– Demonios, hombre, te envidio esa hembra -dijo roncamente el inglés-. Aun desde aquí me calienta los riñones.
Ruark 1o miró ceñudo pero su tono fue ligero cuando replicó, con mucho de sinceridad:
– Ajá, es difícil separarse de ella. Pero basta de eso, Harripen. ¿Qué estás haciendo con mi barco?
– Tú… ah… sí, claro que es tuyo, muchacho, ahora que Robby se ha marchado definitivamente. -El hombre se rascó pensativamente su mentón con la cicatriz-. Nosotros… Hum… hemos votado. Ajá, eso hicimos. Corno es el más grande de todos -señaló los barcos mas pequeños que se mecían en la bahía- pensamos que podíamos poner unas cuantas cosas a bordo, provisiones y demás, por si su señoría, Trahern, viene con su maldita pequeña flota. Esperamos que la balandra regrese esta noche y no estamos muy ansiosos de que nos hagan vo1ar en pedazos.
Ruark señaló con la cabeza los restos del naufragio en los arreciares.
– Pero seguramente -dijo- si la flota española no pudo…
– ¡Ja!- lo interrumpió Harripen-. Esos españoles eran unas gallinas con muchos entorchados, y banderas y fanfarronadas. Pero Trahern es otra cosa, y si alguien puede hacernos daño es él, si se lo propone.
Ruark asintió en silencio. El, inglés se apoyó en la borda y Ruark le siguió la mirada y vio un par de pesados carros, cada uno laboriosamente arrastrado por una pareja de mulas, que venían hacia el muelle.
Cuando estuvieron junto al barco, Ruark vio que el primero traía varios barriles de agua y dos veces, esa cantidad de toneles de ron o de ale. El segundo estaba cargado hasta la mitad con cajones llenos hasta rebosar de platería, vajilla de oro y otro botín. Junto a Hawks, en el asiento del conductor, iba el pequeño cofre negro de monedas de oro. Fue el primer objeto que se cargó a bordo. El tesoro fue rápidamente llevado a la cabina del capitán mientras todas las otras cosas fueron descendidas a la cubierta de cañones, donde las pusieron de forma que no interfiriera con la operación de los pequeños cañones. Ruark vio divertido que el gran cofre de mosquetes aún estaba en la cubierta, donde lo habían, dejado. Cuando todo, estuvo, acomodado, Harripen volvió juntó a él.
– Bueno, muchacho, si quieres soltar amarras, llevaremos el barco donde estaba antes.
Ruark, se detuvo y el hirsuto sujeto lo miró fijamente, con una extraña expresión en sus ojos bizcos.
– Dejaré un par de mis hombres a bordo para que cuiden de lo que queda aquí guardado.
Y si lo has notado, la caja pequeña está cerrada con llave y pesa más de lo que un hombre puede cargar.
– Rió por lo bajo-. Y Madre tiene las llaves. Es su forma de proteger su parte. Pero es que, con la posible excepción de tú y yo, él es el más honrado entre nosotros.
El hombre rió a carcajadas y después quedó serio y se limpió la nariz con la manga.
– Bueno, veo que tu dama está aguardándote, muchacho.
Así despedido, Ruark no tuvo más alternativa que bajar al embarcadero toscamente empedrados y soltar las amarras como le había indicado Harripen. Se ordenó a la tripulación hacer girar el cabrestante, y al compás de una canción monótona, empezaron a caminar alrededor del mismo. El cable del ancla se puso tenso y el Good Hound lentamente se deslizó a aguas más profundas.
El sol estaba sobre el horizonte apenas a una distancia mayor que su propio diámetro cuando Ruark se dirigió donde Shanna estaba aguardándolo. Ella seguía enhiesta y orgullosa aunque evitó mirado a los ojos. Se quedó varias, paso más atrás de él, dejó que su falda cayera libremente y caminó descalza por la arena.
Cuando llegaron a la posada, Ruark se detuvo en el salón para beber un poco de ale pero Shanna subió rápidamente la escalera hasta su habitación. Cerró la puerta tras de sí, fue hasta la ventana, abrió los postigos y se sentó, en el antepecho. Arriba empezaban a acumularse nubes oscuras, y con el bochornoso calor, ella reconoció los signos anunciadores de una tormenta. Suspiró entrecortadamente y empezó a soltarse la gruesa trenza. Cuando miró abajo, al patio, vio allí a un niño que perseguía a un cochinillo. Su negro cabello resplandecía bajo los rayos del sol poniente en forma parecida a la del de Ruark a la suave luz de una vela. Siguió observando la negra cabecita hasta que el niño consiguió atrapar al cochinillo en sus brazos regordetes y se alejó trotando alegremente en dirección a la aldea, mientras el animal chillaba furioso. Cuando el muchachito desapareció en la distancia, detrás de unos árboles escuálidos y achaparrados, Shanna sonrió tristemente, y en el silencio de la habitación, el recuerdo de las palabras de Ruark susurró en su cerebro.
"Hermosos y honorables frutos de nuestro amor".
"¡Pero si él no me ama!" pensó ella, y arrojó sus sandalias al otro extremo de la habitación. Empezó a desatar los lazos de su vestido mientras caminaba nerviosamente de un lado a otro.
"¡Altanera Shanna!, ¡Majestuosa Shanna! ¡Shanna, la no amada!"
Lágrimas ardientes le abrasaron las mejillas. Se quitó la falda y la blusa. Una brisa fresca, la primera del día, agitó las cortinas de la ventana y Shanna encendió una vela y la puso sobre una mesilla, junto a la tina de baño. Se metió en el agua tibia que Gaitlier había preparado y tomó una botella de sales perfumadas que hizo correr entre sus dedos. Las sales se hundieron en el líquido disolviéndose, como las estrellas moribundas al amanecer..
– Eres un hombre extraño, Ruark Beauchamp -dijo en voz alta-. Me acosas como un enamorado, después me regañas como a una criatura y terminas diciéndome que yo sería la última a quien elegirías por esposa.
Se apoyó contra el borde de la tina y se perdió en reflexiones.
Esas palabras dolían, pero había en ellas una amarga verdad. Quienes más ansiosos se habían mostrado por casarse con ella eran los que más necesitaban la fortuna de su padre. Volvió la cara hacia uno de los espejos y estudió lo que veía. Sus ojos azul verdosos brillaban intensamente, contrastando con las pestañas oscuras y largas. Esos ojos eran su mejor arma cuando quería salirse con la suya o conquistar a un hombre. Sus pechos eran altos y llenos. Sonrió. Sus dientes blancos y parejos relampaguearon en el espejo.