– ¡Bueno, hombre! -dijo Ruark-. Habla.
Shanna miró al hombrecillo tan desconcertada como Ruark y dos veces más curiosa. Gaitlier miró al techo como si buscara ayuda divina. Por fin empezó, como si estuviera metiéndose en un mar helado.
– ¡Sé que son marido y mujer!
Lo dijo bruscamente. Shanna ahogó una exclamación y Ruark soltó un ronco gruñido. Gaitlier continuó.
– También sé, señor, que en su pasado hay algo a que temer y que usted es, en realidad, siervo de Trahern.
– Señaló una pequeña abertura muy alta en la pared, que ellos no habían notado antes y explicó-: Un agujero para escuchar y del otro lado una habitación de sirviente. -Ante las expresiones de desconcierto de ellos, continuó-: Una forma para que un sirviente sepa antes de entrar si puede o no interrumpir. Una cosa necesaria con el capitán Pellier.
Shanna enrojeció intensamente y esperó que la tormenta hubiera impedido oír sus expresiones de pasión.
Gaitlier sorprendió la mirada preocupada de Ruark hacia la puerta y se apresuró a tranquilizarlo.
– Esos tontos nada saben del agujero y nunca adivinarían su existencia. Creo que es una idea del Lejano
Oriente. En todo caso, muy útil. -Suspiró entrecortadamente-. Tengo que proponerle un negocio y espero que sea más honrado que el del capitán Harripen. Yo conozco el camino a través del pantano. -Hizo una pausa a fin de permitir que fuera asimilada la importancia de su declaración-. Me matarían si cualquiera de ellos -señaló con la cabeza hacia la puerta llegara a sospechar que lo sé.
Por un largo momento sólo se oyó el aullido del viento y las gotas de lluvia sobre el tejado. Gaitlier se quitó las gafas y las limpió con su camisa.
– Hay un precio, por supuesto -dijo tímidamente-. Cuando ustedes huyan, yo iré con ustedes y también la muchacha, Dora.
Volvió a ponerse las gafas en la nariz y miró a1os dos fijamente.
– Los ayudaré en todo lo posible -dijo- e iré con ustedes para indicarles la entrada del canal.
Ruark miró fijamente al hombrecillo. Nunca había sospechado el coraje del sirviente y estaba un poco sorprendido. Gaitlier interpretó equivocadamente su expresión ceñuda.
– No podría obligarme a revelar el secreto -advirtió el hombre con suficiente determinación para sonar convincente.
Ruark sonrió, acarició con su palma la culata de su pistola y miró a Gaitlier directamente a los ojos, antes de preguntar:
– ¿Y qué le hace pensar que nosotros planeamos escapar?
– Tendrían que hacerlo si no es así. – La mirada de Gaitlier no vaciló-. La balandra regresó anoche de Los Camellos poco antes de que empezara la tormenta. La Jolly Bitch casi fue sorprendida por una fragata que estaba frente a la costa mientras ponía a los siervos a bordo de un bote. Recibió varios disparos antes de poder ponerse a salvo.
– Un bergantín -rió Ruark.
– ¡El Hampstead! -dijo Shanna a sus espaldas-. No era una fragata, seguramente.
– ¡Que mas da! -Gaitlier desechó la corrección con un ademán-.Estos bandidos se han vuelto recelosos de su ingenio y temen la pérdida de varios hombres valiosos. Sólo esperan el momento apropiado para librarse de usted, y la dama sufrirá un destino mucho peor si ellos logran llevar a cabo aunque sea la mitad de sus planes.
Ruark consideró la información y Shanna hizo silencio para permitirle pensar, Ruark miró un largo momento al suelo y después empezó a asentir con la cabeza. Su mirada se elevó y se clavó en Gaitlier.
– Usted tiene razón -dijo-. Debemos buscar nuestras, oportunidades y sacar de ellas el mejor partido posible. -Se volvió para mirar a Shanna. Su mandíbula se puso tensa-. Huiremos en la primera oportunidad.
