Una puerta se cerró violentamente. Shanna se levantó, tomó una vela, cruzó su saloncito y salió al pasillo. Hergus había dicho que todos los hombres habían salido con el hacendado. Si él había regresado, entonces los sirvientes tenían que haber venido con él. Pero la casa estaba a oscuras y por primera vez en su vida le pareció extrañamente amenazadora.
– ¿Quién está ahí? -preguntó Shanna desde la cima de la escalera y trató de ver entre las sombras de la planta baja.
No obtuvo respuesta, sólo un denso y opresivo silencio. Shanna puso valientemente un pie en la escalera y empezó a descender lentamente, atenta, esperando un sonido familiar que aflojara sus tensiones. Una pisada apagada rompió la fantasmal quietud y Shanna sintió que se le erizaba 1a piel de la espalda. Pero juntó coraje, y terminó de bajar la escalera, protegiendo con su mano la llama de la vela.
– ¿Quién es? i Sé que usted está ahí!
Había dado solamente dos pasos desde la escalera cuando una mano velluda surgió de la oscuridad y arrebató la vela. Shanna ahogó una exclamación y giró. La luz fue levantada hasta que reveló una cara picada de viruelas; una cicatriz que la recorría en toda su longitud tiraba hacia bajo del ángulo de un ojo en un curioso pellizco de piel. Una sonrisa repulsiva dejaba ver unos dientes disparejos, ennegrecidos. En ese momento de terror de pesadilla, pareció que el demonio había tomado forma humana.
CAPITULO QUINCE
Cuando sonaron los disparos del cañón de la isla, Ruark pasó un momento de inquietud Y esperó que Harripen y la tripulación se volvieran contra él. Los hombres estaban agrupados en el alcázar, mirando hacia tierra, y por el momento parecían haberse olvidado de él. Como no vio que hicieran movimientos amenazadores, siguió trabajando en sus ataduras en un intento de aflojar las cuerdas que le sujetaban apretadamente las muñecas. Momentos después fue nuevamente interrumpido, por Harripen, quien llamó a varios hombres para que se reunieran con él y señaló hacia la costa. Ruark no podía ver nada de lo que sucedía allí pero le alivió comprobar que no le dedicaban más atención. Redobló sus esfuerzos pero los nudos estaban muy bien hechos.
Harripen reinició sus paseos por la cubierta de la goleta y Ruark poco adelantó con sus ataduras. La noche quedó silenciosa, los únicos sonidos eran los crujidos del barco y el golpear de las olas contra el casco, además de una ocasional voz apagada. En la isla de Trahern parecía no haber más actividad.
Casi habían volteado dos veces el reloj de arena cuando hubo un grito desde la cofa y corrió la novedad de que regresaba el grupo de desembarco. Aunque eso estaba lejos de sus esperanzas, Ruark suspiró aliviado. Por la gracia de Dios, aún podría sobrevivir.
Sin embargo, ese pensamiento duró poco y él se preparó para lo peor cuando Harripen vino desde el alcázar blandiendo su machete. Ruark se tranquilizó considerablemente cuando comprendió que el golpe no estaba destinado a él sino que fue un rápido corte que lo liberó de sus ataduras. Rápidamente, Ruark se libró de las cuerdas
– Parece que dijiste la verdad, muchacho -dijo el hombre por sobre su hombro-. Ahora vienen nuestros hombres.
Se oyó un silbido y pronto los piratas subieron a bordo, trayendo sacos y cofres llenos de botín. Ruark aprovechó la distracción y retrocedió hacia las sombras del extremo más alejado de la cubierta. Estaba quitándose las sandalias con la intención de arrojarse al agua y nadar hasta la costa cuando un cofre grande, tallado, con una ornamentada cerradura de bronce, fue izado sobre cubierta. Ruark se llenó de aprensiones cuando reconoció el arcón que solía estar debajo del retrato de Georgiana, en la casa de Trahern. Fueron necesarios seis hombres para pasar sobre la borda el voluminoso objeto, el cual cayó sobre cubierta con un golpe que delataba su peso. Ruark se acercó y empezó a sentir un helado temor.
