Java acercó la llama al borde del bidet, a un centímetro de la pólvora, y ella ni parpadeó, pero sus muslos se pusieron tensos. De bruces en el suelo, ellos la miraban conteniendo la respiración. Primero quémale los pelitos del conejo, legañoso, los pezones, márcale una tetica, enséñala a vivir. Ella irguió el pecho y su maligna sonrisa mellada planeó un instante por encima de las cabezas abatidas. ¿Es verdad que te rompió los dientes un moro, chavala? Sarnita agarró sus cabellos y de un tirón le echó la cabeza atrás y ordenó: tienes que decir otra vez yo no sé nada, y así yo te estripo el vestido. ¿Ah, sí, también eso, marranos?, dijo ella. Déjala, que hable ya, propuso Java. No te asustes que no miramos mucho, Aurora, no te rajes ahora que lo estás haciendo muy bien. Bueno, estripa pero sólo un poquito y no por arriba, ¿eh?, mejor la falda que ya está hecha una birria, dijo ella, de todos modos ya me lo veis todo, sois unos listos vosotros, pero no penséis que me chupo el dedo, así, basta, ya está bien, ¿eso también figura en la función, gorrinos, no podría llevar unos calzones rojos de demonio? Veremos, pero ahora canta, vomita todo lo que sepas de la raspa, venga, ¿no es emocionante?: todos admirándote tumbados en el suelo alrededor del bidet, a un palmo de tu túnica desgarrada, con las jetas boquiabiertas y los ojos encendidos, los fieros bigotes de Martín despegados y colgando torcidos, Luis embozado en la capa roja y sacudido por la tos.
– Habla, desgraciada, sabemos que erais muy amigas, que ella te quería mucho y a veces te dejaba dormir con ella en su cama.
– Yo era tan pequeña, tenía tanto miedo de las bombas. Os juro que me moría de miedo.
– ¿Ahora no tienes miedo? -dijo el Tetas.
– Nunca más volveré a tener miedo.
– Ja. ¿No sabes que la guerra no ha terminado, que quedan los maquis? ¿Quién puede decir no tengo miedo?
– Lo dice menda -replicó la Fueguiña.
– Ja. Una pobre huérfana sin padre ni madre, una murciana boba que cada día se la tiene que sacar cien veces a un inválido para que mee.
– ¿Es verdad eso, Fueguiña? -dijo Sarnita.
– Sólo le sostengo el orinal.
– Mentira -el Tetas.
– Y no soy murciana. Soy de Lugo y me llamo María Armesto.
– Mentira.
– Cállate ya, Tetas -Java sin mirarle-. Basta de chorradas. Sigamos -acercando de nuevo la llama a la pólvora-. ¿Hablarás, Aurora?
– No.
– Canta si no quieres morir quemada, niña.
La tos pedregosa de Luis la distrajo, mientras Java, sin malauva en la voz, representando bastante mal su papeclass="underline" cantarás incluso el raskayú, dijo, la llama rozando ya la pólvora y de pronto ¡ffffuuuu…! como un cohete que hace llufa, y el fogonazo azul surgiendo entre las rodillas de Aurora, dos nubecillas negras subiendo hasta su cara. Jolines, exclamó viendo avanzar las dos rabiosas llamitas por el borde del bidet hacia sus muslos: dos arañas veloces emprendiendo direcciones contrarias, soltando humo como dos veloces trenes diminutos y dejando un rastro color tabaco. No intentó levantarse, no forcejeó con las manos atadas, no movió ni un músculo, ni un cabello. La barbilla clavada al pecho, observaba en silencio el rápido avance de los dos fuegos y los vio llegar a la carne, y sólo entonces, cuando parecía que la iban a morder, se abrió un poco más de piernas y permaneció rígida, sin pestañear, viendo cómo se apagaban bruscamente a unos milímetros de la piel. ¡Qué huevos esta chavala!, el Tetas admirado, y hasta el mismo Java parecía impresionado.
Tranquilamente ella levantó la cabeza y se encaró con su inquisidor.
– Menda habla cuando quiere, para que te empapes -y añadió, después de sacudir su cabellera negra-: De verdad que no me acuerdo bien, supongo que os referís a la Menchu, otra que escapó de la Casa para hacerse de la vida, eso dicen. Ellas sí que se lo contaban todo, las mayores, yo aún no tenía edad para trabajar fuera de la Casa…
– ¿Menchu has dicho?
– Me contó que era muy buena con todas las chicas, que tenía un novio que se llamaba Pedro, y que iba a hacer faenas por horas. Cada día iba al ático del señorito Conrado para hacerle la cama, se la hacía desde los catorce años, cuando él estudiaba y aún vivía su padre, antes de la guerra. Luego toda la familia llegó a quererla mucho. Él aún no estaba paralítico y dicen que era muy bueno con ella, que le hacía regalos.
– ¿Y eso por qué? -dijo Sarnita-. ¿Por qué había de ser bueno con una marmota, por qué había de hacerle regalos?
– Sin chillarme, jolines.
– ¡Habla! ¿Por qué?
