Shanna todavía estaba reflexionando sobre las últimas palabras de él cuando comprendió que las sombras que la rodeaban estaban vacías. Sin: un sonido, él se había marchado.
Las brisas de la mañana entraban a través del intrincado enrejado y agitaban suavemente las plantas en tiestos del comedor informal. El aire, refrescado por el mar, traía consigo la fragancia de los jazmines que florecían a lo largo de la veranda, mezclada.con el aroma apetitoso de carne asada, pan, café recién preparado y jugosas frutas que engalanaban la mesa de la comida matutina y que el capitán Beauchamp, después de largos meses de alimentos de alta mar, aspiró con fruición.
– Buenos días, señor Trahern -saludó Nathanial.
Trahern dejó un ejemplar del Whitehall Evening Post, que recibía en pequeños paquetes traídos por sus barcos. El periódico era el único vínculo con Londres que le quedaba, después de años de separación.
– Tenga usted muy buenos días, señor -replicó jovialmente Trahern-. Siéntese y acompáñeme con un poco de comida. -Indicó a Nathanial que ocupara una silla a su lado-. Es malo empezar el día con la barriga vacía y le aseguro que hablo por experiencia.
– Ajá -dijo Nathanial, riendo suavemente, y aceptó de Milán una
taza de humeante café-. O con un trozo de carne salada rancia.
Orlan Trahern señaló el periódico que tenía adelante.
– La paz separa rápidamente a los verdaderos comerciantes de
los que alientan la guerra. -El capitán lo miró con expresión de interrogación y Trahern continuó-: Casi cualquiera puede obtener buenas ganancias durante una guerra pero solamente los buenos comercian
tes se mantienen a flote cuando reina la paz. Los qtir hacen dinero adul
terando mercaderías y mezclando con arena la pólvora de los barcos del rey no pueden competir en un mercado honrado.
– Aceptaré su sabiduría en el asunto -dijo Nathanial y se echó hacia atrás en su silla-. En las colonias la traición es castigada con gran severidad y aunque es necesario cierto grado de cautela, uno se encuentra raras veces con un estafador.
Ahora fue Trahern quien se apoyó en su silla para mirar al otro. -Cuénteme más de ese lugar, de sus colonias. La idea de ir allá me fascina..
El capitán jugó un momento con su taza antes de hablar.
– Nuestra tierra está en las colinas de Virginia. No tan colonizada
como Williamsburg o Jamestown, pero hay mucho que decir de allá. Colinas verdes y onduladas, bosques dé millas de extensión. La tierra es rica en oportunidades tanto para hombres pobres como ricos. Mis padres criaron una familia de tres muchachos y dos mellizas en lo que la mayoría de la gente consideraría una tierra incivilizada. A su vez, cada uno de nosotros, salvo el hijo menor y una de las muchachas, nos hemos casado y si Dios lo quiere criaremos nuestras familias con el mismo éxito. Nos han llamado vigorosos porque hemos sobrevivido. Quizá lo somos. Pero es el amor y el orgullo por nuestra tierra lo que nos hizo así. Si usted pudiera verlo, señor, estoy seguro de que entendería.
Trahern asintió pensativo.
– Iré -dijo; golpeó la mesa con la mano y se rió de su decisión-. Maldición, iré y lo veré todo.
– Me alegro, señor, pero dudo de que lo vea todo. -También Nathanial Beauchamp estaba eufórico-. Hay tanta tierra que un hombre no podría re correrla en un año. Me han hablado de praderas como el mar donde si un hombre no marca su camino se pierde, porque no puede ver otra cosa que hierba. En el oeste hay un río tan ancho que es difícil ver la otra orilla y animales como no se conocen en otras partes del mundo. Existe un extraño ciervo, más alto que un caballo y con astas como enormes palas. Le digo, señor, que en esa tierra hay maravillas que no se pueden describir.
– Su entusiasmo es sorprendente, capitán -dijo? Trahern-. Yo creía que la mayoría de los coloniales eran unos quejosos desconformes.
