Cuando todos los invitados estuvieron sentados en sus lugares, Shanna se encontró al lado de sir Gaylord y cuando miró alrededor de la mesa notó que el plato de Ruark había sido puesto lejos de su lugar habitual cerca de su padre y que todavía no le habían servido. Notó en seguida el arribo de Ralston y la sonrisa relamida que se dibujaba en sus labios habitualmente taciturnos.
Ralston se sentó en el medio de la mesa y miró con obvia satisfacción el lugar vacío de Ruark. "Por una vez" pensó, "ese bribón está donde tiene que estar, haciendo lo que tiene que hacer, trabajando a fin de que sus superiores puedan descansar”.
Al levantar la vista, el agente encontró la mirada de Shanna, quien lo miraba fijamente y ceñuda. Rápidamente Ralston volvió su atención a su comida, sin importarle que no fuera la sencilla comida inglesa que él prefería habitualmente.
El día de Ruark había llegado a su cenit con el éxito del trapiche. Después empezó a hundirse en una serie de rápidas caídas hacia su nadir. Sin embargo, este punto no fue alcanzado hasta más tarde, cuando al regresar del trapiche, oyó que la señora Hawkins y el señor MacLaird hablaban de las ventajas de que la hija del hacendado se casara con un lord. Escuchó un momento y después se alejó disgustado, para encontrarse nuevamente escuchando sin querer cuando Trahern se explayaba sobre las presuntas virtudes como yerno que podía presentar un caballero. El punto más bajo llegó, en verdad, cuando Ruark oyó que el capitán de la fragata y el mayor de los Royal Marines comentaban la decisión de sir Gaylord de viajar a las colonias con los Trahern. El caballero hasta había arreglado que parte de su equipaje fuera llevado a la mansión mientras que la porción más grande sería llevada a Richmond en la fragata para esperar allí su arribo con los Trahern. Ellos sospechaban que el caballero estaba buscando una esposa de fortuna y que había puesto sus ojos en la hermosa hija del hacendado.
Las palabras fatales no estaban escritas en la pared pero ardían furiosamente en la mente de Ruark. La escena estaba preparada para que ese relamido petimetre se ofreciera como esposo de Shanna. Mientras vaciaba su copa por duodécima vez, Ruark gruñó para sí mismo que ella no parecía demasiado a disgusto con el caballero y que se había mostrado llena de graciosa amabilidad durante toda la tarde.
Ruark no se disculpó y se retiró de la celebración. Tomó de la mesa una botella grande y llena, buscó su vieja mula y se alejó colina abajo.
Como era habitual, Shanna era el centro de atención. Los oficiales de la fragata se le acercaban a hacerle cumplidos y se demoraban para disfrutar unos momentos más la brisa refrescante de femenina pulcritud
después de largas semanas en el mar. Los músicos subieron a la plataforma y empezaron a tocar para entretener a la multitud. Un joven capitán bailó un rigodón con Shanna y alentó a los otros oficiales a solicitar el mismo favor. La fiesta hubiera debido alegrarla pues a Shanna le gustaba bailar y disfrutaba de la compañía de hombres alegres. Sin embargo, esta tarde había en su placer una nota extrañamente discordante Y cuando llegaban los raros momentos en que quedaba sola, se preguntaba intrigada por los motivos de su mal humor. La fiesta empezó a parecerle interminable y llegó a sentirse fastidiada por el tedio que le producía. Siguió sonriendo graciosamente pero su alivio fue inmenso cuando su padre sugirió por fin que dejaran que los pobladores se divirtieran a sus anchas e invitó a sus acompañantes a partir. A Shanna le pareció que el viaje de regreso no terminaría jamás y ni siquiera la espléndida vista de los rompientes iluminados por la luna logró conmoverla. Cuando llegó a la mansión se disculpó rápidamente con sir Gaylord, quien arrugó el entrecejo con desaprobación, y buscó el tranquilo refugio de sus habitaciones.
