– A menos, naturalmente, que desees que yo te ayude -la amenazó, pero Shanna se apresuró a obedecer.
Bajó al oscuro agujero y cuando llegó al fondo levantó la vista, preguntándose qué se esperaba de ella. La escalera fue retirada y ella vio que Pellier buscaba algo contra la pared. Una pesada reja de hierro cayó para cubrir el agujero. Desconcertada, Shanna miró a su alrededor. Desde arriba llegaba un poco de luz filtrada por el enrejado y pronto vio que estaba de pie sobre un montón de basura, justamente debajo de la abertura. ¿Pensaba Pellier asustada con el encierro y la oscuridad? La idea era ridícula, por supuesto, pues ella se sentía más aterrorizada por las repugnantes atenciones de él.
Un chillido en la oscuridad enfrió la confianza de Shanna como un chorro de agua helada. Una gran rata pasó entre sus pies. Los chillidos del animal provocaron risotadas de Pellier. Ansiosamente, Shanna se estiró hacia arriba para alcanzar el enrejado, pero el pirata hizo rodar un pesado barril para impedir que ella escapara. Shanna se volvió y vio varias ratas que acechaban desde el borde de la zona iluminada. Sus ojos brillaban curiosamente rojizos y malignos, como si estuvieran contemplando los últimos momentos de ella. Shanna se apartó de ellas y bajó un poco el montón de desperdicios.
El hedor del pozo la sofocaba y le provocaba náuseas. Shanna adivinó para qué usaban los piratas ese lugar. Las pequeñas bestias de ojos rojizos se volvían más atrevidas. Media docena o más ahora la observaban y se acercaban más cada vez que ella miraba hacia otro lado.
Shanna retrocedió otro paso y su pie se hundió hasta el tobillo en el cieno. Una rata corrió hacia ella y Shanna la apartó de un puntapié. Más roedores salieron de la oscuridad hasta que su cantidad se duplicó, y empezaron a avanzar todos juntos, como un solo cuerpo. A Shanna se le escapó un trémulo sollozo y debió retroceder hasta que el agua sucia le llegó a la rodilla. Una risa sardónica llegó de arriba y por la reja cayeron un trozo de pan y pedazos de carne.
– Aquí tienes, mi lady -dijo Pellier en tono burlón-. ¡He aquí tu cena! Es decir, si puedes impedir que la coman tus voraces amiguitas. y aquí hay algo para calmar tu sed. -Vertió ale por el enrejado, el cual cayó sobre las ratas que ahora se disputaban la comida que él acababa de arrojar-. No me eches mucho de menos. Tus amiguitas te harán compañía hasta que yo esté listo para ti.
Sus pisadas se alejaron del pequeño mundo de Shanna, quien, consciente de su hambre devoradora, miró en silencio a las voraces ratas. El ruido de las gotas de humedad condensada que caían le hacía sentir más sed. El hedor del pozo la hacía toser. Las ratas, buscando ahora cualquier último bocado, volvieron a mirarla. Algo rozó su pierna y Shanna se agachó y tomó un trozo de madera. Era firme y real, cosa que no parecía ser lo demás que la rodeaba. El hambre le corroía el estómago, la sed le quemaba la garganta, la fatiga erosionaba su voluntad, el miedo minaba su determinación.
Las ratas se acercaron al borde del agua; pero se mostraban reacias a aventurarse. Entonces una más atrevida que las demás saltó y empezó a nadar hacia ella. Shanna aguardó tensa y levantó el trozo de madera. ¡Un momento más! Con un sollozo, golpeó con la madera al animal con todas sus fuerzas, y después de frenéticos movimientos, no lo volvió a ver. Cautamente, las otras retrocedieron a una distancia más segura para observada con sus ojillos rojizos.
Shanna empezó a temblar violentamente y ni siquiera la derrota de la rata pudo animar su espíritu. Si por lo menos hubiera un lugar, seco y seguro, donde pudiera refugiarse. Blandió la madera. Las ratas seguían mirándola con ojillos malévolos y alerta. Ella quería llorar pero sabía que le aguardaba un desastre mayor si se mostraba débil. ¡ Estaba tan cansada! ¡Tan hambrienta! ¡Tan sedienta! ¡Tan débil!
Ojos malignos la miraban acechantes desde la oscuridad.
