Выбрать главу

La noche descendió sobre la isla y el calor del día disminuyó hasta un punto en que las ropas resultaban tolerables. Una brisa leve, caprichosa, contribuyó a reducir la incomodidad cuando fue servida la cena. Tal como el día anterior, una fragata inglesa que se dirigía a las colonias había entrado en el puerto y los huéspedes en la cena de esta noche incluían a personas del barco: su capitán, un mayor de los Royal Marines, y un caballero, sir Gaylord Billingsham, quien viajaba como emisario menor. Varios de los supervisores habían traído a sus esposas y Ralston, Pitney y Ruark también estaban presentes.

El grupo se congregó en el salón donde las mujeres se reunieron en un extremo mientras los hombres se juntaban en el otro para llenar sus pipas o encender sus cigarros. Después de charlar un rato, varias damas sacaron sus labores de aguja y comenzaron en voz baja a intercambiar recetas de cocina y chismorreos. Excepto cuando le hacían preguntas directamente, Shanna se mantenía callada y fingiéndose ocupada en su labor espiaba a Ruark, quien había sacado su pipa y conversaba con los otros hombres. Llevaba una chaqueta de color castaño sobre calzones oscuros y una camisa blanca con corbatín con volantes. Su fortuna seguía aumentando y poco después de la partida de Nathanial Beauchamp había gastado parte de la misma en ropas, más sencillas y no tan formales como las que le había- obsequiado Trahern pero no menos favorecedoras para su aspecto personal. Shanna volvió su atención a su trabajo cuando una de las mujeres se inclinó hacia ella.

– Digo yo, Shanna, ¿no es ese joven Ruark un hombre guapo? -susurró la mujer.

– Sí -murmuró Shanna-, ciertamente guapo. Sonrió complacida pues pese a su declarado disgusto hacia él,

sentía un orgullo, desusado cuando alguien elogiaba a Ruark.

Prestando parte de su atención a 1o que se decía, Shanna se enteró de que sir Gaylord Billingsham estaba soltero, sin compromisos, disponible. Viajaba a las colonias en busca de apoyo financiero para un pequeño astillero que su familia había adquirido -en Plymouth.

Es un tipo extraño, murmuró Shanna, observándolo ligeramente. Era más alto que Ruark, de huesos un poco más grandes, y se movía con una curiosa gracia desgarbada rayana en la torpeza pero que parecía, por alguna razón, apropiada para su tamaño. Tenía cabello castaño claro que se rizaba en torno de su cara llamando la atención hacia ese rostro alargado, y que llevaba atado en una coleta en la nuca. Sus ojos eran claros, azul grisáceos, su boca grande y de labios carnosos, expresivos. Sus actitud iba de una vacuidad pomposa a una altanera arrogancia, aunque era rápido para sonreír ante un chiste y parecía disfrutar del"

humor a veces un poco grueso de los capataces. Su mal genio se reveló fugazmente cuando fue informado de que compartiría la mesa con un siervo. Aunque se recobró rápidamente, desde ese momento se cuidó de hablar con Ruark. A Shanna ello le resultó extrañamente desagradable.

Mientras ella lo observaba, él criticó el "sucio hábito" de fumar y sacó del bolsillo de su chaleco una pequeña caja de plata, tomó una pulgarada de rapé en el dorso de su mano y la absorbió delicadamente por una fosa nasal. Momentos después estornudó ligeramente en su pañuelo de encaje, echó la cabeza hacia atrás y suspiró.

– Ah -dijo-, realmente así nos sucede a los hombres.

Cuando los otros lo miraron, explicó:

– Primero hay que recibir el aguijón y después el placer.

Aspiró fuertemente por la nariz y dirigió su siguiente comentario al capitán de la fragata.

– Pero a pesar de todo esto, señor, debo admitir que jamás seré un marino adecuado. Aborrezco la estrechez de una cabina cuando el barco se halla en alta mar y no puedo soportar su confinamiento cuando se encuentra en un puerto seguro.

Con un floreo de su mano, se volvió hacia Trahern.