Ruark despertó sobresaltado. En un momento estaba dormido y al instante siguiente se halló completamente despierto. No pudo encontrar una razón para ello. Estaba alerta y parecía gozar de buena salud, aunque se había quedado dormido en un sillón donde había estado bebiendo de una botella. Ruark sacó el corcho, olfateó e hizo una mueca ante el olor picante del aceitoso ron negro. Nunca había llegado a gustarle esa bebida y prefería las variedades más claras y suaves.
El reloj que estaba a sus espaldas sonó una sola vez y Ruark vio que era la una de la mañana.
Se levantó de su sillón y fue hasta la ventana. Old Blue estaba en su pequeño corral, aunque la puerta se encontraba abierta, dormitando debajo del cobertizo que había construido Ruark.
Aflojó su camisa de lino, se la quitó y fue hasta el lavabo que había en su dormitorio donde, no teniendo otra cosa que hacer, se afeitó y lavó de su cuerpo el sudor del día. Se enjuagó la boca para quitarse el gusto amargo y se puso unos calzones cortos antes de salir al pequeño porche para aprovechar el fresco de la noche. Aunque ligeramente mareado, como si todavía persistieran en él algunos de los efectos del ron, tenía una sensación de bienestar y la mente despejada.
La luna estaba baja, como rozando las copas de los árboles. Donde atravesaba el denso follaje, iluminaba la fresca, pero extrañamente tensa noche, con un resplandor fantasmagóricamente gris. Ruark sintió en su interior un impulso que lo inquietó. La noche parecía llamarlo, las sombras invitarlo. Salió del porche y sintió la humedad del rocío en sus pies desnudos. Atravesó el cerco de arbustos y caminó entre los altos árboles. La mansión lo atraía. Su gran masa oscura recortabas debajo de los árboles más delgados. Ahora todas las luces estaban apagadas y él supo que los habitantes habían regresado y que estaban acostados.
Un bulto familiar apareció junto a él y Ruark tendió una mano para palpar el tronco y logró identificar el árbol que crecía delante del balcón de Shanna. Apoyo un hombro en la confortable columna de madera y miró hacia arriba, hacia las puertas abiertas de la habitación de ella. Su mente empezó a vagar hasta que llegó a una escena de Shanna dormida al lado de ese desgarbado caballero inglés. La visión fue sumamente desagradable y Ruark la expulsó rápidamente de su mente. Así liberados, sus pensamientos retrocedieron a una noche, cuando él la había observado durante el sueño, con su cabello dorado y miel extendido en cascadas a través de la almohada y enmarcando su rostro perfecto. Recordó después otras escenas de amor que con ella había compartido hasta que el ardor que sentía en su interior se convirtió en una exótica tortura y él se encontró debajo del balcón, estirándose hacia arriba, tratando de tomarse de, la enredadera."
Shanna flotaba en un sueño profundo, un limbo, un vacío interminable. Nadaba en un mar suavemente ondulante y de aguas color turquesa. Empezó a sentir un poco de miedo cuando advirtió que no había tierra a la vista, ni siquiera las nubes con tonalidades verdosas que reflejaban su presencia, pero entonces el miedo desapareció. A su lado, los brazos dorados de un hombre seguían las brazadas de ella. El hombre se volvió y ella vio el rostro de Ruark, con el blanco relámpago de una sonrisa. Los labios de él se movieron en un ruego silencioso y en seguida él arqueó su espalda musculosa y se zambulló debajo de las olas. Ella lo siguió riendo y se sumergió hasta donde la luz se desvanecía en una penumbra de color verde oscuro e interminables hilos de algas se enroscaron alrededor de los dos, uniéndolos en un beso interminable. Ella no sentía necesidad de respirar. Eran como dos ninfas flotando en un nirvana oceánico, cada vez más profundo, más profundo. Entonces, súbitamente, se encontró sola…
El rostro de Ruark volvió con proporciones gigantescas flotando sobre ella. Se acercó más pero ella no pudo tocarlo. Parpadeó, movió la cabeza tratando de borrar esa visión. Súbitamente sintió que estaba despierta y que él estaba allí. Tenía los brazos apoyados a cada lado de ella, sus labios se movían y su voz le decía, suavemente, como un niño que implorara un favor: