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– Palau, un día te van a arrear más hostias que las que hay juntas en todas las iglesias, ya verás.

– Todos los amiguitos del gran Durruti me la chupáis -Palau echando más leña, riéndose, invitando a soltar los nervios: quizá era bueno para todo-. Mejor estaríais en la covacha del marinero y que os dieran la sopa por la gatera.

– Dicen que se hace traer una ninfa de vez en cuando, pero sólo para charlar -Bundó bostezando al techo-. El que se las tira se ve que es su hermanito…

– Animal -protesta Palau-. Lo peor para Marcos no fue el frente, sino aquí, con el viejo Artemi, con vuestras patrullas.

– Alguien tenía que limpiar la retaguardia, ¿no? -el Fusam.

– Demasiada responsabilidad para un chico tan joven. Un trabajo demasiado sucio para él. Animales.

– Si todos hubieran hecho bien ese trabajo -Navarro mirándole torvamente-hoy no estaríamos aquí conspirando y sin un real.

– Yo no hice la revolución por un real, faieros. Y basta de charrameca, va.

Cuando llega Sendra se acaban las discusiones. Tras él viene Jaime con una pesada maleta y un traje nuevo a rayas. Sendra aplasta la colilla en el cenicero triangular de metal en cuyos costados se lee Bar Alaska. ¿Quién ha traído eso?, chasqueando la lengua. Pero cambia de tema cuando ve a Jaime bajar los ojos, y dirigiéndose al «Taylor»: se llama Bernardo Nogueras, podéis picarlo en la misma puerta de su casa, tú verás. El otro es un comisario, cada día cruza la plaza Sagrada Familia a la misma hora, con un ayudante. Yo me ocupo de él. Si Palau no puede, o no quiere, que venga Bundó.

– Si no es eso -refunfuña Palau-. Es que es perder el tiempo. ¿Habéis oído ayer la BBC?

– A ti lo único que te gusta es echar clavos en la carretera de la Rabassada y parar coches -dice Navarro-. Porque es más rentable. Yo voy contigo, Sendra.

– Quieto, pavero -entona Palau-. Voy yo, que no se diga.

Muchachos revolcándose en la hojarasca de plátano amontonada en la acera de la calle Sicilia. Cae una fina llovizna. El Studebaker marrón con parches de pintura calabaza viniendo de la calle Córcega se dispone a cruzar la plaza Sagrada Familia. Una vieja frota las narices de un niño con su delantal, bajo un paraguas negro, retrocede asustada, levanta la vista al rugir a su lado el Ford tipo Sedán con cuatro puertas, que gira trabajosamente bordeando la acera.

Al volante el Fusam, Sendra y Palau en el asiento trasero. De prisa, silba la voz de Sendra, venga, que se te cala. Al pasar el Studebaker, el Ford acelera girando y el vapor que suelta el radiador cubre un momento la visión de Palau a través del parabrisas. Apenas distingue a los dos ocupantes: uno conduciendo tranquilo, hablando, el otro a su lado husmeando repentinamente el peligro. Le crece de pronto la joroba al Fusam al dar un golpe de volante y pegarse al flanco del otro coche, chirrían las ruedas, Sendra se asoma a la ventana con la metralleta y dispara. Saltan rotos los cristales del Studebaker, mientras Palau agazapado en el asiento trasero vacía la Parabellum en las cabezas ya abatiéndose a menos de un metro.

El Studebaker se dispara sin dirección trotando sobre el bordillo, zigzaguea ganando velocidad sobre la alfombra de hierba y estrella el morro contra el tronco de un árbol. Una puerta delantera se abre sola, en los asientos yacen dos hombres con la camisa azul empapada de sangre.

Dormía hasta muy tarde la baronesa. Su marido había hecho instalar un teléfono blanco en el cuarto de baño y cada mañana despachaba algún asunto urgente sentado en la taza del water. Su voz congestionada de placeres intestinales salía por un ventanuco cruzando el patio interior y llegaba a oídos de la doncella que preparaba los desayunos en la cocina. Después, el señor se iba a la imprenta con el lujo mayor. Ganaba mucho dinero imprimiendo en exclusiva las cartillas de racionamiento, pero doña Elvira nunca quiso renunciar a sus trapicheos con artículos intervenidos. Aquel otoño regaló sus katiuskas a la doncella.

Al mediodía la baronesa se aburría e inventaba actividades.

– Carmen, vamos a hacer limpieza en el desván. Debajo de una densa trama de telarañas y polvo, detrás de un somier, había pilas de viejas revistas y la colección completa de Crónica hasta julio del treinta y seis. Hojeó una revista la baronesa con mueca de asco, le saltó a las narices el olor agrio de las páginas muertas, la vaharada plebeya de aquel Madrid republicano y ruidoso lleno de cafeterías, con populares bailes-taxi y concursos de mises chabacanas, modistillas vociferantes y obreros huelguistas, merendolas en la Casa de Campo, vedettes con los pechos al aire y Escuelas Socialistas de Verano.

