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Fue un logro estupendo. Lo que a una cantidad de hombres le hubiera llevado toda una tarde había sido logrado en el tiempo que se demoraría en beber una taza de té. Un grito de aprobación se elevó desde el público reunido. Incluso Ruark sonrió, hasta que sir Gaylord cruzó la plataforma, se ubicó entre él y Shanna y tomó la mano tendida de ella.

Puesto que el trapiche era algo enteramente nuevo en la isla, a los aldeanos se les permitió que vieran el interior ahora que había quedado demostrado el funcionamiento. Durante muchas semanas los pobladores se habían hecho preguntas acerca de eso que estaban construyendo en las colinas sobre la aldea y ahora, por fin, su curiosidad quedaba satisfecha. Quedaron llenos de admiración por el ingenio con que había sido erigido y más de unos pocos se sintieron contritos porque una vez se habían reído incrédulos cuando les informaron que la producción del trapiche sería limitada solamente por la velocidad con que la caña pudiera ser arrojada en la tolva y que lo que antes exigía largos y tediosos meses de ardua labor ahora podría hacerse en una semana.

– ¿Puedo acompañarla, señora Beauchamp? -preguntó sir Gaylord-. Siento un poco de curiosidad por esta cosa. Debió de ser un inglés quien la concibió.

Shanna sonrió divertida al reconocer la típica mentalidad inglesa. Si era bueno, tenía que ser inglés.

– Nuestro siervo ya me ha mostrado detalladamente el lugar, sir Gaylord. Estoy segura de que al señor Ruark le interesaría su deducción, pero él es de las colonias, no de Inglaterra, como usted supuso.

– ¡No! ¡No me diga que él fue quien…! -Sir Gaylord estaba evidentemente atónito. Con expresión arrogante, estornudó ligeramente en su pañuelo-. Bueno, supongo que para ello bastan unos pocos conocimientos básicos acerca de la construcción de una destilería. Yo no puedo soportar esa bebida. Prefiero un buen vino a ese brebaje bestial. No es bebida para caballeros..

Shanna sonrió como una gata que acaba de comerse un ratón.

– Tendré que informar a mi padre de sus opiniones, sir Gaylord. En realidad, a él la bebida le resulta muy agradable.

Sir Gaylord cruzó sus grandes manos atrás de su espalda y pareció ponerse más pensativo.

– Quizá -dijo- a su padre le interesará una inversión más conveniente, señora. Beauchamp. Mi familia ha adquirido un astillero en Plymouth, muy prometedor, y con la fortuna de su padre…

Nuevamente el caballero se equivocó como tantos otros antes que él, pero sir Gaylord difícilmente entendió lo que había detrás de la mirada de soslayo de Shanna. En cambio, quedó súbitamente fascinado con las ventajas que le daba su altura. Como le llevaba a Shanna más que una cabeza, disfrutaba de una vista muy placentera de lo que había detrás del corpiño del vestido de ella cada vez que miraba en esa dirección, cosa que ahora sucedía muy a menudo.

– Viendo dónde se posaba la mirada del caballero, Ruark. sentíase cualquier cosa menos jovial. Ocultó su rabia detrás de un pichel rebosante de ale al que bebió hasta la última gota. Después de presenciar esta hazaña Shanna lo miró con expresión interrogativa pero sir Gaylord se interpuso nuevamente entre ellos y la tomó del brazo. Inclinándose sobre ella con algún comentario frívolo, la alejó disimuladamente de Ruark.

Ruark no tuvo tiempo de reaccionar porque su propio brazo fue aferrado por la enorme zarpa de Trahern. Mientras se dejaba llevar, oyó un torrente de ansiosas palabras que empezaron con:

– Ahora, en cuanto al aserradero. ¿Cuándo cree usted que…? Ruark no se dio cuenta de lo que respondió porque en su mente el resto de la conversación estuvo cubierto por una bruma de cólera a través de la cual solamente veía la espalda del amanerado sir Gaylord.

