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– Ahora, yo aprecio mucho mi pescuezo y no querría verlo estirado en el palo mayor del Hampstead -continuó Ruark sin inmutarse-. Ya le han retorcido la nariz a Trahern ¿pero quieres atraer sobre nosotros toda la furia de su venganza? También hay que considerar esto: la riqueza que sacarás de la carne de ella sería muy poca y ciertamente se ahogaría pronto, pero el padre ama a su hija como su única descendiente y sin duda pagará una bonita suma por su devolución, sana y salva.

Viendo cierta lógica en este razonamiento, Pellier se aflojó y Ruark lo soltó.

– Sí, dices la verdad -gruñó el mestizo de mala gana y sus ojos malignos bajaron hacia Shanna quien, aunque golpeada y dolorida, lo miró con profundo desprecio-. Pero fue Pellier quien la trajo aquí ¿eh? Ella será mía hasta que el rescate haya sido pagado.

A Shanna se le formó un nudo en la garganta, tanto por la furia como por el miedo. La mirada de él pareció atravesar las escasas ropas y bajó hasta detenerse en las nalgas y las caderas graciosamente curvadas. Shanna no pudo evitar un estremecimiento de repulsión y apretó la delgada bata alrededor de su cuello.

Cuando vio a Ruark a bordó del barco, ella, pensó que él había planeado su captura, ya fuera por venganza o por deseo. La idea, aunque la enfureció, por 1o menos era remotamente aceptable como destino para ella y pensó que podría soportar la situación. Pero ahora empezó a sentir un miedo helado por 1o que le reservaba el futuro. Este bruto asesino, Pellier, no hubiera podido ser más repugnante para ella. Era un hombre grosero, sucio, sin la menor idea de decencia. Si le hubieran dado a escoger entre someterse a él o arrojarse al agua, habría elegido lo último sin vacilación. Ciertamente, en cuestión de elecciones, Ruark era su único refugio. Pero si él la había traicionado antes, muy bien podía volver a hacerlo.

La actitud de Ruark era casi calma mientras observaba los ojos de Pellier que apreciaban y saboreaban 1o que consideraba suyo. Un hombre más observador que el mestizo hubiera advertido el endurecimiento de las facciones de Ruark, la tensión de su mandíbula, la frialdad de su mirada… y lo hubiera tomado como advertencia.

Deliberadamente, Ruark aferró la muñeca de Shanna y pese a los intentos de liberarse de ella la llevó ante el capitán pirata. Ignoró las verdes, dagas que lo atravesaron y con un dedo bajó el mentón de ella la obligó a levantar el rostro frente a la linterna hasta que Pellier pudo ver claramente la fina y delicada belleza.

– Te hago una advertencia más, capitán Pellier. Si tienes ojos en tu cabeza, puedes ver que ésta es una pieza rara de considerable valor.

– Ruark pasó el dedo por la frágil columna del pálido cuello. Shanna se estremeció y él se preguntó qué emociones la estaban traicionando-. Pero la pieza se quiebra con facilidad con el mal trato, y una vez devuelta, su venganza puede ser más costosa que la del mismo Trahern. Esta es su hija idolatrada y él hará la voluntad de ella. Por lo tanto, tiene que ser tratada con cuidado hasta el dia que hayas, cobrado el rescate.

Ruark la soltó pero no sin antes dirigirle una fugaz mirada de advertencia. Después, con un saludo despreocupado a Pellier, pasó junto a ella y se dirigió al castillo de proa, donde se apoyó en la borda y miró el iridiscente mar que se curvaba debajo -de la proa.

Shanna, desconcertada, lo observó a hurtadillas y se preguntó si este hombre, que siempre parecía marcar su vida, sería ahora su campeón.

– ¡Aten a la mujer! -gritó Pellier.

Gaitlier corrió hasta Shanna, la tomó de la muñeca y la arrastró tras de sí mientras dirigía repetidas miradas por encima de su hombro hacia la solitaria figura apoyada en la borda.

