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Ruark maldijo mentalmente y trató de aflojar las cuerdas de sus muñecas pero estaban atadas muy bien y muy apretadas. Era inútil luchar, de todos modos. No creía que Pitney le quitaría la mordaza para escucharlo y menos cuando Shanna lo había convencido.

Los remos se movieron más despacio y una voz llegó hasta el bote. Pitney respondió y momentos después Ruark fue levantado sobre un hombro y arrojado sin ceremonias sobre la cubierta del barco. Ruark contuvo un gemido y permaneció sin moverse, aunque le parecía que todo su cuerpo palpitaba con el dolor de su cabeza. No pudo entender las palabras del diálogo que siguió pero oyó el tintinear de monedas mientras era contada una suma considerable. Unas fuertes pisadas cruzaron la cubierta y Ruark supo que Pitney se marchaba. No mucho después le quitaron el saco de la cabeza y arrancaron la mordaza de su boca. Le arrojaron un balde de agua salada y rudamente lo hicieron ponerse de pie. Todavía maniatado, lo amarraron a un mástil.

Acercaron una linterna y en su luz apareció una fea cara.

– Muy bien, muchacho -dijo una voz ronca y áspera-. Quédate quieto aquí hasta que podamos ocuparnos de ti.

La linterna se alejó. En medio de órdenes en voz baja fueron izadas el ancla y las velas. Pronto una fresca brisa matutina acariciaba. el rostro de Ruark y la goleta cabalgaba sobre las olas. Ruark giró el cuello y vio que las luces de Los Camellos, cada vez más lejos, se perdían de vista. Por fin Shanna lo había hecho abandonar la isla.

Ruark suspiró resignado y apoyó nuevamente su cabeza en el mástil. De alguna manera encontraría una forma de regresar y renovar sus reclamaciones. Esto nada cambiaba. Ella aún era su esposa: Pero primero debía superar lo mejor posible esta situación y sobrevivir.

Ruark pasó su primera noche a bordo atado a la base del mástil principal. La goleta apenas había perdido la isla de vista cuando echó el ancla otra vez. Con excepción de la guardia en el alcázar, el navío parecía desprovisto de vida. Sólo cuando hacían dos horas y que había salido el sol, un tripulante pasó lo suficientemente cerca para que Ruark lo llamara. El hombre se encogió de hombros y se dirigió a la popa. Momentos más tarde llegó un inglés corpulento quien después de estar unos minutos apoyado en la borda, vio a Ruark y fue a su lado.

– Yo. diría, señor -dijo Ruark, iniciando la conversación- que hay pocos motivos para tenerme atado, pues no les he hecho ningún dasafio y ciertamente no pienso hacérselo. ¿No sería posible que me desaten para poder atender a mis necesidades?

– Bueno, muchacho -dijo el inglés-, no tenemos motivos para causarte incomodidades pero tampoco veo razón para confiar en ti. Vaya, si ni siquiera te conozco.

– Ese problema se soluciona muy fácilmente -repuso Ruark-. Me llamo Ruark. John Ruark, hasta hace poco siervo de Su Majestad lord Trahern. -Tuvo la inspiración de pronunciar el apellido en un tono levemente despectivo-. Me doy cuenta de que usted ha recibido una suma importante para recibirme a bordo y diría que como pasajero que tiene su pasaje pagado, por lo menos debería disfrutar de libertad en el barco -Señaló con la cabeza hacia el horizonte-. Como podrá usted imaginar, no tengo intenciones de abandonar la cubierta.

– En eso no veo inconveniente. -El hombre escupió por arriba de la borda. Sacó un cuchillo y probó el filo con su pulgar-. Me llamo Harripen o Capitán de mi propio barco cuando estoy a bordo. Harry, para, mis amigos. -Se inclinó y con rápidos movimientos cortó las cuerdas que tenían a Ruark asegurado al mástil.

– Muchas gracias, capitán Harripen. -Ruark eligió el título más, respetable y se frotó vigorosamente las muñecas para restablecer la circulación-. Estoy en deuda con usted.

