– ¡Ajá! Prefieren la esclavitud a ser libres aquí -dijo Ruark, y a continuación preguntó-: ¿Si los dejamos marcharse, dirán al hacendado que su hija está sana y salva y que será retenida como rehén hasta que él pague el rescate?
Los tres asintieron ansiosamente con la cabeza y provocaron una carcajada despectiva de Madre.
– Tontos, preferir a esto el yugo de Trahern.
– Los enviaremos en la balandra mañana al amanecer -ofreció Harripen-. Hasta entonces, dejemos que los pobres muchachos coman algo. ¡Y también la muchacha! Lo necesitará si es que este toro va a j montada.
Shanna dirigió al hombre una mirada furibunda pero aceptó el plato que le trajo la muchacha flaca.
Harripen encontró una pieza de seda rojo brillante y con su cuchillo cortó un trozo largo de tela. Con muchas risas y ceremonias él y el holandés hicieron un lazo en un extremo de la seda y lo colocaron alrededor del cuello de Shanna. Entonces la llevaron junto a Ruark y entregaron el otro extremo al vencedor del duelo. Ruark se prestó al juego, abrazó fuertemente a Shanna y la besó en la boca. Shanna se estremeció en muda protesta ante estas demostraciones en público, pero Ruark la levantó y la cargó sobre un hombro.
Siguiendo las indicaciones de Harripen, Ruark la llevó escalera arriba al alojamiento que había estado reservado para Pellier. Sus compañeros hicieron ademán de seguirlo pero Ruark los detuvo y los obligó a dar media vuelta. Cuando ellos se fueron, Ruark cerró la puerta, la trancó con la gruesa barra y se apoyó en ella con un suspiro de alivio.
En la oscuridad de la habitación, Shanna quedó donde estaba, sin atreverse a mover. Su nariz fue asaltada por el olor fétido del lugar, lo cual le hizo recordar la pesadilla del pozo de basura. Presa de pánico, se apretó contra Ruark. El le rodeó los hombros con el brazo para tranquilizarla.
– La pocilga de Pellier -comentó él desdeñosamente-. Buscaré, una vela. Quizá no es tan malo a la vista como indica el olor. ¿Quieres sentarte? -preguntó cuando sintió que ella se tambaleaba.
Shanna se estremeció.
– No me atrevo hasta no ver que hay aquí.
– Sí -dijo Ruark-. Me temo que en Mare's Head hay algo muerto y nosotros lo averiguaremos.
Después de hallar un cabo de vela, Ruark consiguió encenderlo un suave resplandor se extendió por la habitación.
El cuarto era un caos de ropas desparramadas, botellas vacías y varios cofres y barriles, sin duda parte del botín tomado en las correrías del pirata. Una ornamentada cama de cuatro postes tallados parecía flotar en un mar de basura. Un alto armario estaba abierto y en él veíanse telas de seda y satén descuidadamente amontonadas. Ninguna silla estaba vacía, todas estaban ocupadas por diversos objetos. Unas cortinas de rojo terciopelo, polvorientas y desgarradas, cubrían las ventanas. Una enorme bañera de porcelana contenía restos de botellas y frascos que habían sido arrojados en esa dirección. Había varios espejos en las paredes, todos mirando hacia la cama. Una bacinilla parecía la fuente de los malos olores.
Shanna sintió náuseas y desvió el rostro para no ver el repugnante desorden pero Ruark emprendió acciones más positivas. Descorrió las cortinas Y abrió los postigos para dejar que las brisas oceánicas entraran en la habitación, y arrojó la bacinilla por la ventana. La siguieron frazadas y sábanas sucias y pronto una alta pila de ropas de Pellier, reconocibles por su olor, empezó a formarse debajo de la ventana. Las botellas de la bañera se estrellaron contra las piedras del patio, todo lo que podía amenazar la comodidad fue arrojado fuera de la habitación. Ruark pasó el brazo sobre la mesa y envió los restos resecos de muchas comidas a una sábana que había sacado de la cama. Hizo un lío con la sábana y otras prendas y arrojó todo al patio. Aunque el aire todavía ofendía los sentidos, por lo menos ahora era respirable. Ruark sopló dentro de una jarra que estaba sobre el lavabo y levantó una nube de polvo.