El sol, elevándose sobre el horizonte tiñó el cielo de un suave color rosado. Las velas se hincharon con 'la' fuerza del viento y la goleta empezó a cortar las aguas como una gaviota en grácil vuelo.

Atada con los otros prisioneros a la base del palo mayor, Shanna dormitaba incómoda y despertaba cada vez que se acercaba alguien. Habitualmente era Pellier quien se detenía frente a ella con las piernas separadas y los brazos en jarras. Su rostro moreno se retorcía en una mueca malévola mientras sus ojos oscuros la taladraban. Shanna temblaba de miedo y repulsión pues sentía en él un deseo perverso y vengativo de verla retorcerse de agonía.

A mediodía el velamen protegió a Shanna del ardiente sol, pero su nariz ya estaba enrojecida y las mejillas presentaban un color más acentuado. Su largo y rizado cabello, agitado por el refrescante céfiro, le acariciaba la cara y los pechos, enredado en involuntario abandono.

Los hombres de Pellier se detenían a menudo para mirada con ojos hambrientos, pero conocían a su capitán. Pellier solía encolerizarse sin advertencia y su destreza con las armas le había ganado un profundo respeto rayano en el miedo. Hacía tiempo habían aprendido a mantenerse alejados del mestizo y de todo lo que le pertenecía. Solamente Gaitlier llevó a Shanna un trozo de queso y un poco de agua, y hasta estas atenciones menores podían merecer la desaprobación de Pellier.

Ruark mantenía su vigilancia desde un lugar más distante y miraba a Shanna con los ojos entre cerrados mientras pretendía dormitar pacíficamente, la espalda apoyada en la borda y las piernas extendidas ante él.

En las últimas horas de la tarde, la goleta ajustó sus velas y empezó a deslizarse cautelosamente a lo largo de una sucesión de islas pequeñas y pantanosas, poco más que arrecifes rodeados de arena y cubiertos de a cipreses y grupos ocasionales de palmeras. Fue izada una bandera roja. cruzada por una franja negra y el barco pasó ante una isla un poco más grande donde, sobre una plácida playa blanda, podía verse una choza solitaria debajo de un verde dosel de palmeras. Una superficie brillante reflejó la luz del sol poniente y la señal fue respondida con movimientos de los brazos por los piratas de la goleta. Shanna y los otros rehenes fueron liberados de sus ataduras y agrupados cerca del mástil. Ruark se levantó de donde había estado dormitando cerca de la proa y dirigio la mirada hacia las islas y arrecifes, tomando nota cuidadosamente los detalles.

Cuando el Good Hound dobló el extremo de la punta, enfrentó una extensión abierta de aguas poco profundas, marcadas de tanto en tanto por rompientes que indicaban la presencia de arrecifes y bancos de arena. Adelante había una isla mucho más grande con una colina baja que dominaba una caleta poco profunda y protegida a medias. En el terreno más alto podía verse una dispersión de chozas miserables. En el centro, sobre una duna, había un edificio grande, blanqueado, rodeado por una baja pared de piedra que encerraba un patio. Más allá del puerto, hacia ambos lados, se extendían pantanos de mangle que junto con los arrecifes y los bancos de arena proporcionaban una protección contra los ataques que se extendía más de media milla.

Harripen se unió a Ruark junto a la borda y se apoyó a su lado.

– Bien, muchacho -dijo el inglés-, esto es nuestro refugio. Mare' s Head se llama. ¿Que piensas.

Observó atentamente a Ruark pero éste se limitó a encogerse de hombros.

– Parece bastante seguro -dijo Ruark.

– Ajá, eso se puede decir. -Harripen señaló un lugar donde entre los bancos de arena se elevaban las cuadernas rotas de un barco-. ¿Ves esos restos de naufragio? Eran parte de una flota española que trató de hacer pasar un galeón entre los bajíos y acercarlo 1o suficiente para bombardear nuestro pueblo, pero con la marea alta las corrientes son fuertes y traicioneras. -Rió y se pasó la mano por el mentón-. Cuando el buque quedó encallado allí, fuimos con una balsa con un único cañón y 1o hicimos pedazos.