– Está bien -gruñó su benefactor-. Porque yo no le debo nada a nadie-. Nuevamente miró a Ruark fijamente, como perforándolo con un ojo bizco-. Hablas muy bien para ser un siervo. -Aunque fue una afirmación, sonó como una pregunta.

Ruark rió levemente.

– Le aseguro que es un estado temporario, capitán, y en verdad no sé si condenar a quienes se volvieron contra mí o agradecerles. -Señalo con la cabeza hacia el castillo de proa-. Si me disculpa, capitán, tengo que atender necesidades que esperan desde hace mucho rato. Le quedaré muy agradecido si puede arreglar que yo hable con el capitán de este barco más tarde.

– Puedes estar seguro de eso, muchacho. -El hombre escupió otra vez.

Ruark atendió sus necesidades y después encontró comida y un jarro de ale. Esto último parecía la mercadería más abundante a bordo. Tomado su desayuno, buscó un rollo de cuerda en un lugar a la sombra y se tendió para recuperar el sueño perdido la noche anterior.

Cuando no faltaba mucho para el crepúsculo fue despertado y llevado á la cabina del capitán, donde fue sometido a un largo y silencioso examen por unos hombres sentados alrededor de una mesa.

Ruark nunca había visto caras más siniestras. Un mulato se echó adelante en su silla, apoyó sus gruesos brazos en la mesa y atravesó a Ruark con una mirada sombría.

– ¿Un siervo, dices? ¿Cómo sucedió eso?

Ruark pensó rápidamente mientras miraba las caras con cicatrices que lo miraban curiosas. Si estos eran buenas personas de cualquier sociedad, él era un niñito inocente.

– Asesinato. -Los miró a todos, uno por uno, y ninguno pareció sorprenderse-. Me compraron en la cárcel y me hicieron trabajar para pagar mi deuda.

– ¿Cómo saliste de la isla? -preguntó Harripen, escarbándose los dientes con las uñas.

Ruark se rascó perezosamente el pecho y sonrió lastimeramente.

– Una dama a quien no le gustó una muchachita retozona que estaba aguardándome en el henil.

– Debe de ser una dama muy rica por las monedas que pagó para verte lejos.

Ruark se encogió de hombros.

– ¿Qué guarda el hacendado en sus depósitos? -preguntó el capitán de la goleta-. ¿Tesoros? ¿Sedas? ¿Especias?

Ruark miró al hombre con una perezosa sonrisa y se frotó la barriga.

– Hace tiempo que no pruebo bocado, compañero. -Señaló con el pulgar las fuentes que seguían llenas en un extremo de la mesa-, ¿Puedo comer algo?

Le acercaron una pierna a medio comer de algún animal pequeño junto con un jarro de ale tibio. Ruark acercó una silla y se dispuso a comer.

– ¿Qué hay de esos depósitos?,-insistió el hombre de la cicatriz.

– Páseme el pan por favor, compañero. – Ruark se limpió la boca con el dorso de la mano y bebió un sorbo de ale. Cortó un trozo del pan que mojó en el jugo del plato, después tomó una camisa que colgaba del respaldo de su silla y se limpió las manos con ella.

– Ya has comido lo suficiente -gruñó el mulato-. ¿Qué hay en esos depósitos?

– De todo. – Ruark se encogió de hombros y soltó una carcajada burlona-. Pero no tiene ningún valor para ustedes. -Sonrió a los hombres que lo miraban ceñudos-. Nunca podrán entrar al puerto. -Hundió un dedo en el ale y dibujó sobre la mesa un círculo parcial, dejando sus extremos separados. Su dedo ensanchó el fondo del círculo-. Esto es el pueblo, donde están los depósitos -añadió para beneficio del mulato-.

Aquí -trazó una "X" en un extremo del arco- y aquí -trazó otra "X" frente a la primera- hay baterías de cañones. Para entrar al puerto hay que pasar entre ellos. -Trazó una línea a través de la abertura.

Ruark se echó atrás en su silla, miró los rostros que lo observaban y rió por lo bajo.