Выбрать главу

– Para excitar a la parejita, Hermana.

– Y eso es todo -dijo la Fueguiña -. No sé nada más.

– Nosotros creemos que sí.

– Si no hablas, te haremos apagar el cirio juntando las piernas

– amenazó Sarnita.

Obedeciendo a la señal de Java, Sarnita sopló una a una las velas de los candelabros. Sólo quedó la llama del cirio pascual ardiendo tranquilamente entre los pálidos muslos de Aurora. Figura que si eres capaz de dejarnos a oscuras, dijo Sarnita, alguien vendrá a salvarte. Ella lo miró con recelo. ¿Qué estás tramando ahora, piojoso, qué rumias mirándome así, comiéndome con los ojos? Canta o apaga el cirio, maldita, no tienes otra escapatoria. Aurora apresó el cirio con los muslos, por la mitad, sin poder aún alcanzar la llama; volvió a probar abriéndose de piernas muy despacio, sobre las puntas de los pies, tanteó el golpe, ensayó varias veces abriendo y cerrando los muslos y la llama oscilaba desplazando sombras detrás de ellos, que la miraban en silencio y suspensos. Al cabo de varios intentos ahogó la llama con la entrepierna temblorosa donde se escurrían gotas de cera caliente. No dejó escapar ni un gemido, ni un suspiro. Se encontró repentinamente a oscuras y cogida en brazos, transportada a otra parte, manoseada y de pronto besada en los labios, jolines, de pie, amarrada a un tronco rugoso con las manos a la espalda. Oía un rumor de pasos en torno, un frenético ir y venir, risas, tropezones, un dedo hurgándola abajo. La boca sorprendentemente dulce y experta volvió a ella otra vez, y otra, y a la tercera le entregó la suya, jolines qué dulce, la perdió, volvió a encontrarla, con sabor a regaliz y susurrando un ruego, por favor déjate, no diré nada, orientándose a ciegas, dejando que otras manos recorrieran sus muslos, subiendo…

– Basta. Basta.

– Ondia, ondia…

– Cerillas, pronto.

– No diré nada, Ramona, por favor… Por favor.

– ¿Cómo has dicho?

Y regalitos: empezó con chucherías para ella y acabó por regalarle medias negras, camisones transparentes y combinaciones de raso, ligas con puntillas, bragas y sostenes de película, qué tío. Acéptalo, Aurorita, para cuando te cases, es una manera de agradecer tus servicios aquí, le dice. Así fue, Hermana, como si lo viera: él preparaba el escenario, disponía sus «cuadros», cuidaba los detalles, decidía el vestuario, siempre ropa interior muy fina, y facilitaba las citas de la parejita: Aurora, el lunes tampoco estaré en casa en toda la tarde, podrías venir a cambiar los visillos. Sí, señorito, como quiera el señorito… Un día ocurrió algo que podía haberla hecho sospechar, pero ella no cayó. Y era que para fregar los suelos siempre había llenado el cubo en el cuarto de baño contiguo al dormitorio, pero a partir de cierto día, justamente poco después que su novio perdiera aquel mechero dorado que ella le regaló en su cumpleaños, el lavabo siempre estuvo cerrado por dentro.

Era como si el dedo explorara una flor húmeda: sedosos pétalos abriéndose uno tras otro. De pronto el dedo serpenteó en la zona más sensible, y ella culeó. No se libró de él, parecía una lapa enloquecida, y el estremecimiento oprimió primero su vientre y luego su corazón. Oyó por fin raspar la cerilla y la llama los rescató a todos de las tinieblas. Atada ahora al falso tronco del árbol que el Tetas sostenía por detrás, la cuerda se enroscaba por todo su cuerpo, subiendo desde los tobillos hasta el cuello. Sin miedo, con una mueca burlona, sus ojos buscaban la boca dulce y ansiosa, intentando reconocerlas. Has sido tú, aprovechen de mierda, dijo. Todos dando vueltas en torno a ella, una mano y otra mano, has sido tú, hasta que Java le apartó los cabellos de la cara y ella pudo ver a Martín encendiendo otra vez los candelabros. ¿Y ahora qué, gorrinos, aprovechones? ¿No tenía que salvarme alguien, embusteros? Todavía no, Aurora, canta si quieres librarte de los cien latigazos o de llevar para siempre la Marca de Fuego en la espalda. Más tirones a la túnica, las manos quietas, puerco, ¿quién te toca, bleda?, el antifaz resbalando sobre la nariz de Mingo, el cinto en la mano listo para azotarla y con la otra agarrándose los pantalones que se le caían:

– Te haremos saltar la piel, Aurora.

– No seas ridi. Tengo sed, dadme un traguito de agua de regaliz. Y soltadme ya, no quiero ensayar más esta tontería de función, se lo diré al señorito Conrado – la Fueguiña se debatía ahora de verdad, clavándose las vueltas de la cuerda en la carne-. Soltadme, malditos.

