirata no le permitía demostraciones de amabilidad.
– Aguardaré mientras corres a buscar esas cosas. Pero date prisa,
Cuando Ruark regresó a la habitación con las ropas que trajo Dora cerró la puerta con tranca tras de sí. Después dejó la bandeja de comida sobre la mesa junto a la cama haciendo deliberadamente mucho ruido a fin de despertar a Shanna. Ella despertó alarmada, se sentó y se cubrió con la sábana hasta el mentón.
– Cálmate, amor mío. Es solamente el amo que le trae el desayuno a su bella esclava -dijo en tono burlón.
– ¡Oh, Ruark! -dijo Shanna con voz llena de temor, y se pasó una mano por la frente como para aclararse la mente. Recobró la compostura y recordó el estado de sus relaciones con él-. Soñé que me habías dejado aquí con ellos y que habías huido a las colonias para ser libre. ¿Los sueños se hacen realidad?
Ruark se encogió de hombros.
– A veces, Shanna, pero casi siempre porque uno lo desea y trabaja para ello. -Preparó un plato de comida y se lo alcanzó-. Sabes que nunca te dejaré, Shanna. ¡Nunca!
Ella trató de leer en sus ojos y se preguntó si él estaba bromeando o hablaba en serio.
– Te he traído un presente dijo él súbitamente. Tomó el paquete de ropas de la silla que estaba junto a la puerta y se 1o ofreció con una decorosa, reverencia-. Esto resultará más apropiado que las cosas que dejó Pellier, el buen caballero.
– Pellier no era un caballero – dijo Shanna, mientras bebía su té.
– Bien dicho amor mío -admitió Ruark. Arrugo el entrecejo, como si meditara profundamente en una cosa, y agregó-: Nunca se puede declarar caballero a alguien por su colección de riquezas o su falta de ella. Toma a tu padre, por ejemplo. El es, básicamente, un hombre bueno, un caballero, y sin embargo su padre fue ahorcado. ¿Qué gran daño ha sufrido tu padre? El es un hombre honrado, rico, poderoso. ¿Lo consideras por debajo de los lores y duques, Shanna?