El director escénico reflexionó unos segundos.
– ¿Es verdad eso? -y sus finas manos empujaron las ruedas, resbaló de su regazo el cuaderno, bruscamente te dio la espalda, llamó a la Virgen y la mandó al teléfono de la sacristía para comprobarlo. Recuerda, en casa de Miguel tenían teléfono y bidet. La Virgen volvió diciendo es verdad, las manos fervorosamente juntas, tiene el brazo escayolado y está en cama, mintiendo con humildad de Purísima: tal como le habías ordenado a la chica, pillastre.
El inválido ni te miró al decir:
– Está bien, puedes irte.
– La señorita Paulina me ha dado permiso para ver los ensayos. Me gustaría mucho ser del Cuadro Escénico, mi teniente.
– Yo no soy teniente de nadie. Y ya te dije que estamos al completo…
– Me gustaría hacer de Luzbel, señorito Conrado. Me lo sé de memoria. Déme una oportunidad, por favor -insistes en tono quejica y como bromeando, pero todos sabíamos que ese tono ocultaba una amenaza-. Le gustará como lo hago.
Ya subías al escenario, ya tus pasos resonaban en el tablado y te encarabas al alférez sonriendo, seguro de ganar: le sobabas mentalmente, puta, a que sí. Las piernas abiertas y firmes, los pulgares engarfiados en los bolsillos traseros del pantalón, el pañuelo rojo al cuello y la bufanda colgada al hombro: estabas soberbio, Java.
– Creo que le conviene, mi alférez. Hágame una prueba, verá qué satisfecho queda.
– No -sin mirarte a los ojos, pero mirándote-. No insistas -y manoseando las ruedas, retrocediendo, frenando, girando la silla como si buscara una salida-. Miguel es insustituible… Aunque bien pensado… Bueno, no perdamos más tiempo, tenemos la Navidad encima. Le suplirás, pero sólo en los ensayos. No esperes otra cosa, él hará ese papel cuando vuelva.
– No volverá en mucho tiempo, señorito Conrado. Y yo me sé el Luzbel de corrido.
– A ver, recítame algo.
Un carraspeo, balanceándote un rato y cargando el peso del cuerpo en una pierna, luego en la otra, por fin alzando el brazo ante el alférez, firmes como en el cine cuando tocan el himno, dijiste en tono vibrante:
– Tú ocupas con altivez y soberbia un trono regio que no te corresponde, desventurado. ¿Contra quién te rebelaste, de las tinieblas caudillo? De traidores vasallos tienes un sinnúmero, un ejército que obedece tus mandatos y ejecuta tus proyectos. Pues este trono y vasallos, este ejército, este imperio, de qué sirven si has de verte, ¡oh vergüenza!, ¡oh vilipendio!, humillado y confundido, hasta llegar al extremo de que una débil Mujer, una Doncella sin mácula, una Aurora radiante, con valeroso denuedo estampe en tu altiva frente de su osada planta el sello…
– Bastante mal -te amonestó-. Hay que declamar. Que es verso, no lo olvides. Que no es un discurso. Pero vale, venga, a trabajar todo el mundo -palmeando, haciendo silbar la cañita en el aire, llamando a gritos al Arcángel Migueclass="underline" lo había enviado a por un vaso de agua y tardaba-. ¡Venga, cuadro octavo, escena diez, bosque, dichos y San Miguel! ¡¿Adónde fue por el agua, a un pozo?!
Revuelo en el escenario: los pastores acomodándose en torno al fuego, sonar de panderetas, risas, Juanita la Virgen corriendo a buscar a San Miguel, tú suplicando al director:
– ¿Puedo vestirme de Luzbel? Hará más efecto.
– Pero rápido.
Y ni siquiera me viste, ni una sola vez miraste en torno mientras te vestías precipitadamente en la oscuridad, casi a mi lado: musitabas parrafadas de versos, bisbiseabas como una vieja beata pasando el rosario. Y corriendo al escenario otra vez con tu soberbia capa roja, tus cuernos, tu perilla y tus fieros bigotes. Te miró y remiró el director.
– Demasiado ajustados los calzones… Aquí. Pero tiene un pase. Tú empiezas. Final escena nueve. ¿Te lo sabes, te acuerdas?
Y de pie en medio del escenario, brazos cruzados sobre el pecho, la cabeza como para embestir el mundo, tú, Luzbel, recuerda:
– ¡Si queréis saber quién soy,
escuchad y lo sabréis!
Yo soy aquel gran privado
que el rey de su casa echó
y a que viva le ordenó
al abismo condenado…
– Alto -cortó el director-. No es necesario que empieces tan atrás, di sólo el final para empalmar con los pastores. Java Luzbeclass="underline"
– … sabed pues que en mí tenéis
vuestro enemigo Luzbel!
Pastorcillos:
– ¡Huyamos todos, huyamos!
Arcángel San Miguel apareciendo con la espada en alto:
– ¡Pastores: no huyáis, tened!