Ansiosamente, Gaitlier acercó una silla, se sentó y se inclinó hacia adelante.
– El canal es difícil cuando soplan vientos del oeste -dijo- pero después de una gran tormenta, el viento sopla uno o dos días desde el norte. Ese sería el mejor momento para que una tripulación reducida intente el paso.
– Hay cosas que debemos considerar. -Ruark estaba inquieto pero sus ojos brillaban de entusiasmo-¿Puede regresar después del oscurecer? Debemos aventuramos a salir con la tormenta, pero nadie debe saberlo.
Gaitlier tenía una última pregunta: – ¿También llevarán a Dora, la muchacha?
– Sí -le aseguró Ruark-. Sería inconcebible dejar aquí a una inocente.
– Entonces aquí estaré. A última -hora. O si la tormenta amaina un poco, vendré antes. Diré a Dora que reúna lo que necesitaremos.
– ¡Entonces, de acuerdo!
CAPITULO DIECINUEVE
La habitación se convirtió en un mundo en sí misma, en un refugio contra el rugiente huracán que agitaba salvajemente los mares y lanzaba sus vientos contra los imprudentes edificios levantados por el insignificante ser humano. La marisma recibía la fuerza de las olas y protegía del agua la humilde duna de arena. La posada, agazapada detrás de la cresta de la colina, con sus sólidas paredes y sus pesadas tejas, protegía a los que estaban en su interior.
La puerta de roble protegía adicionalmente a Ruark y Shanna de las bestias ebrias y glotonas de abajo. Varias veces durante la tarde, los piratas subieron la escalera y golpearon con los puños la puerta de la habitación, para pedir a Ruark que llevara a Shanna para bailar o algo mejor para pasar las horas. Fueron solamente las amenazas de sus balas de plomo y de su acero filoso las que contuvieron a los más audaces. Ellos se retiraron murmurando maldiciones pero se fueron porque ninguno se sentía con valor suficiente para enfrentarse con Ruark.
Pasaron las horas y llegó la oscuridad. Empero, los postigos gemían y vibraban con la violencia de la tormenta. Shanna agradecía el ruido y la furia de la tempestad, porque con su violencia parecía protegerlos, y ella sentía que la presencia de Ruark era el factor que había buscado durante toda su vida. El estaba siempre cerca. Si ella se volvía de pronto, él la miraba y le sonreía. Si se dormía un momento y despertaba, ella se tranquilizaba oyendo los sonidos que él hacía cuando movía o estudiaba sus cartas de navegación. Aunque la tormenta amenazara con arrojados al mar,.ella ya no la temía y pensaba que nunca más volverían a aterrorizarla los truenos y relámpagos.
Sin embargo, se sintió aliviada cuando Gaitlier llamó a la puerta. El hombrecillo empujó con el pie un gran saco, y cuando hubo dejado sobre la mesa la bandeja de la cena y cerrado cuidadosamente la puerta, abrió el saco para mostrar, con orgullo, una escala de cuerdas. Les serviría para escapar. Antes de retirarse, se detuvo junto a la puerta y agitó 1a, cabeza con cierta preocupación.
– Dora ha tenido que ocultarse en la despensa -dijo- para escapar a las atenciones de Harripen y los demás, Carmelita les ha servido comida y bebida y mucho más, pero ellos se cansan de ella y buscan nuevas diversiones.
La noche se puso oscura. El barullo que llegaba de abajo había disminuido y sólo se oían sonidos ocasionales. Pasaban las horas y Ruark se inquietaba. Caminaba por la habitación, revisaba sus pistolas y probaba el filo de su sable.
Se produjo un cambio sutil en la tormenta. El viento ya no aullaba con tanta fuerza y la lluvia había disminuido. No bien Shanna y Ruark se percataron de esto, llamaron suavemente a la puerta y Ruark dejó entrar al sonriente Gaitlier.