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Un viento húmedo recorría la ciudad, ese día que fue la primera vez. Peatones malafeitados y de mirar torcido surgían de las esquinas igual que apariciones y se alejaban arrimados a la pared como buscando un hueco donde ocultarse, una grieta para escapar, como si las calles amenazaran convertirse en una riada. Tras las acacias deshojadas se alzaban fantasmas de edificios en ruinas. Balcones descarnados mostraban los hierros retorcidos y rojizos de herrumbre, y ventanas como bocas melladas bostezaban al vacío. Delante de una carbonería se agitaba una cola de mujeres con los pies enredados en un rumor de hojarasca, y una brigada de presos amontonaba escombros bajo el esqueleto metálico de un garaje, en medio de un luminoso polvo rojo. El número apuntado correspondía a un altísimo portal, un profundo zaguán de paredes y techo artesonado; la escalera de mármol subía en torno al hueco del ascensor, parado por restricción eléctrica. Vidrieras de cristal esmerilado que las bombas respetaron, segundo piso, primera puerta, que abrió la gorda del Continental comiendo a dos carrillos: Has hecho bien en venir, no te arrepentirás, hijo, llevándole cogido de la mano por un oscuro corredor en cuyas paredes desfilan profundos ejércitos en páramos desolados, sangrientas cargas de caballería con alazanes encabritados entre nubes de polvo y espectrales armaduras, escudos y pendones, espadas, pistolones de chispa, puñales repujados. Un piso antiguo y enorme, sumido en una olorosa penumbra, con resonancias de loza en el patio interior. Blancos sudarios cubrían sillas y butacas repitiéndose en los espejos. Abriendo una puerta claveteada con terciopelo vinoso, la bruja del Continental le hizo pasar y la puerta volvió a cerrarse tras él como una trampa. Está solo. Es un dormitorio alumbrado con luz de gas, hay un viejo biombo con podridos querubines y nacaradas nubecillas desconchadas, prendas femeninas tiradas en el diván, pesadas cortinas color miel y, bajo sus pies temblorosos, la gran alfombra con un borroso amanecer en la playa y unos hombres antiguos y lívidos maniatados junto a un fraile capuchino. Los van a fusilar, piensa, y entonces ve la espalda desnuda de una chica sentada al otro lado de la cama. Ella se está quitando las medias muy despacio, las despega de sus piernas con una dolorosa atención, como si estuviera despellejándose. Y se vuelve de pronto y lo mira a Java por encima del hombro como una coneja asustada antes de ser agarrada por el cogote. ¡Grrrr…!, claman de nuevo las tripas de Java. Maldición.

Pero esta vez será distinto. Con ganas de orinar pero aguantándose. Hoy Java tiene media hora por delante y entrará en un bar casi vacío, en la barra pedirá una bolsa de patatas fritas y un vasito de sifón, por favor, luego irá al lavabo: los pantalones bajados, a horcajadas en el water, tira de la cadena y con el agua corriente se lava el pito y los huevos, chingándose de ganas de orinar. Mastica lentamente unas patatas como cartón mojado, mientras las ingles húmedas le transmiten vagas aprensiones a las enfermedades venéreas y a la tuberculosis. De nuevo ante el mostrador, mirando un plato de resecas empanadillas, nota los ojos como alfileres clavados en la nuca, y se vuelve, y le ve: no demasiado pulcro ni enfermizo, no tan delgado ni tan joven, tan pavero, con mirada superior y cabrona, con mucho fijapelo en la estrecha cabeza y negro bigotito de galán soñador sobre la boca pálida, no exactamente eso, sino mucho peor; y en una silla de ruedas, las piernas envueltas en un chal de lana azul, la mano esquelética apoyada en el puño marfileño del bastón.

Tras la mesa de mármol, llena de fichas de dominó, el petimetre observa a Java a través del vapor de la taza de manzanilla que sopla a la altura de la boca. Java le vuelve la espalda y observa otra vez las empanadillas pensativo: demasiado caras, qué miras, sarasa, no me alcanza, quién eres. Un agudo chillido de pájaro le hace volverse de nuevo: ahora la silla de ruedas es empujada hacia la calle por una muchacha a la que no había prestado atención, una sombra gris en una tosca bata gris de criada o de colegiala pobre.

