– Tienes un acero, cerdo -gruñó-. ¿Sabes usado? -El había matado a demasiados hombres con su espada para dudar de su propia destreza.
Ruark asintió, arrimó la silla a la pared y condujo a Shanna hasta allí: Sacó sus pistolas, las amartilló a ambas y las dejó sobre Un barril, bien a su alcance. Por un momento bajó la mirada hacia ella. Shanna hubiera querido decirle alguna palabra amable en lo que podía ser la última oportunidad, pero todavía sentía hacia él un rencor que le sellaba los labios. No pudo mirado a los ojos.
Carmelita se apoyó contra la puerta del cuarto trasero, con la mirada ansiosa de ver sangre. Detrás de ella se acurrucó la muchacha flaca, con el rostro desprovisto de emociones, manteniendo cuidadosamente su lugar. Los otros piratas se prepararon para el espectáculo y la mesa fue empujada hacia un costado para hacer lugar para el duelo. Se hicieron apuestas y mucho dinero cambió de manos. Solamente Madre se abstuvo. El estudiaba atentamente al hombre mas joven.
Ruark sacó la vaina de su faja y la sostuvo en su mano. Una funda suelta, floja, había traído la muerte a más de un buen espadachín y era, en sí misma, un arma efectiva. Cuando desenvainó el sable, el acero brilló con un color azulado y Ruark se alegró de haberse tomado el tiempo suficiente para elegir un arma buena.
Los ojos de Ruark se encontraron con los de Harripen cuando el inglés cambiaba piezas de oro con el holandés.
– Lo siento, muchacho -rió el inglés con un encogimiento de hombros-. Pero tengo que recuperar mis pérdidas. La bolsa que tú tienes irá para el ganador con todas las posesiones del perdedor.
El hombre completó gustosamente su apuesta. Solamente Shanna estaba angustiada por el inminente acontecimiento. Su mirada seguía cada movimiento de Ruark. En su mente exhausta, un millar de pensamientos se perseguían en tremenda confusión. Este hombre que se disponía a defenderla era el mismo con quien ella había compartido momentos de pasión y a quien había hecho expulsar de su lado. Su ira parecía solamente un recuerdo de días pasados, ahora irreal e irracional frente a la ansiedad que por él sentía.:
La ligera espada de Pellier no podía rivalizar con el sable. Por lo tanto, Pellier se apoderó de un machete que colgaba con sus pistolas en el respaldo de su silla. Era un arma ancha, pesada algunos centímetros más corta que el sable que tenía Ruark.
– ¡Un arma de hombre! -dijo Pellier en tono burlón-. Hecha para matar. ¡A muerte, siervo!
De un salto, se lanzó inmediatamente al ataque. Su embestida, fue – intensa y traicionera, pero Ruark adoptó una posición cómoda y, detuvo con facilidad cada golpe. Demasiado tiempo habíase visto obligado a depender de las decisiones de otros para sobrevivir, pero ahora podía apoyarse en su propia destreza. Pronto empezó a atacar, y se dio cuenta de. que su contrincante no era ningún neófito. Pellier mostrabase decidido, pero a medida que sus aceros se encontraron una y otra vez, Ruark empezó asentir la falta de firmeza en el brazo del otro. Lanzó cuatro rápidos ataques y, como por arte de magia, apareció un pequeño corte en la chaqueta de Pellier. El hombre retrocedioo sorprendido.
El machete era un arma para matar pero también era pesado y la fabricación basta. El filo rebotaba contra el fino acero del sable. La victoria no iba a ser tan rápida como había esperado Pellier esfuerzo de sostener el pesado, machete empezaba a hacerse sentir.
Ruark vio una abertura, atacó profundamente y bajo desde el costado e hirió a Pellier en un hombro. Un corte superficial, pero Ruark retrocedió, dispuesto a dar cuartel. Pero Pellier aferró su acero, con ambas manos y se abalanzó. Shanna se estremeció de miedo pues pensó que vería a Ruark rebanado en dos, pero él atajó el golpe con su sable. El fino acero resistió. Por un momento los hombres estuvieron frente a frente, tocándose casi las narices, con los aceros, cruzados sobro sus cabezas y los músculos tensos. Pellier retrocedió rápidamente, Ruark saltó hacia atrás para eludir un golpe dirigido a su vientre.