Desde los botes, un grito ahogado atravesó el aire e hizo que a Ruark se le erizara la piel del cuello. Esperó tensamente mientras Pellier, el mestizo francés, trepó por el costado del barco y se volvió para subir a bordo una forma que se retorcía, cubierta por un saco de arpillera firmemente atado con cuerdas, De un extremo asomaban unos tobillos finos y unos pies descalzos y pequeños.
Ruark juró entre dientes y se acercó a la luz de la linterna mientras las ataduras eran aflojadas y el saco arrancado. Entonces se encontró mirando a los ojos verdes más furiosos que jamás había visto.
Tu. -exclamo Shanna-.Tu… canalla.
Shanna aferró un remo corto que estaba apoyado en la borda, y antes que nadie pudiera impedirlo, lo lanzó con toda sus fuerzas contra la cabeza de Ruark. El lo esquivó fácilmente y el arma se quebró contra el mástil a espaldas de él. Shanna lo miró con los ojos llenos de lágrimas y de todo el odio de que era capaz.
– ¡Malditos tontos, estúpidos! -rugió Ruark, interrumpiendo las fuertes risotadas de Pellier-. ¿No saben lo que han hecho? ¡Esta es la hija de Trahern y él vendrá en pos de ustedes sediento de venganza!
– ¡Ajá, y yo me ocuparé de que te cuelgue a ti primero! -gritó Shanna-. ¡Y después me reiré cuando arroje tu cadáver para alimentar a los tiburones!
Ante la furiosa andanada, Ruark se inclinó burlonamente. El conocía bien lo precario de su situación. Si sólo hubiera tenido que preocuparse por él, habría sido fácil escapar. Pero otra cosa sería la fuga de él y ella.
Otros tres prisioneros fueron traídos a bordo y Ruark reconoció a tres siervos. Fueron arrojados rudamente contra la borda y amarrados juntos allí. Seguirían viviendo en esclavitud, pensó Ruark, pero ahora bajo el látigo siempre listo de amos menos que humanos.
Ruark se volvió hacia Shanna. La miró con aparente lujuria pero en su mente no había lugar para pensamientos libidinosos. Por el momento Pellier y Harripen estaban más interesados en los tesoros materiales que eran izados a bordo desde los botes y habían dejado a la bella cautiva al cuidado de varios hombres.
– Traidor -siseó Shanna mirando a Ruark.
– Traidor no, mi lady. -Su voz fue baja y sólo llegó a los oídos de ella-. Una simple víctima de un capricho de mujer. Estudié las posibilidades y aproveché lo mejor que tenían para ofrecerme.
Shanna estaba furiosa. El haber sentido un asomo de remordimiento por sus actos ahora le resultaba una cosa muy amarga de tragar.
– ¡Miserable hijo de perra! -dijo ella-. ¡Bastardo maldito y despreciable!
Ruark rió sardónicamente bajo esa lluvia de insultos. La bata de ella estaba abierta y el camisón de. batista que llevaba debajo atraía la mirada de él. Ruark se percató que el espectáculo estaba haciendo efecto en la tripulación, porque los hombres empezaban a acercarse desde diferentes partes del barco para ver mejor a esta deslumbrante beldad cuyo cabello caía en maravilloso desorden sobre sus hombros y brillaba como oro a la luz de la linterna.
Súbitamente, Shanna sintió las atrevidas manos de Ruark que le acariciaban rudamente los pechos. Ahogada de furia, se apartó, cerró su bata y la ajustó con el cinturón.
– Esta vez has traicionado a mi padre -dijo ella entre dientes-. Y él te cazará como el perro que eres.
– ¡Traicionado! -Ruark rió cáusticamente y continuó, en tono burlón y despectivo-: No, señora. Le ruego que reflexione. Yo solamente buscaba los favores de mi propia esposa. Fue ella quien traicionó perversamente mi confianza…