En la esquina, un viejo apoyado en dos muletas aplica enérgicos brochazos de pintura negra a la placa calada que sujeta contra la pared; al retirar la placa queda la araña negra chorreando ribetes de luto, negros crespones como un vómito negro estrellado en el muro. Java se enrolla la bufanda al cuello, el viento lo despeina y tiene la frente olivácea llena de rizos. Pasando delante de la Provincial de Falange, volviéndose, y la silla de ruedas siguiéndole a veinte metros, bajo las acacias. La vuelta a la manzana paseando a un inválido, piensa, vaya cabronada. La chica empuja como una sonámbula, pobres sandalias de goma sobre gruesos calcetines caqui. Nunca vio ningún portero en el amplio zaguán, la garita de madera labrada y solemne como un alto confesionario está sucia de polvo y abandonada, y el ascensor no funciona. Sube las escaleras corriendo y llama a la puerta con los nudillos, saca el peine del bolsillo, lo pasa precipitadamente por el pelo. Antes de que le abran, tres espaciados chillidos de pájaro suben aleteando por el hueco del ascensor. Hostia.

– Llegas temprano -la dueña del Continental entorna los párpados maquillados de gris sobre los ojos verdes y le conduce a la salita con muebles que huelen a aceite de linaza y con altos vitrales emplomados que dan al patio. Lo deja sentado muy formal en el diván.

Diez minutos después la puerta vuelve a abrirse y la gorda hace pasar a la fulana, un regalito, de verdad: no una rubia oxigenada, flaca y pálida, de ojos inmensos y decaída boca de pez, no una furcia esmirriada con zapatos rojos de putón desorejada y con la falda abierta en un costado, no sólo eso. Vaya cuadro; chaval. Esta vez ni siquiera me la presentaron, la gorda se fue cerrando la puerta y sin decir mu. Hola, dije incorporándome en el diván un poco así. Y ella hola, una voz hueca, miraditas de reojo, pasos nerviosos delante de mí meneando las escurridas ancas, sentándose por fin en el otro extremo del diván. Cruza las piernas, abre el bolso y saca tabaco.

– ¿Cómo te llamas, chico?

– Daniel.

– Daniel qué más.

– ¿Y tú?

No contesta. Parece interesada, ahora, en ordenar el contenido del bolso. No una vieja como las otras, por lo menos. Unos kilos más, y estaría buena. Bonitas rodillas, medias zurcidas hasta la desesperación y encima calcetines cortos. Zapatillas de andar por casa, con borlas rosa. Una faldita plisada y una torerita color naranja, y, echada con descuido sobre los hombros, una gabardina marrón. Parecía una vulgar ama de casa que ha bajado un momento al colmado a comprar algo.

– Ramona -dijo después de encender el pitillo, como hablando consigo misma, y recostó la espalda en el diván.

– ¿Te avisó la mastresa? ¿Dónde te pescó, se puede saber? Mirándole a hurtadillas, ella cierra los ojos y frunce la boca como si se tragara una blasfemia: acaba de hacerse una idea de la edad de Java.

– No me dijeron que sería con un niño. Mierda. ¿Quién vive aquí?

– Sólo conozco a la mastresa.

– Pareces un chico listo.

– Regular.

– ¿Has venido otras veces?

– Sí.

– ¿Es verdad que pagan lo que dicen?

– Sí.

Con una mezcla de curiosidad femenina y de miedo, la fulana mirándole a través del humo azul del Tritón, parpadeando como si no acabara de verle, calculando su edad, el vigor de sus manos grandes y sucias, ¿cuántos años tienes?, una cara de mona famélica rumiando musarañas, ¿cuántos, criatura?, mientras Java sonríe sin decir nada y ella cree ver una pálida rosa abriéndose en su frente. Unos golpes en la puerta y entra la gorda con una bandeja conteniendo dos vasos de leche y dos bocadillos de atún. Java incorporándose con una falsa autoridad en la voz: ¿no hay café-café, mastresa?, echando mano veloz al bocadillo y sin esperar repuesta, a su pareja: come tranquila, tenemos tiempo. Se va la gorda pero no tarda en volver, esta vez con media docena de empanadillas en un plato. Hoy no te quejarás, dice, y Java con el ceño fruncido: vaya, piensa, las resecas empanadillas del bar.