– Al primer trapero que pase le das toda esa porquería.

– Sí, señora.

Contratados por los payeses de la masía de Tortosa, los proveedores transportan el género en tren, pero sólo hasta las cercanías de la estación de Hospitalet. Pobre gente necesitada, mujeres enlutadas que corren angustiadas a lo largo de los raíles empujando fardos que ruedan por el terraplén. De noche, en una vieja torre alquilada y convertida en almacén, Menchu sentada en una mesita anota las entregas en una libreta. Sacos portados por hombres y mujeres que cobran lo convenido: cincuenta pesetas por cada 150 kilos, más gastos de viaje.

Comprobaba el peso de las entregas el hijo tuberculoso de doña Elvira:

– Faltan diez kilos, Petra. Ya es la tercera vez.

Se lamenta la embarazada, tuvo que dejar abandonados los sacos varias horas junto a la vía, los niños se llevarían unos puñados, o los mismos civiles. Le digo la verdad, señor, apiádese de mí, son ocho bocas que me esperan en casa. Viajando peligrosamente en sucios trenes con fardos ocultos bajo los asientos, una pobre fregona viuda, con un hijo enfermo de sarna, compadézcase, señorito.

– ¡Mientes, bruja! -el revés del hombre deja una estrella de sangre en los morros de la mujer, la nariz como una cañería reventada salpicando el empapelado con flores de lis y la ventana clavada con tablas y listones. Menchu quiere interceder en su favor, pero el segundo manotazo levanta los negros faldones y deja el refajo al descubierto, las cuerdas enrojecidas casi invisibles entre los pliegues de la carne en la cintura, sosteniendo una barriga preñada de saquitos de arroz, harina y carne de cerdo. ¿A quién querías engañar, vieja puta?

– Por favor, José María -interviene Menchu bajando las faldas de la mujer-. Deja que se vaya.

– No consiento que me roben.

El roce de las cuerdas, después de tantas horas, había despellejado la cintura: de sus muslos escurrían hasta el suelo gruesos hilos de sangre, y sus dedos eran como afilados peces rojos. Caía blandamente entre sus piernas abiertas un bulto liado con una húmeda arpillera, que apenas tuvo tiempo de sujetar con las manos.

Secaba la baronesa sus lágrimas de risa en la espuma de un pañuelo de brocado, rodeada de señoras. Cierto rumor insistía en que no era baronesa ni lo había sido nunca, que era una lagarta escapada de una familia de medio pelo. El salón lleno de invitados, candelabros de plata con velas negras sobre el blanco mantel del buffet. Vestidos de seda, pieles, alhajas, labios y uñas de rojo púrpura. En profundas butacas de un violeta encendido, tres caballeros hablan de gasolina. Portando la bandeja airosamente la doncella circula entre almacenistas orondos y chistosos, agentes de la fiscalía de tasas, presidentes de gremio, fabricantes de papel, propietarios de fábricas-fantasma, funcionarios de Abastos, fulanas de lujo y proveedores de Hogares de Auxilio Social. Alaba una ajamonada vicetiple del Paralelo la originalidad de la anfitriona en todas sus cosas.

La felicitación de la baronesa a sus amistades en esta Navidad de 1944 ha sido una lata de cinco litros de aceite puro de oliva adornada con una cinta roja y gualda, los colores nacionales.

La doncella se aleja presurosa por el pasillo hacia la cocina, en los hoyuelos de sus altas nalgas se adhiere un cariño de satín negro mientras ríen en la sombra los amigos del señorito José María, ya un poco borrachos. Un brazo masculino sale disparado detrás de una armadura y enlaza a Menchu por el talle atrayéndola hacia el cuarto oscuro donde brilla la ceniza encendida de tres puros habanos y tres sonrisas socarronas. Feliz año, negra, susurra la voz en su oreja, aquí tienes un regalito, mientras el frío metálico de una cruz de rubíes se desliza entre sus pechos.

Sendra exigiendo el control de todas las operaciones, prohibiendo cualquier iniciativa al margen del grupo. Terminantemente. Sin embargo, en este mismo momento, en el vestíbulo del cine Kursaal, en la Rambla de Cataluña, los ojos de Palau bajo el ala ladeada del sombrero siguen de refilón al hombre con traje cruzado azul marino que se dirige a los lavabos. El hombre camina balanceando los hombros mientras se quita unos guantes grises. Su mujer le espera espejito en mano, retocando sus labios brillantes con la barra de carmín. Lleva un casquete de perlas en la cabeza.