Su padre la quería casada y con hijos. ¿A quién elegiría ella? ¿Sir Gaylord, una ridícula caricatura de un caballero? En las sombras detrás de él, estaba otra figura, oscura Y misteriosa. Allí su paz se disolvía como nieve bajo las tibias lluvias de primavera y su mente luchaba por comprender el significado de su inquietud.
Lentamente, Shanna alzó su mirada hacia Ruark. Su dragón. ¿Le había arrebatado él la tranquilidad de espíritu?
Ruark miró a Shanna, acurrucada sobre la cama y perdida en sus cavilaciones. Parecía pequeña e indefensa, sin embargo, él sabía que si la desafiaban se erguiría con determinación y se defendería con una furia que empequeñecería a la ferocidad de un tigre herido. Por el momento estaba serena y él hubiera querido darle un poco de sabiduría que calmara la confusión de su mente.
– El dijo que soy libre de elegir esposo cuando yo quiera -murmuró Shanna y Ruark sintió que ella lo observaba atentamente-. ¿Qué voy a hacer contigo?
Ruark respondió después de un momento.
– No tengo deseos de ir en busca del verdugo, Shanna, pero encuentro poco que temer en la verdad.
– Eso puedes decirlo tú -replicó Shanna, irritada porque él tomaba la situación a la ligera-. Pero yo aún puedo verme obligada a casarme con algún petimetre si mi padre vuelve a encolerizarse.
Ruark rió cáusticamente.
– Shanna, si se descubre la verdad, te encontrarás bien casada y con un marido. ¡Yo! Por lo tanto, hasta que me cuelguen, no tienes por qué temer a otros hombres. Ciertamente, si mis servicios son de valor para tu padre, él podría extender mi deuda para cubrir el costo de abogados y defensores. -Ruark se inclinó hacia adelante y sonrió con picardía-. Considera esto, amor mío. Podría ser muy bien mi juego hacer que quedes encinta y esperar que tu padre no desee que su descendiente sea el hijo de un ahorcado.
– ¿Cómo puedes sugerir semejante cosa? -dijo Shanna, atónita-. ¡Eres un vil canalla! ¡Un desvergonzado!
– Ah, amor mío, tus dulces palabras -me conmueven -bromeó Ruark provocativamente-. Sólo puedo señalar que tus ruegos en el calabozo eran más gentiles y que estabas tan afligida que hasta entregaste tu virginidad para lograr tus fines.
– ¡Grosero, hijo de perra! -exclamó Shanna con el rostro de color escarlata y golpeando las sábanas con sus puños. Casi se ahogó en busca de peores epítetos. Esto era desusado porque Shanna, en su juventud,
Había estado expuesta al rudo lenguaje de los marineros y otros trabajadores y era capaz de lanzar una catarata de frases que pondrían envidioso al más vulgar de los truhanes callejeros.
Ruark se inclinó. Su cólera y su frustración empezaban a notarse en su expresión.
– ¿Y ahora -preguntó en tono despectivo- vas a tenerme como tu amante de bolsillo, Shanna? ¿Oculto en tus habitaciones y sin el derecho. de estar a tu lado a la luz del día? Temes que todo se sepa y que tengas que sufrir un castigo, pero yo, Shanna, tengo más que perder: Aun así, si eligiera entre enfrentar a tu padre como tu esposo o esconderme en los rincones oscuros de tus habitaciones, puedo asegurarte que prefiero ser tu esposo, honrado, amado, respetado y aceptado como tal por todo el mundo. -Ruark se volvió y su voz sonó cargada de amargura-. Si hubiera que ganar algo más que mi muerte y tu eterno odio, buscaría a tu padre ahora, reclamaría mis derechos y pondría fin a esta comedia.
– ¡Comedia! -La voz de Shanna estaba cargada de emoción-. ¿Entonces es una comedia que yo trate de evitar una vida junto a un decrépito conde o barón? ¿Una comedia que desee compartir mi vida con un hombre elegido por mí? ¿Es una comedia que desee eso en la vida? Sí, te burlas de mí cuando yo, sólo trato de vivir con cierta esperanza de felicidad.