– No conozco otra tierra tan bella, señor, ni que tenga tantas promesas -repuso Nathanial, seriamente, y un poco embarazado por su propio entusiasmo.
Los dos hicieron una pausa cuando oyeron que se cerraba la puerta principal de la mansión. Unas pisadas se acercaban al comedor por el piso de mármol. El sonido -se detuvo en la puerta del comedor y Trahern se volvió en su silla. Ruark estaba con una mano apoyada en el marco, sorprendido por encontrar ocupado al hacendado. Murmuró una disculpa y medio se volvió para retirarse.
– No, John Ruark. Entre, muchacho -dijo Trahern y miró al capitán Beauchamp-. He aquí un hombre al que tiene que conocer. Un colonial como usted, señor. Se ha hecho sumamente valioso aquí.
Cuando Ruark se acercó a la mesa, Trahern los presentó. Se estrecharon rápidamente la mano. El capitán, con una sonrisa torcida, miró fijamente los calzones cortos que llevaba Ruark.
– Se ha adaptado muy bien al clima de aquí, señor. En ocasiones, yo también he acariciado la idea pero temo que mi esposa se sentiría muy disgustada al verme paseándome como un salvaje semidesnudo.
La barriga de Trahem se sacudió de risa contenida mientras Ruark se sentaba y lanzaba una mirada dubitativa al capitán.
– Es cierto que el señor Ruark ha trastornado a unas cuantas damas con su atuendo. Todavía hay que ver si ha sido por desagrado o aprobación. Cuando yo vea a cuáles de las jóvenes doncellas empieza a hinchársele la barriga, quizá tenga la respuesta.
Bajo la divertida mirada de Nathanial, Ruark se agitó incómodo en su silla. Aceptó prestamente una humeante taza de café que le ofreció Milán y prestó atención cuando el sirviente le llenó el plato. Mientras el hombre de color buscaba un bol de barro, Ruark cambió de tema y se dirigió a Trahern
– Vengo por los bocetos del aserradero si es que ha terminado de estudiarlos, señor. Queremos empezar a poner las primeras piedras esta tarde. La destilería estará terminada antes de fin de mes y no veo razón para demoramos.
– Muy bien -declaró Trahern-. Haré que un muchacho los traiga de mi estudio mientras usted come.
La conversación pasó a una cantidad de temas y el asunto de las colonias surgió otra vez. A las preguntas del hacendado, Ruark respondió en forma muy semejante a la del capitán. Cuando terminaron el desayuno, Nathanial se limpió la boca con una servilleta y se volvió hacia Trahern.
– Cuando vaya a las colonias, señor, le será conveniente tener con usted a alguien que conozca el país, como este hombre. Mi esposa y yo tenemos una casa en Richmond, pero el hogar de mis padres, y estoy seguro de que querrán conocerlo, está a unos dos días de viaje de allí. Si piensa seriamente en viajar, yo podría llevar antes a mi esposa a la de mi gente y enviar de regreso los carruajes para que lo recojan a usted. Los cocheros conocen el camino, por supuesto, pero usted podría desear tener a su lado uno de sus hombres.
Ruark frunció ligeramente el entrecejo. Su único pensamiento era Shanna y la posibilidad de separarse de ella. La perspectiva de ir a las colonias y dejarla en la isla no lo atraía mucho.
– ¡Claro! ¡Claro! -admitió Trahern con entusiasmo-. Es una buena idea. Sin duda, el señor Ruark le agradará visitar su tierra natal.
Ruark luchó contra la sensación de malhumor que empezaba a crecer en su interior y no logró disimular del todo su consternación.
Nathanial Beauchamp no prestó atención a Ruark y rió con ganas.
– y debe traer a su encantadora hija -dijo-. Seguramente con quistará a todos los mozos solteros de allí y también a muchos casados. Para mis padres será un placer tenerlos a ustedes dos como huéspedes en su hogar y a cualquier otra persona que quieran llevar con ustedes. Ciertamente, le pido que invite a quienes desee y que se quede el tiempo suficiente para satisfacer su curiosidad acerca del lugar.