Ahora el combate se volvió cansador. Las armas se encontraban en fortísimos golpes. Pellier embestia y Ruark detenía las arremetidas. En un momento, la hoja del machete se enganchó, en el borde cóncavo del sable y, ya debilitada, se quebró cuando Pellier trató de liberar1a. Sorprendido, el pirata retrocedió varios pasos y quedó mirando la empuñadura mutilada de su arma. Arrojó al suelo el inútil objeto y abrió las manos como si se reconociera derrotado. Atacarlo en ese momento, hubiera sido un asesinato y Ruark asintió con la cabeza y empezó a envainar su sable.
El grito de Shanna lo alertó. Levantó la cabeza en el momento en que la mano de Pellier se separaba de su bota empuñando un largo estilete Pellier levantó el brazo para atacar. Ruark estaba demasiado lejos para golpear, pero blandió el sable y la vaina voló y golpeo al pirata en la cara. Pellier soltó una maldición, tropezó otra vez y su cuchillo cayó al suelo. El francés se recobró, miró a Ruark y entendió lo que decía su mirada.
Rápidamente le entregaron un fino estoque y Pellier empezó a defenderse con toda la habilidad de que era.capaz. Ruark ya no sonreía ni disfrutaba del juego. Comprendía las reglas. ¡A muerte! Su ataque se volvió implacable. Ruark hubiera podido penetrar la ligera defensa pero eso lo habría dejado al descubierto, imposibilitado de enfrentar con su sable más pesado la velocidad del liviano estoque.
Su acero relampagueó como fuego azul cuando tocó el dePellier. Ruark no dejó que su oponente embistiera. Su expresión era severa y empezaba a sentir el esfuerzo de su brazo, pero siguió sin dar cuartel. Ahora un corte abrió la delantera de la,camisa de Pellier. Otro golpe 1o hirió en el muslo y una sangre roja y oscura tiñó sus pantalones. Después 1o alcanzó debajo del brazo. En un instante la punta del acero se hundió y el sable vibró con la fuerza del golpe. Pellier cayó hacia atrás, llevándose consigo el arma de Ruark. Su cuerpo se retorció en el suelo y en seguida quedo inmóvil.
Ruark miró a su alrededor las caras asombradas de los bandidos. Ninguno lo desafió. Después de un momento, retiró su sable y 1o limpió en la corta chaqueta de Pellier. Lo envainó y volvió a mirar a los demás. Madre seguía sentado, inmóvil, en su extraña pbstura encorvada.
– Un arma estupenda -declaró Ruark.,.-. Me ha sido útil.
– Madre asintió con la cabeza.
– Me pregunto si comprendes el resto de esto.
Ruark se encogió de hombros. Harripen se levantó y palmeó a Ruark en el hombro.
– ¡Una buena pelea, muchacho! Y has ganado bastante. El Good Hound es tuyo, por supuesto, y todas las pertenencias de Robby, y su parte del botín y -se volvió y.miró a sus compañeros-. ¿Qué dicen ustedes? ¿Creen que él se 1o ha ganado?
Fuertes risotadas y un coro de afirmaciones respondieron al inglés.
– ¡Un acto de justicia! -gritó Madre-. ¡El esclavo de Trahem tendrá a la hija de Trahern!
– ¡Que así sea, entonces! -anunció Harripen-. Tendrás a la muchacha hasta que sea pagado el rescate.
Trajeron nuevos picheles de ale y Ruark rió. Brindaron por su victoria mientras el cuerpo de Pellier era sacado sin ceremonias.
Cuando Ruark regresó a su lado para tomar sus pistolas, Shanna no pudo disimular su gratitud y logró dirigirle una trémula sonrisa.
Ruark fue al rincón donde estaban los otros tres prisioneros y preguntó:
– ¿Quién de ustedes tiene algo que decir?
Ninguno respondió. Se miraron unos a otros.