"¡Socorro! " gritó su mente. "¡Socorro! ¡Ruark!".
CAPITULO DIECISÉIS
Ruark había observado a Pellier llevándose a Shanna por la planchada y entre la multitud hasta que desaparecieron de vista. Entonces volvió su atención a los cuatro que estaban frente a él.
– Tengo cosas más importantes en que ocuparme que barrer ninguna cubierta -afirmó bruscamente.
– Vaya -rió el piloto -veo que quieres empezar por arriba. Bueno, hombre -los ojos del piloto se entre cerraron- para ser un capitán debes tener un barco y tienes que ser el mejor hombre de la tripulación. Pero tú nada has hecho salvo comer nuestra comida y beber nuestro ale.
Lentamente, Ruark retrocedió hasta que sintió la borda contra Su espalda. Su pie dio contra un cubo de arena que se mantenía al alcance de la mano para el caso de que se produjera algún incendio. Su mano dio contra un lugar donde se guardaban las cabillas. Los piratas no tenían pistolas pero tocaban, con evidente deleite, los mangos de los machetes que llevaban en sus cinturones. Ruark adivinó que Pellier había dejado órdenes que lo privarían de la parte de botín que le habían prometido. Un rápido final, sin duda, era lo que esperaba el mestizo. Pero este colonial tenía otros planes.
Sus ojos cayeron sobre la puerta entreabierta de la cabina del capitán y recordó las harinas que había visto allí cuando ellos lo interrogaron. Se apoyó en la borda y miró a los hombres. Había representado hasta ahora el papel de inofensivo cachorro, con la esperanza de que ellos relajaran su vigilancia. Debió de haber considerado que ellos eran chacales, dispuestos a devorar al indefenso. Ruark casi sonrió. "Veamos qué hacen los chacales cuando se enfrentan con un hombre de verdad", pensó.
No viendo nada que ganar si esperaba más tiempo, Ruark se agachó y con un rápido movimiento arrojó el cubo de arena a las caras de ellos. ¡Cuando los hombres, jurando y frotándose los ojos, retrocedieron! tropezando, él tomó rápidamente una cabilla del soporte y golpeó fuertemente con ella la cabeza del que tenía más cerca. A otro lo hizo doblarse en dos con un golpe debajo de las costillas y atajó el salvaje ataque del piloto quien había desenvainado su machete. La cabilla casi se quebró en dos pedazos al atajar el golpe del machete y Ruark, viendo que ya poco le serviría como arma, la arrojó a la cara del cuarto hombre, quien se agachó para esquivarla y chocó con el piloto. Ruark corrió entonces hacia la cabina y cerró la puerta tras de sí mientras varios cuerpos golpeaban del lado opuesto. Corrió el cerrojo y pasó los instantes que había ganado de ventaja en la búsqueda de un arma. Hizo a un lado una ornamentada espada de gala y puso la mano en el puño de un sable largo y corvo. Sacó la hoja de la vaina y el acero desnudo refulgió en la penumbra con un brillo cómplice. Aunque robusto, su equilibrio era tal, que apenas pesaba en su mano.
Ruark se acercó a la puerta y oyó los fuertes golpes. Entonces, en una pausa, descorrió el cerrojo y aguardó. La puerta se abrió violentamente y el peso de los hombres los hizo caer de cabeza dentro de la cabina. Ruark dio un punta pie en el trasero al último que entró. El piloto se puso de pie y cargó con un gran alarido y blandiendo su machete. La pesada hoja se dobló contra el moho del sable y se quebró contra un cofre de hierro. El sable, con la velocidad de una cobra, abrió el hombro del piloto y la delantera de su chaqueta. El hombre cayó hacia atrás.
El piloto miró su pecho donde una línea roja, delgada, empezaba a rezumar gotitas de sangre. Los otros se reunieron detrás de su líder como si su cuerpo los fuera a proteger de la amenazadora hoja del sable. Uno levantó vacilante su machete y Ruark se lo arrancó de las manos y pasó el borde mohoso de su sable por el antebrazo del hombre, donde dejó una línea roja de la que empezó a manar sangre. El pobre tipo gritó como si le hubieran arrancado el corazón. Aquí no había un cobarde desarmado que imploraba clemencia, como le habían dicho, sino un hombre vivo, peleador, decidido a no entregarse sin luchar.