– ¿Y estás segura de que la vida conmigo no te traería felicidad?
– dijo Ruark y la miró fijamente, aguardando una respuesta.
– ¿Esposa de un siervo? -preguntó Shanna con incredulidad-. No podrías pagar uno solo de mis vestidos.
– No sería por mucho tiempo -replicó él con expresión sombría. Shanna hizo un gesto burlón.
– Claro -dijo-, pronto tu cuello sería estirado más allá de su resistencia. Entonces yo sería verdaderamente una viuda.
– Si te creyera tendría que abandonar toda esperanza -:-dijo Ruark con una ácida sonrisa-. Perdóname, Shanna, si continúo, como hiciste tú, buscando una vida mejor de lo que parece señalarme el destino.
– Me irritas con tu petulancia -dijo Shanna en tono duro pero sin atreverse a mirarlo a los ojos-. Y me cansas con tus teorías.
– Por supuesto, mi lady. -Ruark habló con exagerada gentileza-. Si eres tan amable, mi sombrero y mi camisa. Valoro mucho mis ropas puesto que son lo único que pertenece a John Ruark.
Shanna buscó debajo de las sábanas y le arrojó la camisa sin decir una palabra. Tuvo más dificultad para encontrar el sombrero pero al fin lo sacó de abajo de sus caderas.
Ruark tomó su sombrero y examino largamente su forma aplastada, antes de llevárselo al pecho e inclinarse en una rígida reverencia.
– Me marcho, con tu permiso -dijo-. No te molestaré más con mis infortunios.
Shanna se quedó quieta, sin oír los sonidos de su partida. Por fin se dio vuelta para ver qué lo demoraba y se sorprendió al encontrarse sola.
Shanna quedó mirando hacia las sombras vacías. Un dolor empezó a crecer dentro de su pecho y a corroerla hasta el alma. Súbitamente deseó llamar a Ruark. Aun en sus batallas sentía más alegría que en el doloroso vacío en que se hallaba ahora. No había dicha en el mundo; el mismo era cruel y frío, sin calidez para calmar su helado corazón.
– Oh, Dios -gimió acongojada-, por favor…
Pero aun mientras rogaba, no hubiera podido poner un nombre a lo que pedía. Sacudió la cabeza y luchó contra la abrumadora depresión. Se levantó y sacó del guardarropa una larga bata blanca.
Sus habitaciones ya no eran para ella un refugio y como un espectro extraviado empezó a recorrer la mansión hasta sus rincones más remotos y oscuros buscando algo que calmara su turbado espíritu, pero en ninguna parte encontró lo que buscaba. Por fin se detuvo ante la puerta del salón donde se encontraba su padre. Trahern levantó la vista de sus papeles.
– ¿Shanna? -dijo en tono sorprendido-. ¿Qué haces aquí, criatura? Estaba por irme a la cama.
– Pensé dar un paseo por el jardín, papá -replicó suavemente ella-. Volveré pronto. No me esperes levantado.
Orlan Trahern contempló a su hija que se alejó de la puerta y después esperó, rodeado por el silencio de la casa, mientras los pies desnudos de ella cruzaban el piso de mármol del hall. Se abrió la puerta principal, en seguida se cerró y volvió a reinar el silencio. Orlan Trahern suspiró profundamente, se levantó de su sillón y lentamente subió a sus habitaciones.
Shanna caminó entre los árboles pero en cada sendero que tomaba le parecía oír una voz enronquecida por la pasión y sentía como si unos ojos ardientes de color ámbar estuvieran observándola. Había llegado a cierta distancia de la casa y pasaba cerca de los establos cuando oyó un suave relincho. En la oscuridad, fue hacia el origen del sonido, rozando con sus pequeños pies la hierba mojada por el rocío.