Trahern lo dejó cuando llegó un convoy de carros de la mansión. Los servidores de la casa. del hacendado bajaron de los vehículos y empezaron a preparar una larga fila de mesas que rápidamente fueron cubiertas con barriles de ale y cerveza y otros más pequeños de vinos seleccionados, dulces y secos, tintos y blancos. Un último carro se abrió y de él sacaron mitades todavía humeantes de cordero, cerdo asado, aves de todas clases y una gran variedad de pescados y mariscos, todo acompañado de salsas delicadas para complementar las carnes y estimular al paladar. Las damas de la isla trajeron sus propias preparaciones para sumarias al festín. Cuando Shanna llevó a sir Gaylord a inspeccionar las viandas, él extendió sus manos en gesto de rendición y rió frívolamente.

– Es gracioso que me vea abrumado por esta abundancia en una isla tan pequeña. Vaya, seguramente esto puede competir con las meriendas campestres que ofrecen en Inglaterra mis propios parientes.

No, advirtió las miradas indignadas de varias damas y tomó por alentadora la sonrisa divertida de Shanna. Trahern, quien se les había acercado a tiempo para oír este último comentario, se apresuró a enmendar el error de su invitado.

– Ah, sir Gaylord, es que usted no ha probado los magníficos platos preparados por las damas pues de haberlo hecho estaría de acuerdo en que ninguna merienda campestre del mundo podría competir con ésta.

Ruark, quien los había seguido lentamente, tomó sin muchas ganas otra ale para beberlo mientras observaba al afectado sir Gaylord. El caballero se secaba repetidamente la frente con un pañuelo de encaje y parecía sufrir mucho el calor. Ruark no perdía la esperanza de que el hombre se desplomara a causa de ello. Pero por lo menos con la cercana presencia de Trahern, sir Gaylord dirigía sus ojos a algo menos atractivo que el corpiño del vestido de Shanna.

– John Ruark.

Ralston lo señaló con su fusta y se le acercó. Ruark se detuvo para esperarlo aunque sus ojos no se despegaban.de ese pequeño toque de color rosado casi oculto por la alta y desgarbada silueta del caballero. Ruark no se daba cuenta de que Shanna también lo miraba por encima del brazo del inglés mientras sonreía y asentía ante la charla sin sentido del hombre. Ruark só10 se percató de que sir Gaylord la alejó nuevamente, hacia el extremo de una mesa separada donde los sirvientes estaban poniendo sus platos.

– John Ruark -dijo Ralston, llamándole la atención en tono cortante y enrojeciendo de ira cuando Ruark respondió lentamente y por fin se volvió para encontrarse con la mirada fría y penetrante-. Sugiero, señor Ruark, que trate de mantener bajo control sus deseos, aunque comprendo muy bien la causa.

– Ralston señaló despreocupadamente en dirección a Shanna-. Recuerde que ustedes un siervo y no piense que puede elevarse por encima de su posición mientras yo estoy aquí. Largo tiempo ha sido mi obligación mantener a la gentuza lejos de la puerta de Trahern. Ciertamente, usted parece descuidar sus obligaciones. Sugiero que vaya a ver la molienda a fin de vigilar que todo se haga como es debido. Sería una vergüenza que los jugos se perdieran, porque estos primeros deberían convertirse en un destilado especial.

– Con el debido respeto, señor -dijo Ruark entono mesurado y difícilmente controlado-, el maestro destilador aprobó la ubicación de cada piedra y ha demostrado su capacidad. No me parece que yo, con

menos experiencia en el asunto, tenga que supervisar su trabajo.

– Para mí es muy evidente, señor Ruark -el título fue dicho entono despectivo-

Que últimamente usted presume demasiado. Haga lo que le he dicho y no vuelva hasta que el trabajo esté terminado.

Pasó un largo momento hasta que Ruark asintió y se alejó a hacer lo que le decían.