– Hace tiempo, en mi celda, pasaba las horas contando los días de vida que me quedaban -empezó Ruark-. El carcelero hizo que la vida fuera un desafío para mí. Un desafío que yo acepté. -Alzó dramáticamente la mano-. En realidad, se la arrojé en la cara.
– ¡Que arrogancia! -Shanna levantó la mano en un gesto burlón y vio que él se envolvía las caderas con una toalla.
Ruark no hizo caso de sus palabras y siguió hablando:
– y entonces, en mi mundo húmedo y oscuro, llegó una luz y una calidez que yo había olvidado hacía tiempo. El pacto que ella me propuso superaba mis sueños más descabellados y otra vez mi mundo fue algo más que las cuatro paredes de piedra con un techo y una estrecha puerta de hierro para impedirme la huida.
Fue como si ella no lo hubiera escuchado.
– y entonces, cuando yo vine a ti, confundido, una vez más te aprovechaste de mí.
Ruark detuvo sus pasos por la habitación y la señalo con un dedo acusador.
– Por mi honor, representé mi papel y atendí a tu placer. Pero vi morir mi última esperanza y fui arrojado nuevamente a mi celda y tú te deslizaste en mis habitaciones en la oscuridad de la noche y te aprovechaste del sueño que todavía se aferraba a mis ojos.
Shanna se apartó rápidamente y empezó a caminar por la habitación.
– Una vez más, Shanna, el destino me favoreció. -Ruark hablaba con vehemencia y se frotaba un puño con su palma-. El verdugo fue burlado y por pura casualidad me vi arrojado a una vida mejor. Mi cólera era intensa. La necesidad de vengarme me hacía temblar las rodillas.
– Ciertamente, no perdiste oportunidad de hacerme correr el riesgo de quedar encinta y así salirte con la tuya. -Shanna echó la cabeza atrás y lo miró furiosa-. Puedo adivinar, que la falta de la criada de Londres fue que llevaba tu simiente en el vientre.
Ruark se rascó el mentón, pensativo.
– Pero después vi ante mí el pecho desnudo y se me hizo la promesa de reparar la falta que conmigo se había cometido. Se hizo el pacto. Yo desesperé porque no hubiera podido reclamar nada más de la que tanto me atormentaba. No tenía la menor posibilidad de escapar a mi promesa. Pero ella vino nuevamente e hizo más de lo pactado y entonces fui yo quien quedó en deuda. Sin embargo, ella me recibió bien cuando yo más lo necesitaba. Pero el destino cerró su mano contra mí y la más vil de las murmuraciones me enlodó. Otro nombre fue vinculado al mío por lenguas, malvadas.
– Pobre Milly -suspiró Shanna-. Ella cayó tan fácilmente como yo, aunque todavía no ha sentido la tendencia brutal de tu carácter
– Un torpe incidente fue montado para privarme de la pequeña felicidad que tenía.
– Fue la torpeza de ella lo que la hizo caer en tus garras. Pobre muchacha, ella no tenía fortuna para atraerte. Ciertamente, terminar como la otra, la de Inglaterra.
– Yo hubiera salido a defender mi causa, pero nuevamente me traicionaron y me encontré con el, contundente puño del bueno de Pitney.
– Pero tú sigues acusándome con la audacia de un bandido, de un pirata, -Shanna golpeó el suelo con el pie-, Haces que la crueldad de esos de abajo parezca mansedumbre de corderos.
– Tú niegas tus juramentos. Niegas mis derechos. Lastimas a mi orgullo y todo me lo niegas. Me tratas como a un lacayo y me traicionas en toda oportunidad que se presenta.
Shanna lo miró a los ojos y replicó con energía:
– Te apropias de mi corazón y entonces, lo hieres con infidelidades.
– Las infidelidades sólo puede cometerlas un esposo. Tú me las echas en cara y sin embargo, niegas que sea tu esposo. Pero tú aceptas a rebaños de cortejantes y eres con ellos más amable que conmigo.
Shanna se detuvo ante él con el rostro contorsionado por cólera.
– ¡Eres un grosero vulgar!
– ¡Tú eres una mujer casada!
– ¡Soy viuda!
– ¡Eres mi esposa! -gritó Ruark en voz tan alta que se oyó pese al ruido del viento que aullaba en el exterior.
– ¡Yo no soy tu esposa!
– ¡Lo eres!
– ¡No!
Quedaron separados por menos de un metro pero con un océano entre los dos, cada uno afirmado en sus convicciones, ninguno dispuesto a ceder.
En ese momento estalló un relámpago cegador que ilumino fugazmente la habitación. Antes de que el relámpago se apagara un trueno ensordecedor hizo temblar las paredes de piedra. Seguían sus ecos cuando otro relámpago lanzo su luz blanquísima. El rostro de Shanna quedó desencajado por el miedo, con la boca inmovilizada en un silencioso grito de terror. Otro trueno pareció lanzarla a los brazos de Ruark, quien olvidó su cólera, la abrazó y trató de calmar el temblor del cuerpo de ella. Una ráfaga de viento abrió los postigos y la lluvia entro en la habitación y apagó las velas.
Ruark dejó a Shanna cerca dé la cama y cerró los postigos. La noche era atravesada por una interminable sucesión de rayos y truenos que parecían caer en todas las partes de la isla.
Shanna se estremeció en la oscuridad. Tenía los ojos dilatados y las lágrimas corrían por sus mejillas. Cuando él la tomó nuevamente en brazos, ella se apretó contra su pecho y gimió:
– Ámame, Ruark.
– Te amo, amor mío, te amo -susurró él suavemente, lleno de compasión.
La habitación se iluminó completamente y él vio que Shanna agitaba la cabeza de lado a lado. Tenía los ojos cerrados y las lágrimas asomaban entre los párpados y la cara se le crispaba en una mueca de miedo. Se llevó las manos a las orejas para no oír el estampido de los truenos.
– ¡No, no! -gritó y aferró un brazo de Ruark-. ¡Tómame! ¡Tómame ahora! -Cualquier cosa para arrancarla de este horror que le producía la tormenta.
Shanna cayó sobre la cama, arrastrando consigo a Ruark. En otro relámpago él vio la intensa ansiedad en la cara de ella y su sangre se calentó y en el momento olvidó todo lo demás.
La tormenta hubiera podido estar contenida en la habitación y no ellos no le hubiesen prestado atención. Había entre los dos esa tormenta de pasión que cegaba tan efectivamente como el relámpago más brillante y ensordecía como un trueno que hubiera estallado cerca de sus oídos. Cada contacto era fuego, cada palabra una bendición, cada movimiento de su unión una rapsodia de pasión que crecía hasta que parecía que todos los instrumentos del mundo se combinaban para llevar la música de, sus almas a un crescendo continuo.
Momentos más tarde, la voz de Shanna sonó, pequeña y serena, vacilante.
– ¿No te basto yo que tienes que buscar a otras?
– No hubo ninguna otra, Shanna.
– ¿Y Milly?
Un relámpago iluminó la cara de él.
– Esa pequeña víbora -dijo- preparó una travesura y la usó para irritarte. Nunca hubo nada entre ella y yo. Lo juro.
Shanna se cubrió la cara con un brazo.
– ¿Por qué no me lo dijiste?
– No me diste oportunidad.
Shanna emitió un gemido lastimero y las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas. Ruark la besó suavemente en la boca y trató de calmar sus sollozos.
– ¿Me odias mucho, mi capitán pirata? -preguntó ella.
– Ay -murmuró roncamente-. Te odio cuando te apartas de mí pero ese odio nunca dura más allá de tu primer beso.