La mismísima Fueguiña pero esta vez de bandera, chaval, con un cuerpo de rechupete: casco de plata con penacho rojo, túnica de seda blanca que le llegaba a la mitad de los muslos y ceñida al vientre por ancho cinturón fulgente, botas altas doradas y capa azul y blanca sobre los hombros, y, rematando tan cegadora visión, el brazo desnudo en alto y empuñando la llameante y retorcida espada. Y declamando:
– ¡Y tú, dime, monstruo horrendo,
¿el mundo en fuego encendido
quieres que apague tu sed?
¡Huye, villano, de aquí!
Java Luzbeclass="underline"
– ¡Detén, Miguel; no levante
tanto tu voz la victoria,
que no es razón patentoria!
Director:
– ¡Perentoria!
Java Luzbeclass="underline"
– … perentoria, perdone.
Silbó en el aire la cañita de bambú. El lapsus lo aprovechó el Arcángel Miguel para sacarse del cinto una barra de carmín y repintarse furiosamente los labios, manteniendo la espada en alto y las soberbias piernas abiertas. Entre las mejillas arreboladas su boca era como un clavel rojo y sobre ese clavel pareció que te lanzabas de pronto con tanto ímpetu y sin avisar, obedeciendo una soterrada orden del inválido, que la chica se asustó y dejó caer el pintalabios. Cuando te rendías a sus pies con estrépito de tablas, levantando nubes de polvo, tus manos crispadas buscaron asidero en sus piernas, arrastrándote entre maldiciones y azufre del averno, bribón, clavando los dedos en sus muslos morenos, tirando de su faldita y echando miraditas al director con el rabillo del ojo, astuto marrajo.
Arcángel Fueguiña:
– ¡Soberbio, atrevido aliento
¿tú contra el cielo te opones?!
¡Detén tu voz, no blasones
aclamando vencimiento!
Java Luzbeclass="underline"
– ¡Mi rabia no sofoques!
Arcángel Fueguiña:
– ¡No me toques!
Y subías, te encaramabas a ella como a una cucaña, resbalando y resoplando sobre sus formidables piernas de Arcángel, subías y sobabas con manos y rodillas y codos, y ella tan firme y poderosa, tan seria, hasta que aplastaste la cara entre sus pechos y resbalando otra vez llegaste a su entrepierna y entonces ella, ¡qué bien ensayado debíais tenerlo en el terrado de la Casa!, se agitó y culeó como para arrojarte lejos al tiempo que ponía los ojos en blanco y alzaba la cabeza y la llameante espada al cielo, extraviándose en el diálogo:
– ¡Soberbio, atrevido aliento…!
Java Luzbeclass="underline"
– ¡Maldición, maldición!
Inválido:
– ¡No, no! ¡Vencido estoy, vencido estoy!
Java Luzbeclass="underline"
– ¡Ah, sí, perdone! ¡Vencido estoy, Miguel…!
Arcángel Fueguiña:
– ¡Abrásate, infiel!
Inválido:
– ¡Más brío!
Pastores:
– ¡Ay, ay, ay!
Virgen Juanita:
– ¡Virgen!
Cortó el director golpeando las tablas con la puntera del bastón. Y avanzando en su silla con la boca abierta y ansiosa, como si le faltara el aire, pasó entre los despavoridos pastorcillos amonestando dulcemente:
– Te has perdido, Luzbel. Aquí venía eso de… a ver -hojeó el cuaderno, rápidos los dedos, jadeando todavía-. Sí, eso: Áspid seré vengativo. Otra vez por el principio, venga, y menos rabia en ese Miguel, niña, más dulzura, ¿eh?, con firmeza pero con mucha dulzura, que tú eres una guerrillera celestial, ¿entiendes? Es la eterna lucha entre el Bien y el Mal, entre la Belleza y la Fealdad, digamos, ¿entiendes?
– Sí, señorito.
Regresó el director a su puesto entre las cortinas del fondo.
– Y tú sí, Luzbeclass="underline" con furor, con rabia, con verdadera saña. No temas hacerla daño, entra decidido.
– Sí, mi alférez -aprovechando la pausa, Java había encendido un cigarrillo y lanzaba rosquillas de humo al techo.
– Pues vale. Empieza por: calla, atrevido mortal. Alerta, pastores. Abrid la escotilla. San Miguel preparado… ¡Suelta ese pintalabios de una vez!
La cortina estaba corrida tres palmos y dejaba ver el telón de fondo, una puerta de cuarterones. Agazapado entre las dos ruedas niqueladas, mirándoles por encima de las manos cruzadas sobre el puño de bastón, el inválido apretaba las flacas y temblorosas piernas, agazapado en un nido bermellón de sombras. El chal había resbalado de sus rodillas y estaba en el suelo. Sus ojillos amodorrados y húmedos semejaban dos puntos de luz corroídos por un ácido y la sangre golpeaba sus sienes con urgencia. Había algo inhumano en su inmovilidad de maniquí roto. Golpeó el aire con la barbilla, un gesto que denotaba hábito de mando, y repitió la orden golpeando el suelo con el bastón: fuera cigarrillos. Java obedeció transpirando un sudor insensible, una humillación asumida y ensayada fríamente.