– Parece que Pellier sentía aversión al baño -comentó.
Shanna se estremeció de asco. Ansiaba poder darse un baño y gozar de la comodidad de una cama limpia para su cuerpo agotado. Ruark la contempló con compasión, pero en el salón del piso bajo parecía reinar un silencio expectante. Ruark se acercó a Shanna y cuando ella 1o miró, hizo su petición.
– Grita.
Shanna lo miró sin comprender.
– Grita. Y fuerte -ordenó con firmeza.
Pero Shanna siguió muda, mirándolo fijamente.
Casi con placer, Ruark tomó la suave tela que cubría los pechos de ella y desgarró la bata todo a lo largo.
Y ahora, dando rienda suelta a toda la rabia, los miedos y las frustraciones contenidas, Shanna dio un alarido que hizo temblar los espejos. Se detuvo para tomar aliento y volvió a gritar. Esta vez Ruark se adelantó y le tapó la boca con una mano. Inmediatamente oyeron la tempestad de risotadas que estalló en el salón de abajo.
Ruark la abrazó con fuerza y Shanna sintió que él reía por lo bajo.
– Eso les dará algo en que pensar por un rato.
Pero algo del espíritu de Shanna había revivido. Furiosa, se aparto de él
– ¡Quítame las manos de encima!-dijo-. Búscate una mujerzuela si quieres jugar, pero yo no haré el papel de obediente esposa.
Ruark apretó la mandíbula y no dijo nada. Shanna se movió hasta1 que la cama quedó entre los dos, y trató de cerrar los restos desgarrados de su bata en un impulso de modestia.
– Eres un mujeriego -dijo ella y lo miró, trémula de ira y fatiga-. Tan fuerte, tan viril tan talentoso en la cama. ¿Crees que yo me quedaré haciendo girar mis pulgares mientras tú te acuestas con todas las mujerzuelas que se te ofrezcan?
– ¿De qué estás hablando? -dijo Ruark, herido en su orgullo-. ¡Yo debo limitarme a contemplarte mientras tú flirteas con todos los hombres, y ni siquiera puedo gritar que eres mía!
– ¡Tuya! -Shanna lo miró con incredulidad y dio un paso hacia él-. ¿Me consideras tu esclava? -Arrancó de su cuello la banda de seda roja y la pisoteó con furia-. Esto hago con tu collar de esclava, Ruark Beauchamp. Yo no soy tuya.
– ¿Debo tolerar que te manoseen y callarme la boca? -replicó él. Se quitó el chaleco y lo arrojó al otro extremo de la habitación. ¡Maldición, mujer! ¡Tú eres mía! ¡Mi esposa!
Sus palabras parecieron inflamar a Shanna.
– ¡Yo no soy tu esposa! -gritó-. ¡Soy viuda! Y no estoy dispuesta a seguir soportando tu errática lujuria.
– ¡Mi errática lujuria! -Ruark rió cáusticamente-. Te he visto menear las caderas delante de los hombres y hacer que ellos te siguieran, babeándose de anticipación. Sí, tú debes sentir la necesidad de exhibirte ante un establo de ardientes pretendientes y te debe resultar muy difícil limitar tus atenciones a tu marido.
Shanna abrió la boca, atónita, pero en seguida se recobró.
– ¿Tú me acusas a mí, cuando vagabundeas por las colinas como un macho cabrío y te acuestas con todas las mozas que se muestren dispuestas: ¿Por qué no podré librarme de ti? ¿Nunca terminará tu persistencia?
– ¡Bien que trataste de librarte de mí! -replicó él-. Pero el bueno de Pitney no es un asesino. De modo que aquí estoy, para seguir tu juego una vez más. Maté a un hombre por ti y tú no me lo agradeces. ¡Demonios! Seguramente hubieras preferido verme muerto si no hubiese sido por tu miedo a que otros abusaran de ti.
– ¡Eres un malvado! -sollozó ella-. ¡Un engendro de Satanás enviado para atormentarme!