– Mi estimado señor -dijo, y elevó la nariz arrogantemente-, me parece difícil que haya aquí una buena posada o taberna donde pueda alojarme durante los días que estaré aquí ¿Quizá alguna familia de la aldea tendría facilidades para recibirme en su casa?

Dejó flotando la pregunta.

Trahern sonrió. -No será necesario, sir Gaylord -respondió-. Aquí tenemos espacio de sobra y será un placer para mí que usted se aloje con nosotros.

– Es usted muy amable, caballero Trahern. -El caballero sonrió afectadamente ante el éxito de su estratagema-. Enviaré a un hombre por mis pertenencias.

Trahern levantó una mano y negó con la cabeza. -Nosotros podemos satisfacer sus necesidades más inmediatas, señor, y si usted deseara algo más,.podemos hacer que lo traigan por la mañana. Usted será

nuestro huésped todo el tiempo que desee.

y aunque Trahern sabía que lo habían usado, lo mismo sentíase complacido ante la perspectiva de ser anfitrión de un caballero con título.

Shanna, quien había escuchado el diálogo, llamó a un sirviente y le dijo en voz baja que preparara las habitaciones de huéspedes en el ala del hacendado. Cuando el sirviente se marchó, su mirada se encontró con la de su padre. Shanna asintió ligeramente con la cabeza y Trahern reanudó su conversación, tranquilizado y orgulloso de la eficiencia de su hija.

Shanna se concentró en su labor de aguja, levemente ceñuda ante una puntada difícil. Entonces, sintiendo que la miraban, levantó la vista y sus ojos se encontraron con Ruark, pero vio con sorpresa que él no la observaba a ella sino que miraba, ceñudo, al otro extremo del salón. Ella siguió la mirada de él y se encontró con los ojos de sir Gaylord Billingsham, llenos de interés y evidentemente admirando su belleza. Los gruesos labios se retorcieron y en seguida se abrieron en una lenta sonrisa que más se semejaba a una mueca. Fue suficiente para que Shanna se alegrara de haberle destinado una habitación lejos de las de. ella. Rápidamente apartó la mirada. Sus ojos recorrieron el salón y se detuvieron en Ralston. Con una enigmática sonrisa, el hombre estaba observando taimadamente a sir Gaylord.

Antes que terminara la noche, Orlan Trahern invitó a todos los presentes y a los hombres del barco a tomar parte en la celebración de la puesta en funcionamiento del trapiche. Explicó que puesto que todos los pobladores estarían allí, no habría otra cosa que hacer que unirse a las festividades del día siguiente.

La siesta que Shanna había dormido a primeras horas de la tarde le impidió dormirse en seguida y pasó una hora larga volviéndose sobre la cama, luchando contra una visión de Ruark acostado a su lado y combatiendo la insistencia de su propia mente que amenazaba con hacerla levantarse para correr hasta la cabaña de él. Pero perseveró y al final encontró la victoria en el sueño, aunque éste, también, estuvo lleno de visiones que la dejaron temblando entre sábanas humedecidas por la transpiración.

A la mañana siguiente bien temprano Ruark llegó al trapiche antes que los demás y ató bien su mula, Old Blue, lejos de donde serían atadas las demás cabalgaduras. La astuta mula tenía la costumbre de morder a los caballos en las orejas. Este juego habitualmente degeneraba en una pelea donde el venerable y taimado animal salía triunfante. De modo que a fin de preservar la paz con los cocheros y capataces, Ruark estaba obligado a encerrar a su cabalgadura.

Ruark miró hacia atrás cuando Old Blue bajó sus orejas y con una voz áspera e irritada lanzó su amenaza a los animales. Se caló el sombrero hasta las cejas, no muy deseoso de tomar parte en cualquier reyerta que se produjera, abrió la pequeña puerta que estaba debajo de la tolva y se retiró de la vista de la mula. Se detuvo un momento en el cuarto de acopio mientras sus ojos se adaptaban a la oscuridad y saboreó el aroma picante de la madera nueva que formaba la mayor parte de la estructura.