Java abrió la navaja ante su cara. Déjale la marca del Zorro, legañoso, dijo Mingo, y Martín: podríamos meterle un plátano a ver qué cara pone, y ella sin un parpadeo: mejor comérselo, bobo, los ojos fijos en la navaja. Java muy tranquilo: callarse todos y tú dime, niña, ¿llegó ella a comprender lo que de verdad estaba pasando en el cuarto de baño? ¿Nunca se dio cuenta que hacía «cuadros»? La Fueguiña se debatió entre las ligaduras. ¿«Cuadros»? ¿Y eso qué es, alguna marranada…? Java aplicó la punta afilada de la navaja en su mejilla, pero sonreía al decir: no te hagas la tonta, monina, eres el lazarillo del paralítico, conoces su vida mejor que nadie, sus manías, sus secretillos. Ay ay ay, que me pinchas, bruto, déjame ya, te digo que no sé nada más.

– Está bien -Java bajó la navaja hasta su pecho, introdujo la hoja bajo la cuerda y la cortó-. Estás libre, chavala. No le cuentes esto a nadie o te pincharé de verdad, ¿estamos?

– Bueno – la Fueguiña vistiéndose detrás del espejo, el Tetas espiándola agazapado, los demás apagando las velas-. Lo que me gusta es vuestro refugio.

– Te acompaño hasta la calle Verdi -dijo Java.

– Puedo ir sola, no tengo miedo. ¿Me regaláis la caja de cerillas?

Al llegar a la plaza Rovira se le escapó corriendo. Espera, ¿quieres que te acompañe o no? Era pasada ya la medianoche y Java tenía el hambre metida en el cerebro. Salían como ratas los últimos borrachos de las tabernas, sombras escoradas restregando las paredes, mascullando roncos reproches y confusos oprobios, vomitando un vino pestilente en las esquinas. Java la vio al cabo de un rato parada en un oscuro zaguán, haciéndole señas, ven, sonriendo, ven tonto, y él pensó: le ha gustado, sabe que era la mía y quiere repetir. Al llegar al portal, ella tiró de su mano atrayéndole hacia lo oscuro, pero de pronto se soltó y él no la vio más; tanteó a ciegas las paredes y la pringosa barandilla de la escalera, tropezó con cubos de basura y oyó muy cerca el ruido de papeles estrujados, las tapaderas metálicas bailando sobre el mosaico. Sus piernas se enredaron en el cuerpo de ella acuclillado cuando oyó raspar la cerilla y vio la llama prendiendo rápidamente en las hojas de periódico y las basuras apiladas en medio del zaguán. ¿Qué haces, loca?, dijo, y la Fueguiña riendo lo sujetaba, le impedía apagar el fuego, ¿qué te propones?, el resplandor encendiendo sus caras. Resonaba en los adoquines de la plaza el bastón del vigilante. Todas las sombras del zaguán retrocedieron de golpe hacia la garita de la portera empujadas por la gran llama, rescatando las paredes desconchadas, las escaleras de peldaños alabeados, la barandilla carcomida y las alpargatas azules calzando unos pies sin calcetines, grandes y pálidos. La Fueguiña ahogó un grito. Rodeado de un humo espeso y maloliente, Java vio que no podría apagar el fuego y agarró la mano de ella, inmóvil como una estatua mirando nada, y escaparon corriendo.

Ahora, la tensa piel de los hombros encogidos, como una gasa ciñéndolos arrogantemente, era lo único en el cuerpo que conservaba cierto velado esplendor de la juventud.

Le ordenaron dejar la manguera, encajar la cabeza en el madero y traer la sierra; él obedeció silbando y luego con mano temblorosa y solícita le apartó los negros, todavía rebeldes cabellos engarfiados sobre la frente, y antes que la sierra le tocara se los peinó precipitadamente hacia atrás. Fue en lo único que el celador se mostró diligente. No pudo o no quiso obedecer cuando el médico, mientras se lavaba las manos, le pidió que empezara a aserrar, y tampoco fue capaz de introducir la sonda acanalada en las arterias, no ayudó como otras veces en que estuvo quizá más borracho que hoy, pero siempre seguro y rápido y con una guasa que los estudiantes solían celebrar: se sabía el trabajo de memoria, lo habría hecho incluso mejor y más limpio que el propio forense. Y sólo cuando al terminar con los gemelos, tan idénticos en su pasmo delicado, tan vinculados a la madre por el fluido de sueños que sugerían sus yertas caritas grises, oyó gruñir cóselos y a ver si dejas todo bien limpio, que hoy estás para el arrastre, celador del diablo, empezó él a reaccionar, chapoteando en el suelo aquella turbia materia líquida desprovista repentinamente de pasado. Tras el forense salieron los últimos estudiantes. Los cuatro cuerpos yacían abiertos sobre el mármol. Los limpiaría bien, con el cazo sacaría toda el agua del tórax y del vientre, los cosería y luego los regaría por última vez, los dejaría como nuevos aunque nadie viniera a verlos, aunque nadie preguntara por ellos. Ya tenía preparados los frascos de formol. Introdujo la mano en el pecho frío y anegado y acomodó suavemente el corazón en la palma. Lo tuvo así un instante, en la palma de la mano, soñando sus latidos. Cambió el escalpelo por las tijeras y luego esgrimió la aguja y el hilo, mirando, ahora sí, la expresión serena del muerto, la tez morada y los ojos no cerrados del todo, aquel remoto hervidero de intrigas y patrañas. Estuvo mascullando gruñidos y tonadillas, por el mar corren las liebres, cosiendo la piel en sutura continua, furiosa, sin dar descanso a la mano, por el monte las sardinas, toda la piel de abajo arriba, del pubis al esternón.