– Es un pecado, no lo digo.
– Tetas, trae las tenazas -dijo Sarnita-. Vamos a retorcerle los pezones.
– Pues que ella y su novio Pedro -dijo la Fueguiña -solían verse en secreto en aquel pisito del señorito Conrado que ella iba a limpiar cada día. Y que el señorito lo sabía. Sabía que allí se besaban y se tocaban, y a pesar de saberlo nunca los descubrió, nunca se lo dijo a la señora ni a la directora de la Casa. ¿Por qué…? ¡Ay, no me tires del pelo, animal! El novio iba por la mañana cuando el señorito ya había salido, la encontraba a ella barriendo o sacudiendo alfombras o cambiando las sábanas de la cama y allí mismo lo hacían todo. Y ella se dejaba a gusto, dicen. Y no sé nada más. ¡Ay, suéltame el pelo, bruto!
Un pisito confortable y juvenil, coquetón, con muebles de tubo niquelado y muchos libros, ceniceros de cristal tallado y almohadones con dibujos cubistas. Cuando Aurora se iba después de limpiarlo, él volvía de desayunar en el café más próximo y se encerraba a estudiar. Lo descubrió un día por casualidad, Hermana, como si lo viera: agachándose junto a la cama donde se tumbaba horas y horas a estudiar una carrera que nunca ejercería, tan ajeno todavía al glorioso uniforme y a la silla de ruedas y a la metralla que lo iría destruyendo año tras año como las termitas, le veo en cuclillas sobre la alfombra con la cabeza caída y absorto, hipnotizado por el fulgor metálico del mechero que pertenecía a Pedro y él lo sabía, mirándolo durante largo rato allí caído junto a la pata de la mesilla de noche, mirándolo sin tocarlo, con ojos maniáticos; soportando gozosamente aquella revelación quemante, aquel cielo que se abría en su vida y que le reservaba a su cuerpo un mañana de sombras; paseándose por el cuarto y mesándose los cabellos de alegría, hablándose, riéndose, rastreando una señal en la cama, husmeando las sábanas, la almohada, las toallas, olfateando como un perrito el olor de sus cabellos, de su piel, midiendo con la imaginación el hueco de sus cuerpos en el colchón, calibrando su peso, oyendo quizá sus gemidos. Con el cuerpo orillado en el lecho, llorando de felicidad, rezando las gracias.
– ¿Y qué más, Aurora? -susurró Amén junto al candelabro que chisporroteaba -. ¿Qué hizo entonces, por qué no se chivó a su madre?
– Porque él es bueno, porque él es todo un señor educado en los jesuitas y nunca andará por ahí contando los pecados de los demás
– dijo ella.
– ¿Aunque hagan los pecados en su casa, en su propia cama?
– Pues sí.
– No seas pánfila -dijo Sarnita entornando los párpados como un gato: escrutaba el paso elástico de Java en torno a la prisionera, su reflexivo silencio. Lo vio pararse ante ella, inclinarse con el cirio en la mano y dejar caer unas gotas de cera caliente dentro del bidet, entre los pálidos muslos, dejando el cirio pegado allí por su base. La llama arrojó sobresaltadas sombras en las paredes. Qué vas a hacer, dijo ella, el fuego sabes que no me asusta, pero que no me toque nadie más que tú o me voy.
Sarnita añadió:
– Sigue, canta si no quieres ser la Mujer Marcada.
– Sin amenazas, baboso.
Un ático en la calle Cerdeña con una terracita llena de geranios desde la que Pedro y Aurora, abrazados, veían el campo de fútbol del Europa y las pistas de ceniza del Hispano-Francés. Un piso de soltero rico, un nido para un cuerpo de veinte años que aún no había logrado encenderse con nada ni con nadie. Había trofeos de caza, raquetas de tenis, copas ganadas en concursos de tiro, mapas de campañas africanas enmarcados y una colección de botas de montar dispuestas en batería a lo largo de la pared, caprichos de hijo y nieto de militares. Flotando en esa euforia vengativa del indigente, Pedro se bebe su coñac y se fuma sus puritos, se sienta en el agua perfumada de su bañera horas enteras, se envuelve en sus toallas y albornoces, camina descalzo por sus alfombras y hasta se pone sus corbatas. Y él lo sabía en el mismo momento en que ocurría, sosteniéndose la frente ardorosa sobre un libro de texto en la Facultad, o en casa de su madre, o en las milicias. Si la República no se lo quita todo, decía Pedro desnudo ante la hilera de trajes colgados en el armario, se lo quitaré yo, señorito de mierda, lo joderé. Y él lo sabía, Hermana, y lo soportaba, nunca se quejó de las chorizadas de Pedro, es más: hasta llegó a poner el coñac en la mesilla de noche, al alcance de sus manos para que así pudiera beber en la cama, hasta llegó a comprarse un batín corto de color rojo cereza para que lo usara él, y hasta hizo colocar estratégicamente un espejo, y dejó unas revistas pornográficas como olvidadas en un cajón abierto, hay tipos así. ¿Pero por qué?